Caso Litvinenko: la historia de un mítico estadio inglés que quedó en el centro de una red de espionaje
En 2006, mientras Londres investigaba el asesinato del exespía ruso Alexander Litvinenko, una trama de espionaje internacional tomó un giro inesperado: rastros de polonio 210 aparecieron en un emblemático estadio de fútbol inglés.

Lo que comenzó como una investigación por un asesinato vinculado al espionaje internacional terminó llevando a los expertos a un lugar impensado: una de las canchas de fútbol más importantes del mundo. En 2006, en pleno escándalo por la muerte del exespía ruso Alexander Litvinenko, las autoridades británicas detectaron rastros de polonio 210 nada menos que en el estadio del Arsenal, uno de los templos del fútbol europeo.
Las autoridades sanitarias británicas confirmaron entonces que se habían detectado pequeñas trazas radiactivas en zonas puntuales del estadio. Según informaron, los niveles encontrados eran mínimos y no representaban un riesgo para la salud del público ni de los trabajadores del lugar.

La hipótesis de los hinchas del CSKA y el recorrido del polonio
El episodio se enmarcó en una pesquisa mucho más amplia. En aquellos días, los investigadores ya habían localizado rastros del isótopo en al menos doce sitios de Londres, además de dos aviones comerciales, lo que daba una dimensión inédita al caso.
Uno de los datos que tomó fuerza fue la hipótesis de que varios agentes rusos habrían llegado a la capital británica el 1 de noviembre de 2006 mezclados entre los hinchas del CSKA Moscú, que esa noche jugó un partido de Liga de Campeones frente al Arsenal. El estadio apareció así dentro del posible recorrido de los sospechosos.
Mientras avanzaban los análisis, cerca de veinte personas fueron sometidas a estudios específicos para descartar exposición a la radiación. Entre quienes dieron positivo se encontraban figuras del entorno cercano de Litvinenko.

El caso del académico italiano Mario Scaramella, que se había reunido con el exespía poco antes de su muerte, fue uno de los más resonantes. También la esposa de Litvinenko mostró signos de contaminación, aunque sin consecuencias graves para su salud.
Litvinenko falleció el 23 de noviembre de 2006 tras ingerir una dosis letal de polonio 210, una sustancia extremadamente tóxica y de difícil acceso. En sus últimas declaraciones responsabilizó a los servicios secretos rusos y señaló directamente al entonces presidente Vladimir Putin.
Desde Moscú, las acusaciones fueron rechazadas de plano. El gobierno ruso denunció que el caso era utilizado con fines políticos y para dañar la imagen internacional del país, en medio de una creciente tensión diplomática con el Reino Unido.
Un caso de espionaje que marcó época
Con el paso del tiempo, el episodio del estadio del Arsenal quedó como una curiosidad histórica dentro de uno de los casos de espionaje más impactantes de las últimas décadas, donde el rastro de una sustancia invisible llevó la investigación a lugares tan inesperados como una cancha de fútbol.
¿Qué le pasó a Alexander Litvinenko?
El espía ruso fue un exagente del servicio secreto ruso (FSB) que murió en Londres en 2006 tras ser envenenado con polonio 210, una sustancia radiactiva extremadamente tóxica y muy poco común fuera de ámbitos estatales.
Litvinenko había sido oficial del FSB en los años 90, pero luego se convirtió en un crítico abierto del Kremlin. Tras romper con los servicios de inteligencia rusos, se exilió en el Reino Unido, donde obtuvo asilo político y colaboró con medios y gobiernos occidentales. Denunció públicamente supuestos vínculos entre el Estado ruso, la mafia y diversos atentados ocurridos en Rusia.
El 1° de noviembre de 2006, Litvinenko se reunió en Londres con dos ciudadanos rusos. Horas después comenzó a sentirse gravemente enfermo. Fue internado, pero su estado se deterioró rápidamente. Tras varias semanas de agonía, murió el 23 de noviembre de 2006.
La autopsia confirmó que había ingerido una dosis letal de polonio 210, un isótopo radiactivo utilizado en ámbitos científicos y militares. El caso causó impacto mundial porque se trató de un método de asesinato inusual, sofisticado y difícil de rastrear.
Antes de morir, Litvinenko dejó una declaración en la que acusó directamente a los servicios secretos rusos y señaló al entonces presidente Vladimir Putin como responsable último de su muerte. Moscú negó cualquier implicación y calificó las acusaciones como parte de una campaña política contra Rusia.
Años más tarde, en 2016, una investigación pública en el Reino Unido concluyó que el asesinato fue probablemente autorizado por altas esferas del Estado ruso. El caso sigue siendo uno de los episodios de espionaje internacional más emblemáticos del siglo XXI.










