Enriquecimiento de uranio en una central nuclear de Irán. Foto: Archivo Reuters/Caren Firouz
Enriquecimiento de uranio en una central nuclear de Irán. Foto: Archivo Reuters/Caren Firouz

Por estos días, el mundo volvió a escuchar cifras que parecen técnicas, lejanas y difíciles de entender: 3%, 20%, 60%, 90%. Sin embargo, detrás de esos números se juega una discusión que explica la reciente escalada entre la alianza conformada por Estados Unidos-Israel e Irán: el programa nuclear iraní y el temor a que el país se transforme en la décima potencia nuclear del planeta.

El debate suele quedar atrapado en consignas políticas. Pero el núcleo del conflicto es físico, químico y matemático. Y conviene explicarlo desde cero.

El uranio es un elemento químico metálico y radiactivo. En la tabla periódica ocupa el número atómico 92 —lo que significa que su núcleo tiene 92 protones— y se encuentra en la serie de los actínidos, en la franja inferior del esquema. No todo el uranio es igual. Existen distintas variantes llamadas isótopos. El más abundante en la naturaleza es el uranio-238. El más relevante para la energía y para las armas es el uranio-235 (U-235).

Máquinas centrifugadoras en la instalación de enriquecimiento de uranio de Irán. Foto: Organización de Energía Atómica de Irán
Máquinas centrifugadoras en la instalación de enriquecimiento de uranio de Irán. Foto: Organización de Energía Atómica de Irán

¿Por qué importa el U-235? Porque es el isótopo capaz de sostener una reacción nuclear en cadena: un proceso en el que el núcleo del átomo se divide y libera enormes cantidades de energía. El problema —o la ventaja, según el uso— es que el uranio natural contiene apenas 0,7% de U-235. El resto es mayormente uranio-238, que no sirve del mismo modo para producir esa reacción controlada.

Ahí aparece el concepto clave: enriquecer uranio significa aumentar el porcentaje de U-235.

Para producir electricidad en una central nuclear se necesita uranio enriquecido entre 3% y 5%. Ese nivel permite generar calor de manera controlada dentro de un reactor. El calor produce vapor, el vapor mueve turbinas y las turbinas generan electricidad. No hay explosión, sino un proceso regulado.

El salto del uso civil al umbral estratégico

Cuando el enriquecimiento supera el 20%, el material pasa a denominarse “uranio altamente enriquecido”, categoría establecida por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), la oficina de Naciones Unidas que supervisa la actividad nuclear global y al frente del cual esta el diplomático argentino Rafael Grossi. A partir de ese punto, el asunto deja de ser puramente energético y entra en la zona de preocupación estratégica.

El 20% es un umbral porque desde el punto de vista técnico, la mayor parte del esfuerzo de enriquecimiento ocurre antes de llegar allí. Pasar de 0,7% a 20% requiere una enorme infraestructura de centrifugadoras y tecnología avanzada. Una vez alcanzado ese nivel, avanzar hacia 90% —el porcentaje considerado “grado armamentístico”— resulta mucho más rápido.

Y aquí está el dato que explica el actual conflicto bélico que se extendio a en Medio Oriente: Irán ha enriquecido uranio hasta alrededor del 60 %. Ese número está muy por encima del 3% o 5% necesarios para producir electricidad. Aún no se llegó al 90%, el nivel típico de las ojivas nucleares modernas que poseen países como Estados Unidos o Rusia. Pero tampoco es un nivel compatible con un programa exclusivamente energético. Es decir de “uso civil”, tal como insiste el país persa.

En términos prácticos, 60% significa que el país está técnicamente más cerca del umbral militar que del uso civil.

Enriquecimiento de uranio en Irán. Foto: REUTERS
Enriquecimiento de uranio en Irán. Foto: REUTERS

Pero, ¿tiene o no un arma nuclear el país de los ayatolas? En una entrevista con NBC News, Grossi explicó que, hasta el momento, la OIEA no logró identificar “componentes de un programa sistemático y estructurado” orientado al desarrollo de armamento nuclear.

No obstante, Grossi confirmó un dato que mantiene en alerta a las potencias occidentales: Teherán alcanzó niveles de enriquecimiento de uranio del 60%, una pureza muy por encima de lo requerido para usos civiles.

El problema, según explicó, radica en la acumulación sostenida de material altamente enriquecido sin un objetivo civil transparente. Además, detalló que las centrifugadoras y hasta los bombardeos combinados de Estados Unidos e Israel seguian operando y ampliando las reservas disponibles.

En términos puramente teóricos, el volumen acumulado (440 kilos) podría alcanzar para la producción de más de diez cabezas nucleares si se decidiera avanzar hacia ese paso.

Escenario internacional

El mundo reconoce oficialmente a nueve potencias nucleares: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel. Si Irán lograba desarrollar armamento nuclear, se convertiría en la décima. Para Washington y el gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu, impedir ese escenario es una prioridad estratégica. Para Teherán, su programa forma parte de su soberanía tecnológica y energética.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump reveló que la decisión de lanzar la masiva ofensiva militar contra Irán se basó en informes de inteligencia que detectaron un programa secreto de enriquecimiento de uranio en un sitio previamente desconocido. En una entrevista exclusiva con el New York Post, el mandatario afirmó que la República Islámica intentaba desarrollar armamento atómico de manera subrepticia, lo que precipitó el inicio de la Operación “Epic Fury”.

“Querían fabricar un arma nuclear, así que los destruimos completamente”, declaró el republicano, y detalló que el nuevo emplazamiento era distinto a las instalaciones permanentes ya conocidas y vigiladas. Según el mandatario: “Encontramos que estaban trabajando en un área totalmente diferente... así que simplemente llegó el momento. Dije: ‘Vamos’”.

Donald Trump.
Donald Trump. Foto: REUTERS

En medio de acusaciones, ataques y discursos cruzados, el debate público suele simplificar el conflicto en términos de buenos y malos. El punto central, sin embargo, es más concreto: el porcentaje de U-235 presente en el uranio.

No se trata de una abstracción científica. Se trata de un número. Y hoy, ese número, 60%, con posibilidad de llegar al 90% es el que tiene al mundo en alerta.