Conflicto en el Mar de China Meridional. Foto: Reuters
Conflicto en el Mar de China Meridional. Foto: Reuters

La competencia entre Estados Unidos y China no es únicamente económica o tecnológica. También es una disputa marítima por el control de las rutas comerciales y energéticas del siglo XXI.

El mar como fuente histórica de poder

Desde la Antigüedad, las grandes potencias comprendieron que controlar el mar significaba controlar el comercio, la riqueza y la proyección militar. El Mediterráneo fue el primer gran escenario de esta disputa. Persas, griegos, cartagineses y romanos lucharon durante siglos por dominar sus rutas comerciales y puertos estratégicos.

Roma logró convertir al Mediterráneo en su Mare Nostrum tras derrotar a Cartago en las Guerras Púnicas, estableciendo una hegemonía marítima que le permitió expandirse política y económicamente sobre gran parte del mundo conocido. Más tarde, el eje del poder global se trasladaría al Atlántico con la expansión de los imperios español, portugués y británico.

Estados Unidos y el dominio naval global

Durante el siglo XX, Estados Unidos perfeccionó esta lógica geopolítica. Inspirado en las teorías del estratega naval Alfred Thayer Mahan, Washington desarrolló una inmensa red de bases militares, alianzas y flotas capaces de controlar los principales puntos estratégicos del comercio mundial.

La Segunda Guerra Mundial y posteriormente la Guerra Fría consolidaron ese predominio. Mientras la Unión Soviética era esencialmente una potencia terrestre, Estados Unidos construyó un sistema marítimo global basado en portaaviones, bases navales y control de los llamados chokepoints (puntos fundamentales en las rutas comerciales marítimas internacionales).

Algunos de los choke points más importantes son por las inmensas distancias el canal de Panamá, el canal de Suez, el estrecho de Gibraltar, el estrecho de Bab al Mandeb y Ormuz o los dos estrechos turcos del Bósforo y los Dardanelos.

China y el “Dilema de Malaca”

El ascenso de China enfrenta hoy un problema estratégico central: su enorme dependencia del comercio marítimo. Gran parte del petróleo y gas que alimentan su economía atraviesan el Estrecho de Malaca y otros corredores marítimos controlados indirectamente por el poder naval estadounidense.

En Beijing esto se conoce como el “Dilema de Malaca”: el temor a que una potencia rival pueda bloquear sus líneas de suministro energético en caso de conflicto. Para reducir esa vulnerabilidad, China impulsa corredores terrestres, redes ferroviarias internacionales y nuevos puertos estratégicos dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Entre los proyectos más importantes destacan el corredor económico China-Pakistán, que conecta Xinjiang con el puerto de Gwadar sobre el Mar Arábigo, y los oleoductos y gasoductos construidos en Myanmar para acceder directamente al Océano Índico sin depender exclusivamente de Malaca.

El bloqueo de Ormuz y la alarma en Beijing

La reciente crisis en el Estrecho de Ormuz volvió a demostrar hasta qué punto China depende de las rutas marítimas energéticas. Aproximadamente un 20% del petróleo mundial atraviesa ese estrecho, y Asia concentra la mayor parte de esos envíos. China, principal comprador de petróleo iraní, quedó particularmente expuesta frente a las interrupciones del tránsito marítimo.

Bandera de China, Bandera de Estados Unidos. Foto: REUTERS

El cierre parcial y las tensiones militares en Ormuz provocaron aumentos en los precios internacionales del petróleo, suba de costos logísticos y fuertes preocupaciones sobre la seguridad energética china. Beijing incluso pidió públicamente garantizar un “suministro energético estable y fluido”, reflejando el temor a que una crisis prolongada afecte su crecimiento económico e industrial.

Además, el conflicto obligó a varios países del Golfo a acelerar rutas alternativas para evitar Ormuz. Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, decidió ampliar la capacidad de oleoductos que conectan directamente con el océano Índico para reducir su dependencia del estrecho.

Para China, la crisis confirmó algo fundamental: aunque haya construido corredores ferroviarios y terrestres, su economía sigue dependiendo críticamente del mar. Esto explica por qué Beijing no solo invierte en infraestructura terrestre, sino también en la expansión de su armada y en la construcción de puertos estratégicos alrededor del Indo-Pacífico.

La nueva gran disputa geopolítica

La competencia entre Estados Unidos y China no es únicamente económica o tecnológica. También es una disputa marítima por el control de las rutas comerciales y energéticas del siglo XXI.

Washington continúa sosteniendo una red global de bases navales y alianzas militares capaz de controlar los principales chokepoints del planeta. Beijing, por su parte, intenta construir alternativas terrestres y fortalecer progresivamente su poder naval para evitar quedar vulnerable ante un eventual bloqueo marítimo.

La historia demuestra que las grandes potencias siempre entendieron una misma realidad geopolítica: quien domina las rutas marítimas posee una ventaja decisiva sobre el orden internacional. Desde Roma hasta la actualidad, el mar sigue siendo uno de los principales escenarios donde se define el poder mundial.