La cuadratura del triángulo: Estados Unidos, China, Rusia y Europa son los cuatro pilares de la disputa global.
La cuadratura del triángulo: Estados Unidos, China, Rusia y Europa son los cuatro pilares de la disputa global. Foto: Imagen generada con IA.

Un reciente artículo publicado en la revista especializada Foreign Affairs por Da Wei, académico de la Universidad de Tsinghua, una de las instituciones más importantes de China, permite leer una señal que no debería pasar inadvertida. Bajo una apariencia académica, el texto plantea una idea de enorme alcance: Europa todavía necesita a China. La frase pasó inadvertida, pero tiene un gran contenido geopolítico. En el fondo, China estaría proponiendo una nueva geometría del poder global.

El regreso de la política triangular

Para entender la jugada hay que volver a 1972, cuando Richard Nixon y Henry Kissinger abrieron el diálogo con Mao Zedong. Aquella decisión no respondió a afinidades ideológicas. Estados Unidos, potencia capitalista y anticomunista, se acercó a la China comunista porque había detectado una fractura dentro del bloque rival: la tensión entre Beijing y Moscú.

La política triangular entre Estados Unidos, la Unión Soviética y China permitió a Washington romper la unidad del mundo comunista y abrirle a Moscú un frente oriental. El cálculo era simple, si China dejaba de ser subordinada estratégica de la URSS, y se acercaba a EEUU, el equilibrio global cambiaba.

Se pospone la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Foto: REUTERS

Hoy, China parece intentar una operación similar, pero invertida. Si Nixon aprovechó la división entre China y Rusia, Beijing podría estar intentando aprovechar la distancia creciente entre Europa y Estados Unidos. La propuesta implícita sería esta: revivir la política triangular, pero con nuevos vértices. Ya no Estados Unidos, Rusia y China, sino Estados Unidos, China y Europa.

El actor que falta en el triángulo

El problema es que esa forma geométrica parece incorrecta. En la realidad geopolítica, los grandes actores con potencialidad global no son tres, sino cuatro: Estados Unidos, China, Europa y, en efecto, Rusia.

Durante décadas, Europa apareció subordinada al poder estadounidense. Tras la Segunda Guerra Mundial, el continente quedó dividido, debilitado y bajo tutela estratégica. Una parte bajo influencia soviética y otra bajo el paraguas de Washington. Pero, aún en el esquema de subordinación, Europa conserva peso económico, tecnológico, demográfico, cultural e histórico. Su debilidad militar actual puede ser circunstancial. Su capacidad material para transformarse nuevamente en un actor de poder no desapareció.

Por eso, cuando Europa habla de autonomía estratégica, rearme, defensa común o intereses propios, no está ante un debate menor. El objetivo es volver a sentarse en la mesa de los grandes. China parece haberlo advertido, y por eso le habla a Europa.

Estados Unidos y Europa: una alianza en tensión

El vínculo transatlántico se presentó durante décadas como una alianza natural basada en valores como la democracia, cultura e intereses comunes. Pero la geopolítica rara vez se organiza en torno a simpatías ideológicas, sentimentales o culturales. Los Estados no se mueven por afinidad, sino por intereses.

El regreso de Donald Trump aceleró una tensión que ya existía. Las discusiones comerciales, la presión sobre Groenlandia, la exigencia de mayor gasto militar europeo, la guerra en Ucrania y la disputa por los recursos estratégicos muestran que Washington y Bruselas no siempre miran el tablero desde el mismo lugar.

Para Estados Unidos, una Europa demasiado autónoma, rearmada y eventualmente integrada con Asia podría convertirse en un problema. No porque Europa sea necesariamente hoy un enemigo, sino porque tiene la capacidad potencial de actuar como un polo independiente. Y, además de las capacidades, en los últimos años pareciera revelar también tener intenciones de hacerlo.

Rusia, el incómodo actor del medio

La jugada china tiene una consecuencia evidente, que es dejar a Rusia en una posición incómoda. Parecería que la “alianza sin límites” anunciada por Putin y Xi Jinping pocos días antes del comienzo de la Guerra de Ucrania en febrero de 2022, está siendo erosionada.

El presidente de Rusia, Vladímir Putin. Foto: via REUTERS

Una consideración realista de la historia nos revela que los ataques contra los rusos vinieron desde Asia (Horda Dorada, Japón) y desde Europa (Suecia y las dos invasiones europeas encabezadas por Napoleón y Hitler). También EEUU fue atacado desde Asia por Japón y desde Europa y Canadá por Gran Bretaña.

No hay dudas que ambas potencias, Rusia y EEUU, comparten intereses permanentes en evitar una incómoda vecindad con una hegemonía europea y una hegemonía asiática, y mucho más en evitar una confluencia euroasiática, como la que propone actualmente China a Europa.

No olvidemos que no solo nunca hubo un enfrentamiento militar entre EEUU y Rusia, sino que fueron aliados en la Segunda Guerra Mundial, vencieron y se dividieron el control político de Europa.

Los desafios de hoy no son muy distintos. Europa se une contra Rusia en la Guerra de Ucrania y desde Oriente se alza China con una aparente ambición de hegemonía asiática contra EEUU.

Los vencedores de la Segunda Guerra Mundial vuelven a ser desafiados desde Europa y desde el extremo oriente. Esta vez no se trata de Japón, sino de China, que buscaría conformar un eje con Europa.

Quizás esta sea una explicación plausible para la exclusion de Rusia en la geometría del poder propuesta por China

Irán, Ucrania y Groenlandia: señales de un mismo tablero

Las guerras y crisis recientes pueden leerse como episodios separados. Pero también pueden entenderse como movimientos dentro de una disputa mayor.

La guerra de Irán golpea intereses de China y Europa, especialmente por energía, comercio y rutas marítimas. Ucrania mantiene a Europa atada a una amenaza rusa permanente; Groenlandia revela la importancia del Ártico, las rutas polares y los recursos estratégicos; el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur muestra a Europa intentando proyectarse más allá de su espacio inmediato.

Mientras tanto, China mira esas tensiones y probablemente detecta dos fuerzas opuestas en simultáneo: el panorama geopolítico actual trae peligros para su proyección como gran potencia, pero también oportunidades. Así como Estados Unidos vio en 1969 la fractura entre China y la URSS, Beijing parece observar ahora una fractura dentro de Occidente. La pregunta es si Europa está dispuesta a actuar como un polo autónomo o si seguirá dentro del orden estadounidense diseñado después de 1945.

La cuadratura del triángulo

La expresión parece contradictoria, pero describe bien el momento. China propone un triángulo, pero la realidad muestra un cuadrado: Estados Unidos, China, Rusia y Europa son los cuatro pilares de la disputa global. El intento de convertir ese cuadrado en triángulo implica dejar a alguien afuera. Nixon dejó afuera a Europa y usó a China para debilitar a la Unión Soviética. China, ahora, podría intentar dejar afuera a Rusia y usar a Europa para equilibrar a Estados Unidos.

Pero hay un riesgo para Beijing: Europa no es un actor cualquiera. Es el continente que durante siglos proyectó poder sobre América, África y Asia. Fue el centro del imperialismo mundial y conserva una memoria histórica de dominación. China puede ver en Europa un socio útil frente a Estados Unidos, pero también debería preguntarse: ¿qué ocurriría si Europa recuperara plenamente su capacidad estratégica?