El pasaje secreto de Buenos Aires que parece Londres y vibra cuando pasa el Sarmiento: la historia del Marcoartú
Pórticos “victorianos”, balcones y verjas frente a un edificio pensado para el personal ferroviario, con el tren Sarmiento pasando pegado detrás de la reja.

Hay un instante en el que Buenos Aires deja de ser Buenos Aires. Caminás por Flores, escuchás el murmullo de Avenida Rivadavia a lo lejos, y de pronto el paisaje se “angosta” como si la ciudad respirara distinto: rejas antiguas, balcones con balaustradas, pórticos que remiten a un Londres victoriano y, al costado, el tren pasando tan cerca que parece parte del decorado. Ese lugar existe y tiene nombre propio: Pasaje Marcoartú, uno de los rincones más inesperados de la Ciudad.
Un Londres mínimo escondido detrás de la Estación Flores
El Marcoartú no se muestra: se descubre. Tiene una única entrada por la calle Bolivia y corre paralelo a las vías del Ferrocarril Sarmiento, separado apenas por una reja metálica. No hay margen para la duda: el tren es vecino, y su presencia marca el pulso del pasaje.
A un lado, el pasaje; al otro, el “telón”: un conjunto edilicio de dos plantas, de tono sobrio, con reminiscencias art nouveau, verjas de hierro y balcones que todavía cuentan la historia social para la que fueron pensados.
No nació para turistas: nació para trabajadores del ferrocarril
Lo más interesante del Marcoartú no es que “parezca” Londres: es por qué se parece. Según el sitio oficial de turismo porteño, el pasaje está flanqueado por un complejo construido a comienzos del siglo XX, proyectado por el ingeniero J. Arnavat, y concebido originalmente para albergar al personal ferroviario.
Ese dato reordena la escena: no estamos frente a un capricho estético, sino ante una pieza urbana que dialoga con un Buenos Aires que crecía al ritmo del riel, cuando el ferrocarril estructuraba barrios, horarios, empleos y viviendas.
Incluso hay registros que ubican la construcción en 1914, y señalan que el terreno era propiedad del ferrocarril, con viviendas destinadas al personal.
La “postal” arquitectónica: seis puertas, cuatro balcones y pórticos con aire británico
El edificio conserva un detalle que enamora a fotógrafos y caminantes: en planta baja aparecen seis puertas numeradas, y en la planta alta cuatro balcones. Tres de esos balcones apoyan sus bases sobre columnas, formando pórticos que evocan “a la distancia” a South Kensington, uno de los barrios más elegantes de Londres.
Esa mezcla es típica de Buenos Aires: una ciudad donde la inmigración, las modas europeas y el pragmatismo local se cruzaron durante décadas, dejando huellas en miniatura en lugares que muchos pasan de largo.
¿Por qué se llama Marcoartú? La donación que ordenó una esquina de Flores
El nombre del pasaje recuerda a Daniel E. Marcoartú, vecino vinculado a una cesión de terreno para la “regularización” de calles en la zona. Una resolución municipal del 24 de diciembre de 1906 menciona la cesión de 449,4 m² con destino a la regularización de Avellaneda y Bolivia, operación urbana que terminó asociándose al lugar que hoy se reconoce como Pasaje Marcoartú.
Y aunque se lo identifica como pasaje, hay un matiz que lo vuelve más porteño todavía: se menciona que no figura como pasaje público oficial, pero se lo conoce y reconoce con ese nombre, aparece en mapas y forma parte del “boca en boca” barrial.
La clave histórica: el ferrocarril como máquina de barrio
Para entender por qué un pasaje así aparece en Flores, hay que mirar el mapa del siglo XIX y XX: el tren fue motor de transformación. El Ferrocarril del Oeste, antecesor de la actual línea Sarmiento, inauguró su servicio de pasajeros en 1857 y el primer recorrido emblemático unió la Estación del Parque con San José de Flores, en tiempos de la locomotora La Porteña.
La Estación Flores quedó consolidada en la trama urbana con su edificio de 1885, y desde allí la zona se densificó, mezclando quintas antiguas con el barrio que hoy conocemos: comercio, casas bajas, PH, pasajes mínimos y la vibración permanente de la línea.
En ese contexto, no resulta extraño que, ya entrado el siglo XX, surgieran soluciones residenciales ligadas al ferrocarril: vivir cerca del trabajo era una lógica urbana tan concreta como silenciosa. El Marcoartú es, en ese sentido, una cápsula social: estética británica, función obrera.
Buenos Aires y sus pasajes: por qué estos rincones generan obsesión
Hay otro dato que explica por qué el Marcoartú se vuelve viral cada vez que alguien lo redescubre: Buenos Aires tiene cerca de 600 pasajes, muchos creados para “cortar” manzanas y densificar la ciudad, y con el tiempo se transformaron en refugios de otra velocidad.
El Marcoartú condensa esa idea con una rareza extra: su vecindad inmediata con el tren y su aire “europeo” en escala doméstica. Es un set perfecto para una caminata corta, una foto que confunde de país y, sobre todo, para esa sensación de viaje sin pasaporte que tanto engancha en redes y en Discover.
Guía rápida para visitarlo y mirar con ojos de historia
Dónde está: entrada por Bolivia (zona Estación Flores). Qué mirar:
- las verjas de hierro y la relación “pared–reja–vías” (urbanismo ferroviario en miniatura)
- los pórticos bajo los balcones (la “postal” londinense)
- la secuencia de puertas (la escala de vivienda para personal)
Mejor momento: de día, cuando se leen mejor los detalles de fachada y el pasaje “respira” sin apuro (y el tren suma su banda sonora).
Una callecita que explica una ciudad
El Pasaje Marcoartú no es solo una curiosidad bonita: es una pieza de historia urbana. Habla del ferrocarril como columna vertebral de Buenos Aires, de la vivienda ligada al trabajo, de la estética importada y adaptada, y de esa vocación porteña por esconder tesoros a plena vista. En tiempos de mapas infinitos, el Marcoartú propone lo contrario: un misterio de 100 metros que vale por un barrio entero.


















