Playas infinitas y doradas: el pueblito escondido de Brasil donde la paz y la armonía es total
Se trata de un paraíso remoto perdido en ese país, donde no hay calles asfaltadas ni grandes multitudes de turistas. Sus atardeceres son poderosos para manifestar todos tus deseos.

Comienzan los planes para las vacaciones de verano y muchos argentinos buscan un lugar en Brasil para poder distenderse y alejarse del ruido y las grandes aglomeraciones. Por suerte, todavía existen lugares que parecen detenidos en el tiempo, con atardeceres rojos y románticos, playas interminables y arena dorada.
Uno de ellos es Jericoacoara, un pequeño pueblo en el estado de Ceará, al noreste de Brasil, que parece haber sido diseñado para quienes buscan descanso absoluto, contacto con la naturaleza y playas vírgenes.
Este paraíso, conocido simplemente como “Jeri” por los locales, es tan remoto que no tiene calles asfaltadas, ni vehículos convencionales. Solamente puede llegarse tras atravesar las dunas arriba de camiones de arena, lo que reduce considerablemente el turismo masivo y protege su atmósfera tranquila y natural.
El clima de este lugar es cálido y seco todo el año, ideal para quienes aman el sol constante, las actividades al aire libre y la playa llena de peces con agua cristalina y profunda. Además, uno de los grandes atractivos de Jericoacoara es el Sunset Dune, es la duna gigante donde cada tarde se reúnen viajeros de todo el mundo para ver caer el sol detrás del horizonte. El silencio, el viento suave y el color dorado de la arena crean una experiencia casi mágica.

Sin embargo, las dunas no solo son un atractivo visual, sino que también se puede practicar sandboard, caminar al amanecer o simplemente contemplar el paisaje. La playa principal, por su parte, se extiende por kilómetros sin interrupciones y sin grandes multitudes.
Es común ver a personas practicando yoga, meditando o leyendo un libro al sonido del mar, rodeadas solo por la inmensidad del paisaje.
Jericoacoara: unas vacaciones tranquilas, rodeadas de gastronomía y sustentabilidad
A pesar de tener un perfil turístico muy tranquilo, Jericoacoara tiene una vida muy activa y auténtica tanto para los lugareños como para los turistas. Las calles de arena están flanqueadas por casitas coloridas, bares y restaurantes que ofrecen platos típicos del nordeste brasileño: pescados frescos, tapioca, mariscos y jugos tropicales.
Además, este pequeño pueblito se destaca por su compromiso con la sustentabilidad, debido a que la mayoría de los hospedajes son ecológicos y promueven un turismo responsable, cuidando el equilibrio entre visitantes y naturaleza. En Jericoacoara no hay semáforos, ni cadenas hoteleras, ni ruido de ciudad. Solo naturaleza, viento, sol y mar. Ideal para quienes buscan desenchufarse del ritmo urbano y reconectar con lo esencial.

¿Cómo llegar?
Se puede volar hasta Fortaleza y desde allí tomar un transporte terrestre hasta Jijoca de Jericoacoara, y luego un vehículo 4x4 hasta el pueblo. Se recomienda viajar liviano y llevar efectivo, ya que no hay tantos cajeros automáticos.
Jericoacoara es uno de esos destinos que no necesitan filtros ni hashtags para enamorar. Su belleza radica en lo simple: dunas doradas, calles de arena, comida casera y una paz difícil de encontrar en otros puntos turísticos de Brasil.















