El bodegón de 1934 que volvió a la vida en Florida y hoy sirve una de las milanesas más queridas de la zona
Historia, restauración y una carta porteña que apuesta a la abundancia y al sabor de siempre.

En una esquina tranquila de Florida, lejos del ruido gastronómico de moda, hay un bodegón que parece detenido en el tiempo, pero solo en apariencia. Fundado en 1934, este clásico del barrio atravesó décadas, crisis, cambios de dueños y silencios prolongados, hasta que una pareja de cocineros decidió devolverle el alma sin borrar su historia.
Así renació La Sarita, un bodegón porteño auténtico que combina tradición, platos reconfortantes y una renovación hecha con respeto. El resultado es un lugar que hoy vuelve a llenarse de vecinos, familias y amantes de la cocina simple bien hecha.
De la crisis al proyecto propio: el origen de la nueva etapa
Detrás de la reapertura hay una historia que conecta con miles de cocineros argentinos. Sus actuales responsables se conocieron trabajando juntos, compartían la misma idea de cocina y tenían planes de viaje y crecimiento profesional. La pandemia cambió todo de golpe: trabajo cancelado, fronteras cerradas y la necesidad urgente de reinventarse.
Empezaron cocinando para delivery, como tantos otros. Con el tiempo, el sueño fue creciendo: querían un lugar propio, con identidad y raíces. Caminando por Florida, algo en la fachada envejecida de este bodegón histórico les llamó la atención. Volvieron una y otra vez, se sentaron a tomar café, imaginaron mesas llenas y platos saliendo de la cocina.
Finalmente, una carta escrita a mano y una conversación honesta con el dueño original sellaron el destino del local: La Sarita empezaría una nueva vida.
Renovar sin borrar el pasado: así se recuperó el bodegón
La restauración fue tan profunda como cuidadosa. Se arreglaron cañerías, electricidad, pisos y paredes, pero se conservaron todos los elementos que contaban historia: carteles antiguos, fotos, objetos de época y ese clima de bodegón porteño que no se fabrica, se hereda.

Hoy el salón luce mesas con manteles blancos, una iluminación cálida y paredes que cuentan relatos del barrio. No hay artificios ni diseño forzado: el protagonista sigue siendo el plato.
Qué comer en La Sarita: cocina porteña, abundante y sin vueltas
La carta es clara, generosa y tentadora. No busca sorprender con fusiones raras, sino emocionar con sabores conocidos y bien ejecutados.
Entradas que invitan a compartir: la panera ya marca el rumbo: focaccia, cremona, pancitos caseros y manteca. Los buñuelos —de acelga o de choclo— son crocantes, sabrosos y ideales para empezar sin apuro.
Pastas y platos que reconfortan: los raviolones merecen mención aparte. Hay versiones contundentes, como los de osobuco con tuco, y otras más delicadas, como los de ricota con arvejas, queso, crema suave y un toque fresco de limón y albahaca.
La milanesa con fideos, una estrella del barrio: bien dorada, de carne tierna y apanado prolijo, se sirve con tallarines al estilo manteca y queso. Es uno de esos platos que explican por qué el bodegón sigue vigente generación tras generación.
Lomo a la pimienta, clásico bien hecho: jugoso, servido en fetas generosas y bañado en una salsa intensa pero equilibrada. Uno de los platos preferidos de quienes buscan algo tradicional sin resignar calidad.

El final perfecto: postres clásicos
El flan casero, cremoso y suave, llega con crema y dulce de leche. Sin vueltas ni reinterpretaciones. Exactamente como se espera en un bodegón de verdad.
Por qué La Sarita vuelve a ser un imán gastronómico en Florida
La Sarita no compite con modas: apuesta a la memoria, al producto y a la hospitalidad. El servicio es cercano, profesional y amable, y el ambiente invita a quedarse charlando después de comer.
En tiempos de cartas interminables y platos pensados para Instagram, este bodegón demuestra que la fórmula sigue siendo la misma desde 1934: buena comida, porciones generosas y una historia que se siente en cada mesa.


















