Mirador Salaberry: la torre de 1858 que sobrevive en Mataderos y guarda un secreto de la vieja Buenos Aires
Es una de las construcciones más antiguas del barrio y forma parte de un trío excepcional de antiguos miradores porteños. Su historia conecta malones, tropillas, tambos y el nacimiento del oeste bonaerense.

En una ciudad que muchas veces corre más rápido que su propia memoria, el Mirador Salaberry sigue en pie como una rareza casi milagrosa. Levantado en 1858, cuando la zona era todavía un paisaje de quintas, tambos y llanura abierta, este edificio de Mataderos es considerado la segunda construcción más antigua del barrio y un emblema absoluto de la historia barrial.
Pero su valor no está solo en la antigüedad. El Mirador Salaberry forma parte, además, de un grupo excepcional: según distintas crónicas patrimoniales sobre la Ciudad, integra el lote de los tres antiguos miradores residenciales que todavía subsisten en Buenos Aires, junto al Mirador Comastri, en Chacarita, y el mirador de la Casa de Domingo Faustino Sarmiento, en San Nicolás.
La historia del Mirador Salaberry, una construcción de 1858 que nació en plena llanura
La historia del Salaberry remite a una Buenos Aires muy distinta a la actual. Mucho antes de que Mataderos se consolidara como barrio ligado al Mercado de Hacienda, este punto del oeste porteño era una zona rural donde la familia Salaberry, dedicada a la actividad tambera, decidió levantar una construcción con tipología de casco de estancia y una torre mirador para otear el horizonte, vigilar el entorno y seguir el movimiento de la hacienda.

En ese contexto, iniciar una obra de estas características en 1858, en medio de un paisaje abierto y casi despoblado, era una decisión llamativa. La torre no solo expresaba una necesidad práctica; también convertía a la casa en una especie de vigía rural, visible desde lejos en una zona donde todavía no existía el perfil urbano que hoy domina el barrio.
Para qué servía el Mirador Salaberry y por qué fue clave para la identidad de Mataderos
La torre tuvo una función concreta cuando la zona comenzó a ser paso obligado del ganado. Desde allí se observaba la hacienda que avanzaba por el antiguo Camino de las Tropas, la traza que con el tiempo se convertiría en la avenida General Paz, rumbo a los corrales y al mercado. Antes de que el barrio tuviera forma definitiva, el mirador ya era un punto de observación del movimiento económico que después definiría el perfil de Mataderos.
Ese lazo con la tradición pecuaria explica por qué el edificio adquirió un peso simbólico especial entre vecinos e historiadores. En los fundamentos oficiales de su protección patrimonial se destacó justamente su relación con los valores de la tradición ganadera, la cultura de los reseros y la conservación de referencias materiales vinculadas al desarrollo histórico del barrio.
Por qué el Mirador Salaberry es una joya patrimonial de Buenos Aires
La fuerza del Mirador Salaberry está también en sus detalles materiales. Distintas crónicas recuerdan que la casa conserva rasgos originales como paredes de barro de gran espesor, carpinterías antiguas, herrajes de hierro artístico y un vitraux que todavía remite al espíritu de otra época. No se trata de una pieza ornamental cualquiera: es una arquitectura ligada al mundo rural, sobria y funcional, muy distinta a la monumentalidad más conocida del centro porteño.
A eso se suman otros elementos que refuerzan su singularidad: el conjunto contaba con aljibe, sótano y una estructura preparada para abastecer de agua a la hacienda que pasaba por la zona. En algunos relatos transmitidos por propietarios y vecinos también aparece la historia de un posible túnel de escape, una memoria oral que forma parte del imaginario del lugar y de la mística que rodea al edificio.
Cuáles son los otros dos miradores históricos que todavía subsisten en la Ciudad
Si se lo toma dentro del universo de los viejos miradores residenciales que sobreviven en Buenos Aires, el Salaberry comparte ese lugar singular con el Mirador Comastri, en Chacarita, levantado hacia 1875 como parte de una antigua casaquinta italiana; y con el mirador de la Casa de Sarmiento, en San Nicolás, oculto desde la calle pero todavía conservado dentro de la vivienda donde residió el prócer.
El caso del Mirador Comastri es especialmente simbólico porque también nació en una Buenos Aires todavía semirrural y dominó durante décadas una vasta extensión de campo. En tanto, el mirador de la casa de Sarmiento representa otra versión de ese gesto de mirar la ciudad desde lo alto: más íntima, más doméstica y hoy casi invisible para quienes pasan por la calle sin saber que allí sobrevive una pieza patrimonial extraordinaria.
La relación entre el Mirador Salaberry y Lomas del Mirador
Hay un dato histórico que suele generar confusión y que vuelve una y otra vez cuando se habla de esta torre. Desde el mirador se dominaban las lomas del actual territorio de La Matanza, pero el nombre de la localidad bonaerense Lomas del Mirador no provendría del Salaberry, sino de otro mirador ya desaparecido, llamado Santa Lucía, demolido en 1939 y ubicado a la altura de la actual avenida Rosas.
Lejos de quitarle importancia, esa precisión vuelve todavía más interesante al edificio. Porque el Mirador Salaberry ayuda a entender que el borde entre la Ciudad y la Provincia fue durante décadas una zona viva, de tránsito constante, donde el ganado, los caminos, los tambos y las actividades rurales marcaron una identidad propia mucho antes del avance total de la urbanización.
La ley que declaró Sitio Histórico al Mirador Salaberry
En 2017, la Legislatura porteña consolidó ese valor simbólico con una decisión clave: a través de la Ley 5.871, declaró al espacio denominado Mirador Salaberry como Sitio Histórico del Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. La norma formalizó una demanda largamente sostenida por vecinos, instituciones barriales y defensores del patrimonio.
Esa declaración no fue un gesto menor. Significó reconocer al edificio no solo por su antigüedad, sino por su peso en la memoria urbana, en la identidad de Mataderos y en la conservación de una huella material de la Buenos Aires rural que casi desapareció del mapa.

















