El otro conflicto, que no ocupa las portadas del mundo: Pakistán–Afganistán, un enfrentamiento que perjudica los intereses de China
Mientras el foco global se concentra en Irán, un frente silencioso en Asia Central comienza a erosionar uno de los pilares de la estrategia global de Beijing: Pakistán, sus recursos y su entramado de infraestructura.
En el tablero internacional, no todos los conflictos se expresan en guerras abiertas ni ocupan las portadas. Algunos se desarrollan en los márgenes, acumulando efectos que solo se vuelven visibles cuando ya han alterado el equilibrio. La relación entre Pakistán y Afganistán se inscribe en esta categoría: una tensión persistente, atravesada por insurgencias, fronteras porosas y capacidades estatales limitadas, que hoy comienza a impactar directamente sobre los intereses de China.
Lo que para Islamabad es un problema de seguridad interna y para Kabul una extensión de su fragilidad estructural, para Beijing representa algo más profundo: la erosión progresiva del corredor China-Pakistán que articula recursos, infraestructura y acceso estratégico al Océano Índico.
Afganistán–Pakistán: una frontera en disputa permanente
La tensión entre Pakistán y Afganistán no es un fenómeno reciente, sino una constante estructural. Desde la creación de Pakistán en 1947, la línea Durand, trazada durante la era colonial, ha sido objeto de disputa, particularmente por su impacto sobre las poblaciones pastunes a ambos lados de la frontera. A lo largo de las décadas, esa ambigüedad territorial se tradujo en una dinámica de desconfianza mutua, donde la frontera nunca logró consolidarse como un límite efectivo.
Tras la intervención estadounidense en Afganistán en 2001, esta relación adoptó una nueva dimensión. Pakistán se convirtió en un actor central del conflicto, al tiempo que las zonas fronterizas se transformaban en espacios de refugio y reorganización para distintos grupos insurgentes. El resultado fue la consolidación de un corredor de inestabilidad donde el control estatal quedó fragmentado.

La retirada de Estados Unidos en 2021 no resolvió esta dinámica; por el contrario, la profundizó. EEUU dejó tras de sí un volumen significativo de armamento militar que terminó en manos organizaciones yihadistas que han incrementado su capacidad operativa, incorporando equipamiento más sofisticado y ampliando su radio de acción. Parte de ese armamento de origen estadounidense ha sido utilizado en ataques contra intereses extranjeros, incluyendo ciudadanos e infraestructuras vinculadas a China, reforzando así la conexión entre la inestabilidad afgana y la vulnerabilidad del corredor chino en Pakistán.
El conflicto actual: presión directa sobre los intereses chinos
En los últimos años, los ataques contra ciudadanos chinos, convoyes de ingenieros y proyectos de infraestructura se han vuelto más frecuentes y geográficamente más dispersos. Ya no se trata únicamente de focos aislados en Baluchistán, sino de una presión que se extiende hacia Sindh, donde se concentran proyectos energéticos críticos, y hacia el norte del país, en proximidad con la frontera afgana.
Este patrón tiene consecuencias concretas. China depende de Pakistán no solo como corredor logístico, sino como plataforma para asegurar recursos clave. En Baluchistán, una región al sudoeste de Pakistán, su participación en la explotación de cobre y oro forma parte de una estrategia más amplia de acceso a minerales estratégicos. En Sindh, el desarrollo del carbón del desierto de Thar y los proyectos asociados de generación eléctrica buscan garantizar un suministro energético estable para sostener la infraestructura del corredor. A esto se suman iniciativas vinculadas al gas y al petróleo, que complementan el esquema energético.

La violencia introduce una disrupción directa en este sistema. Cada ataque retrasa obras, incrementa los costos de seguridad y obliga a reconfigurar despliegues operativos. Pero el impacto más relevante es menos visible: la creciente incertidumbre sobre la viabilidad de sostener, en el largo plazo, un corredor que depende de la estabilidad territorial.
En este sentido, el conflicto Pakistán–Afganistán deja de ser una cuestión periférica para convertirse en una variable estratégica dentro del cálculo de Beijing. Lo que está en juego no es únicamente la seguridad de sus ciudadanos, sino la continuidad de un esquema que articula recursos, energía y proyección geopolítica hacia el Océano Índico.
En respuesta a este escenario, China ha impulsado canales de diálogo entre Pakistán y Afganistán, facilitando instancias de negociación orientadas a contener la escalada. Estos esfuerzos han contribuido a una reducción de la intensidad de los enfrentamientos, aunque el alto al fuego sigue siendo informal y frágil, con incidentes aislados registrados incluso en los últimos días.
Irán–Baluchistán: el riesgo de desbordamiento regional
Si el eje Pakistán–Afganistán constituye el núcleo del problema, la evolución de Irán puede transformarlo en una crisis de mayor escala.
La inestabilidad en Medio Oriente y el debilitamiento progresivo del Estado iraní introducen una variable crítica: la capacidad de Teherán para sostener el control sobre su periferia. En particular, las provincias de Sistán y Baluchistán (sí, Baluchistán es una región compartida por Pakistán e Irán), históricamente marginada y escenario de una insurgencia persistente, forma parte de un espacio más amplio que trasciende las fronteras nacionales y conecta con el Baluchistán pakistaní y zonas de Afganistán.
En este contexto, la posibilidad de que los grupos baluchis operen de manera más autónoma y transfronteriza deja de ser una hipótesis para convertirse en un escenario plausible. Si el Estado iraní pierde capacidad de control territorial, los grupos baluchis en su territorio podrían, incrementar su actividad y proyectar ataques a través de la frontera. La insurgencia dejaría así de ser un problema localizado para transformarse en un fenómeno regionalizado, con capacidad de afectar simultáneamente a Irán y Pakistán.
Para China, este escenario adquiere una dimensión aún más sensible si se considera la ubicación del Puerto de Gwadar, pieza central del esquema logístico del corredor económico China–Pakistan. Este puerto no solo funciona como salida marítima del corredor, sino como el punto donde convergen los recursos extraídos, la infraestructura energética y la proyección china hacia el Océano Índico.
Conclusión
El conflicto entre Pakistán y Afganistán no ocupa hoy el centro del escenario internacional, pero sus efectos se proyectan mucho más allá de sus fronteras. Para China, representa un recordatorio de que el desarrollo económico no puede aislarse de la geopolítica.
El corredor que debía garantizar acceso a recursos, estabilidad energética y proyección marítima se encuentra atravesado por una realidad distinta: insurgencias activas, Estados frágiles y fronteras inestables. Beijing enfrenta así un dilema clásico del poder: expandirse implica exponerse. Y en el arco que va desde Afganistán hasta Irán, esa exposición tiene costos cada vez más altos.
Porque, como demuestra este conflicto olvidado, no son solo las grandes guerras las que redefinen el equilibrio global, sino también aquellos espacios donde la inestabilidad se acumula hasta volverse imposible de ignorar.












