Miembros de los Hermanos Musulmanes en El Cairo Foto: REUTERS

Apenas un día después de que Estados Unidos designara como organizaciones terroristas a las facciones de la “Hermandad Musulmana” en Egipto, Líbano y Jordania; la Oficina del Presidente informó que el Gobierno argentino procedió de la misma manera “en el marco de los compromisos internacionales asumidos por la República Argentina en materia de lucha contra el terrorismo y su financiamiento”.

La decisión de Estados Unidos, y posteriormente de Argentina, se produce después de que Donald Trump firmara el pasado noviembre un decreto que ordenaba a su Gobierno catalogar como terrorista a ese movimiento por sus vínculos con el grupo islamista Hamás.

Donald Trump y Javier Milei decidieron declarar organización terrorista a la Hermandad Musulmana en sus capítulos de Líbano, Egipto y Jordania. Foto: REUTERS

Cabe aclarar que, con esta medida, Argentina refuerza “la cooperación internacional con otros países que designaron a esta agrupación como organización terrorista, como Estados Unidos, Israel, Paraguay, Emiratos Árabes, el propio Egipto donde nació este grupo, entre otros”.

Quiénes son los Hermanos Musulmanes y por qué son considerados terroristas

La “Hermandad Musulmana” es un movimiento islamista fundado en 1928 en Egipto por Hassan al-Banna, en un contexto marcado por el colonialismo europeo y la crisis de las estructuras políticas tradicionales del mundo árabe. Su objetivo inicial fue promover una renovación moral y social basada en el islam, entendiendo la religión no solo como una fe, sino como un sistema integral que debía regir la vida política, económica y cultural. Desde sus orígenes, el movimiento combinó la prédica religiosa con la acción social, la educación y, progresivamente, la participación política.

Con el paso de las décadas, los Hermanos Musulmanes se expandieron más allá de Egipto y se convirtieron en un movimiento transnacional, con organizaciones y partidos afines en distintos países de Medio Oriente, el norte de África y otras regiones. En algunos países participaron en elecciones y formaron partidos políticos legales, mientras que en otros fueron prohibidos y obligados a operar en la clandestinidad.

Hassan al-Banna, fundador de la Organización de los Hermanos Musulmanes de Egipto. Foto: Wikipedia.

La relación de los Hermanos Musulmanes con la violencia es uno de los aspectos más controvertidos de su historia. Oficialmente, muchas de sus ramas sostienen que buscan el cambio político por medios pacíficos y graduales. No obstante, críticos y gobiernos adversarios señalan que, a lo largo del tiempo, sectores del movimiento justificaron o apoyaron la violencia política, especialmente en contextos de represión estatal.

Además, se los vincula ideológicamente con organizaciones que sí recurrieron de manera sistemática a la lucha armada, como Hamás, surgida en Palestina a fines de los años 80 y considerada una organización terrorista por numerosos países.

Para la “Hermandad Musulmana”, la llegada de la Primavera Árabe en 2011 marcó un punto de inflexión. En Egipto, los Hermanos Musulmanes lograron acceder al poder mediante elecciones democráticas y Mohamed Morsi asumió la presidencia en 2012. Sin embargo, su gobierno fue breve: en 2013 fue derrocado por un golpe militar encabezado por Abdel Fattah el-Sisi. A partir de entonces, el movimiento fue prohibido en Egipto, y miles de sus miembros fueron encarcelados o forzados al exilio. Desde ese momento, el Estado egipcio lo declaró organización terrorista, acusándolo de promover atentados y de intentar desestabilizar al país.

El derrocamiento de Mohamed Morsi fue un gran golpe para los Hermanos Musulmanes. Foto: Stefania Mizara via Reuters Conn

La calificación de la “Hermandad Musulmana” como organización terrorista no es unánime a nivel internacional. Algunos gobiernos sostienen que, detrás de su fachada política y social, el movimiento mantiene redes clandestinas, financia grupos armados o legitima el uso de la violencia con fines políticos. En contraste, otros Estados consideran que son, ante todo, un movimiento islamista político heterogéneo, con corrientes moderadas y radicales, y advierten que catalogarlos en bloque como terroristas puede invisibilizar diferencias internas y empujar a algunos sectores hacia la radicalización.

La “Hermandad Musulmana”, de la creación de escuelas a una visión que excluye a los no musulmanes

Desde sus orígenes, los Hermanos Musulmanes construyeron buena parte de su poder lejos de los grandes discursos políticos y más cerca de la vida cotidiana. A lo largo del siglo XX, el movimiento impulsó escuelas, centros educativos, hospitales, comedores y redes de asistencia social, especialmente en países donde el Estado tenía una presencia débil. Esta estrategia les permitió ganar legitimidad y apoyo popular, pero también generó sospechas en los gobiernos, que los acusaron de usar la asistencia como herramienta de captación y adoctrinamiento.

Detrás de ese trabajo social se fue consolidando una ideología religiosa rígida y excluyente. Para la Hermandad, el islam no es solo una fe, sino un sistema total que debe regir la política, la economía y la organización social. En esa lógica, el movimiento se concibe a sí mismo como una vanguardia moral, convencida de poseer la interpretación correcta del islam, y mira con desconfianza tanto a los musulmanes moderados como a quienes profesan otras religiones.

Esta postura también se extiende a otros aspectos de la vida social. La Hermandad promueve roles tradicionales y patriarcales, se opone a la igualdad de género en el espacio público y rechaza avances en derechos vinculados a la diversidad sexual. En distintos momentos, el movimiento se manifestó contra iniciativas internacionales que buscan erradicar la violencia de género, argumentando que atentan contra los valores islámicos y la estructura familiar.

La combinación entre asistencia social y una ideología excluyente explica por qué la Hermandad Musulmana genera posiciones tan enfrentadas. Para sus simpatizantes, es una organización que suple carencias del Estado y defiende la identidad islámica. Para sus críticos, se trata de un movimiento que utiliza la educación y la ayuda social como herramientas para expandir un proyecto político-religioso incompatible con el pluralismo contemporáneo y las democracias modernas.