El palacio oculto de Buenos Aires
El palacio oculto de Buenos Aires Foto: Foto generada con IA Canal 26

En la Ciudad de Buenos Aires existen edificios que no solo cuentan una historia, sino que parecen haberla detenido en el tiempo. Uno de ellos se levanta sobre una de las arterias más antiguas del barrio de Monserrat, encajonado entre construcciones modernas que lo superan en altura y lo rodean como si intentaran borrarlo del paisaje. Sin embargo, el Palacio Dassen sigue en pie, recordando una época en la que la ciudad se animaba a mirar el cielo.

Construido en 1914, en plena Belle Époque porteña, el edificio fue concebido como algo más que una vivienda familiar. Su rasgo más sorprendente es que en lo alto de su torre funcionó un observatorio astronómico privado, una verdadera rareza para la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.

Un palacio angosto con una ambición enorme

El Palacio Dassen se ubica en Adolfo Alsina 1762, entre Solís y Entre Ríos, a pocos metros del Congreso de la Nación. Visto desde la calle, sorprende por su proporción: mide apenas 7,60 metros de frente, pero se desarrolla en profundidad a lo largo de más de 55 metros, una característica que obligó a sus arquitectos a desplegar ingenio y creatividad.

La obra fue dirigida por Alejandro Christophersen, uno de los arquitectos más influyentes de la Argentina de principios del siglo XX, junto al ingeniero Claro Cornelio Dassen, quien además sería su propietario. Ambos imaginaron un edificio que combinara residencia, comercio y ciencia, algo impensado según los estándares actuales.

La torre que miraba el Río de la Plata y Uruguay

La gran joya del palacio es su torre. Con casi 60 metros de altura, se accede a ella a través de una angosta escalera interna de 365 escalones, uno por cada día del año, un detalle simbólico que refuerza la idea de observación permanente del cielo.

Guarda uno de los secretos mejor conservados del barrio de Monserrat Foto: Wikipedia

Allí funcionó un observatorio astronómico desde el cual, según registros fotográficos y relatos de época, se podían realizar observaciones nocturnas y, en días despejados, divisar la costa de Uruguay y el Río de la Plata. Existen imágenes históricas que muestran a los dueños utilizando telescopios en la cúpula semiesférica, en una Buenos Aires que aún no estaba dominada por el cemento y las luces artificiales.

Anécdotas de una torre que quedó atrapada

Cuando el palacio fue inaugurado, el barrio de Monserrat estaba compuesto mayormente por construcciones bajas. La torre del observatorio sobresalía claramente sobre el resto del tejido urbano, convirtiéndose en un punto de referencia visual.

Con el correr de las décadas, la ciudad creció de forma desordenada y en vertical. Nuevos edificios encapsularon al palacio, bloqueando progresivamente la posibilidad de observación astronómica. El observatorio quedó inutilizado, no por falta de interés, sino porque el cielo dejó de estar disponible. El progreso urbano terminó tapando el horizonte que había inspirado su creación.

Tuvo un observatorio astronómico y quedó atrapado entre edificios modernos Foto: Wikipedia

De vivienda familiar a patrimonio nacional

Tras la muerte de Claro Cornelio Dassen en 1941, el edificio fue vendido al Estado argentino y comenzó una nueva etapa. Durante un período alojó oficinas de la Secretaría de Trabajo y Previsión, y en la década de 1960 fue utilizado por la industria textil, una transformación que modificó parcialmente su interior, pero no su estructura principal.

Desde 1983, el Palacio Dassen es sede de la Asociación Argentina de Actores, y en 1999 fue declarado Monumento Histórico Artístico Nacional, un reconocimiento clave para evitar su demolición y preservar su valor arquitectónico y simbólico.

Historia, ciencia y una dirección que guarda secretos Foto: Wikipedia

Un edificio que sigue contando historias

Hoy, el Palacio Dassen es un ejemplo perfecto de cómo la historia de Buenos Aires no siempre está en sus grandes avenidas, sino en construcciones que resisten silenciosamente. Su observatorio ya no cumple su función original, pero sigue siendo un símbolo de una ciudad que, alguna vez, creyó que el conocimiento y la ciencia debían formar parte de la vida cotidiana.

Atrapado entre torres modernas, este edificio todavía invita a levantar la vista y preguntarse cuántas historias quedan ocultas detrás de sus muros. No mira más las estrellas, pero sigue iluminando una parte esencial de la memoria porteña.