402 km, 600 curvas y vapor real: La Trochita, el tren patagónico de 1922 que parece un cuento
Nacida de un proyecto para integrar la Patagonia, completó su llegada a Esquel en 1945 y hoy sigue funcionando como emblema turístico, conservando material rodante de 1922 y su inconfundible trocha angosta.

Hay viajes que no se miden en kilómetros, sino en capas de tiempo. Subirse a La Trochita, el Viejo Expreso Patagónico, es escuchar cómo el siglo XX todavía respira: el silbato, el hierro, el vapor y ese “chuf chuf” que parece imposible en 2026. Y sin embargo, ahí está. Centenaria en sus piezas, obstinada en su marcha, la formación conserva un dato que engancha como titular: sus locomotoras (y vagones) datan de 1922, un año que hoy suena tan remoto como una postal sepia.
1922 no es el año en que empezó a circular completa, sino el año en que se adquirió gran parte del material rodante. El hito clave llegó después: el 25 de mayo de 1945, cuando la Trochita ingresó por primera vez a la estación de Esquel, completando el trazado que conectaba con Ingeniero Jacobacci (Río Negro) y la Línea Sur.
Un tren chico para una idea gigante: integrar la Patagonia
Para entender por qué existe un tren tan singular, de trocha angosta de 75 centímetros, hay que mirar el mapa y, sobre todo, el proyecto político de época. A comienzos del siglo XX, la Patagonia era distancia, clima y soledad. Y en esa Argentina que soñaba con coser su territorio con vías, aparece una figura central: Ezequiel Ramos Mexía, ministro de Obras Públicas, impulsor en 1908 de la Ley 5559 de Fomento de los Territorios Nacionales, que buscaba promover el desarrollo e integración de regiones alejadas, incluida la Patagonia.

La Trochita nació como parte de ese plan mayor: unir nodos productivos, poblar, conectar. El ferrocarril llegó a Ingeniero Jacobacci en 1917; en 1921 se decidió conectar Jacobacci con Esquel; y en 1922 se avanzó con compras clave: locomotoras Henschel (Alemania) y Baldwin (Estados Unidos), además de vagones fabricados en Bélgica.
402 kilómetros, más de 600 curvas y una construcción “a pulso”
El dato parece exagerado hasta que lo ves: el trazado completo ronda los 402 km y supera las 600 curvas, una ingeniería adaptada a un territorio que no negocia: meseta ventosa, inviernos duros, veranos secos, pendientes y cortes de terreno. Mucho de ese tendido se realizó sin maquinaria moderna, con pico, pala y explosivos, avanzando con interrupciones según la economía nacional e internacional.

El resultado fue un tren que, por diseño, parece “de juguete” (por la trocha), pero por historia pesa toneladas: no era una atracción, era vida cotidiana. Desde mediados del siglo XX, dejó de ser solo carga: hacia 1950 se volvió fundamental para los habitantes del noroeste de Chubut, llevando personas, paquetes, noticias y mercaderías en una región donde el camino no siempre era camino.
El golpe de los ‘90 y el renacer turístico
Como tantos ramales argentinos, la Trochita entró en una fase crítica hasta que llegó un punto de quiebre: 1993, cuando el gobierno nacional clausuró servicios ferroviarios y el ramal quedó alcanzado por ese cierre masivo. Lo que siguió fue una forma de “rescate”: Río Negro y Chubut asumieron la operación para sostenerla como ícono regional. Desde entonces, su fama creció como tren turístico, conservando un encanto que hoy compite (y convive) con las experiencias más virales del sur.
Por qué el viaje se siente distinto y cómo sigue funcionando
El encanto no es solo paisaje: es mecánica viva. Las locomotoras fueron adquiridas en 1922 y originalmente usaban carbón; con el tiempo, varias se reconvirtieron a fuel oil. En años recientes, se menciona el caso de la máquina N° 114, adaptada a gasoil para reducir emisiones y acercarse a estándares ambientales actuales.
Y hay un detalle que cualquier pasajero recuerda: las salamandras dentro de los coches, pequeñas estufas que dieron identidad al tren y, en invierno, vuelven el vagón un refugio de madera tibia mientras la Patagonia se despliega como una película lenta por la ventana.
Los recorridos que se pueden hacer hoy
Aunque ya no realiza todo el trayecto histórico de punta a punta de manera regular, La Trochita mantiene salidas turísticas en tramos emblemáticos. Entre las alternativas más citadas aparecen:
- Esquel – Nahuel Pan (con parada para ferias y visita al Museo de Culturas Originarias, ligado a la comunidad mapuche-tehuelche).
- El Maitén – Desvío Thomae, con experiencia guiada y propuesta gastronómica en algunos servicios.
- Y, en casos puntuales, la posibilidad de chárter para recorridos más largos, incluyendo tramos del histórico corredor patagónico.

La Trochita como documento de época
Hay una razón por la que este tren se vuelve irresistible para notas de Historia: La Trochita no solo atraviesa paisajes, atraviesa una idea de país. Su trocha mínima, su material rodante de 1922, la llegada a Esquel en 1945 y su transformación tras 1993 componen una línea narrativa perfecta: utopía, esfuerzo, servicio social, abandono y rescate.
Y quizá por eso emociona: porque en cada salida parece decirnos que el pasado no está quieto en un museo. A veces, el pasado todavía arranca, calienta la caldera y se anima a seguir.

















