Banderas de Estados Unidos e Israel proyectadas en los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Banderas de Estados Unidos e Israel proyectadas en los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Foto: REUTERS

La prolongación del conflicto entre Estados Unidos e Irán mantiene alterada la navegación por el Estrecho de Ormuz y demora la normalización de una de las rutas energéticas más importantes del planeta. Incluso en plena tregua, la navegación por esa zona estratégica sigue condicionada. El efecto golpea fundamentalmente a China y Europa, cuya seguridad energética depende en buena medida de importar gas y petróleo. Podría ser, entonces, que el objetivo de la guerra haya sido desde el principio debilitar la seguridad energética del principal adversario de EE.UU., a la vez de aumentar su proyección sobre una región decisiva del tablero mundial.

Qué lejos parece haber quedado aquel sábado 28 de febrero, día en que fuerzas conjuntas israelíes y estadounidenses atacaron Irán. La furiosa operación iba a ser breve y traer cambios rápidos. Recién hace poco más de una semana, el viernes 01 de mayo, el presidente de EE.UU. Donald Trump señaló que las hostilidades terminaron. Sin embargo, por alguna razón, se sigue posponiendo la llegada de la paz a Medio Oriente, y el cese definitivo del enfrentamiento entre Irán y EE.UU. ¿Por qué motivos se prolonga la resolución final de este conflicto?

Cómo entender el conflicto

¿Quién se ve beneficiado, y quién perjudicado, por la extensión del conflicto? A pesar que ya pasaron más de dos meses del inicio del conflicto, quizás sea demasiado pronto para responder esa pregunta. Para nosotros pareciera haber una tendencia, que intentaremos explicar. Antes, una aclaración. Dejaremos de lado la cuestión discursiva. No nos vamos a preguntar qué quiere Trump, o qué quieren los iraníes. No nos preguntamos por las intenciones, porque eso solo lo saben los protagonistas, y en el plano discursivo, como todos sabemos, la mentira es una herramienta que bien se utiliza para confundir a extraños. Y, a veces, a los propios también.

Nuestra intención es partir de los intereses de las partes en juego, y analizar esta situación siguiendo los preceptos de la Realpolitik, un enfoque eminentemente práctico de la política. Aplicado a la política internacional, considera que los países actúan en base a intereses, y no en razón de sus preferencias ideológicas o morales. En consecuencia, el poder, el cálculo y la audacia son elementos esenciales del análisis, por sobre otros factores.

Para ello, repetimos, no nos serán de ayuda consideraciones legales, morales o ideológicas. Tampoco psicológicas. Poco importa si Trump está o no en sus cabales, si es o no inteligente. No se debe subestimar a quien ha logrado ser por segunda vez presidente de la primera potencia mundial, pero aún si no destacara demasiado por sus virtudes, una superpotencia no deja sus intereses fundamentales librados al azar electoral. Dicho de otro modo: quién es el presidente importa, pero como un factor más de poder, no como decisor absoluto.

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, y Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto: REUTERS

Por eso llaman la atención también las críticas relacionadas al curso de la guerra. Hay un exceso de atención en el discurso del presidente estadounidense, y una marcada falta de atención a los hechos. De eso sigue entonces la creencia extendida que la guerra no va bien. Que Irán ya ganó, porque todo lo que debía hacer era resistir. Aparentemente, el objetivo de EE.UU. era lograr un golpe fuerte y decisivo que permitiera un cambio de gobierno en la nación persa. Cambiar a los malos dirigentes teocráticos, por los buenos pro occidente.

Detrás de la niebla

Pero, ¿con qué seguridad puede alguien que no sea el presidente mismo de los EE.UU. y su estrecho grupo de colaboradores, saber cuáles son los objetivos de guerra de los EE.UU.?

La creencia de que la guerra debía ser corta para poner un “buen” gobierno en Irán, y por ende de que EE.UU. está fracasando, está íntimamente relacionada con la creencia de que EE.UU. está hace 25 años en Medio Oriente para esparcir democracia, y por ende hace 25 años que viene fracasando. Cuántos años de fracasos. ¿Y si acaso las premisas sobre las que se sostiene el razonamiento fueran falsas?

Pensemos lo siguiente. Imaginemos que el furioso ataque tenía éxito y descabezaba por completo al gobierno teocrático iraní en menos de una semana. Asumía un nuevo gobierno. Uno interesado en liberalizar Irán, entregar el plan nuclear y todo lo que hiciera falta. Mejoraría sus relaciones con Israel, con Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y los demás aliados de EE. UU. en la región. La paz en Medio Oriente estaría un paso más cerca.

Acto seguido, deberían levantarse las sanciones contra el país persa. Su industria petrolera quedaría en condiciones de recibir inversiones extranjeras para recuperar su plena capacidad al cabo de unos pocos años. ¿De dónde vendrían esas inversiones? Difícilmente de EE.UU. Más importante aún, ¿quién estaría interesado en comprar todo ese petróleo? ¿qué pasaría con el precio del petróleo en el mercado global? Posiblemente estamos todos de acuerdo en nombrar a China, y por qué no a Europa, como principales candidatos.

Sube el precio del petróleo. Foto: REUTERS

Además, un Irán en plena producción, junto al resto de países árabes, inundaría el mercado de gas y petróleo. Los precios bajarían considerablemente, e incluso podrían poner en riesgo la rentabilidad de la producción estadounidense. Y sería también relevante responder al detalle ¿en qué moneda se realizarían las transacciones? ¿dólares, yuanes, euros?

La fortaleza del dólar, en cierta medida, responde desde hace 50 años al siguiente patrón: el petróleo se comercializa en dólares; todo el mundo necesita petróleo; por ende, todo el mundo precisa dólares. La alta demanda de dólares a nivel global, moneda utilizada para transacciones y reserva, le ha permito a Washington usarla como herramienta de proyección de poder. Su moneda y su ejército, dos pilares indiscutibles de la hegemonía estadounidense.

Conclusión

No sabemos si la guerra terminará efectivamente mañana o se prolongará días, semanas, meses o años. Si no se envían tropas al terreno, difícil saber la magnitud del cambio que le interesa provocar a EE.UU en suelo iraní. Lo que importa, en atención a los intereses estadounidenses, son los efectos. Una prolongada alteración del tráfico de gas y petróleo por el estrecho de Ormuz afecta a la principal zona productora del planeta, y por ende a dos de los grandes actores geopolíticos que dependen en buena medida de importaciones energéticas: China y Europa. Posiblemente los únicos dos actores que podrían, eventualmente, poner en riesgo la hegemonía estadounidense. No sabemos si esa es su intención, pero basta con saber que tienen el potencial.

En suma. Debilitar a su principal adversario, al tiempo de mantener la fortaleza de su moneda y el control sobre un área estratégica posiblemente sean los intereses estadounidenses, los que rigen su accionar en Medio Oriente las últimas dos décadas.

China, cuya fortaleza industrial todavía requiere de importar grandes cantidades de hidrocarburos, y de la seguridad de las rutas marítimas globales, es posible que tenga entre sus intereses que la guerra se termine.

Entonces, ¿para quién es un fracaso la prolongación del conflicto? Una guerra que, como escribiera el ex presidente estadounidense Richard Nixon, afecta “al Estrecho de Ormuz, la yugular del petróleo. Quien la domine, pone de rodillas a Europa y Oriente”...