Antes de ser símbolo nacional, el mate fue enemigo del Estado: fuego y castigo en 1616
La yerba mate fue perseguida por el poder colonial: confiscaciones, fuego público y castigos buscaban erradicar una costumbre que hoy es identidad nacional.

Hubo un tiempo en que tomar mate no solo no era un símbolo nacional, sino que estaba mal visto, perseguido y hasta castigado con fuego. En 1616, en una Buenos Aires pequeña, empobrecida y controlada por la Corona española, el gobernador Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias, tomó una decisión extrema y sin precedentes: confiscó toda la yerba mate que circulaba en la ciudad y ordenó quemarla públicamente en la Plaza Mayor, el actual corazón histórico de la Ciudad de Buenos Aires.
La escena fue tan impactante como simbólica. Bolsas de yerba apiladas, soldados vigilando y el fuego encendido como advertencia. No era solo un acto administrativo: era un mensaje político, económico y moral. El mate, esa infusión hoy inseparable de la identidad argentina, había sido declarado enemigo del orden colonial.
Buenos Aires colonial: pobreza, contrabando y control
Para entender por qué Hernandarias llegó a semejante medida hay que situarse en el contexto. En aquel entonces, Buenos Aires era un puerto periférico del Imperio español, marginado del comercio legal y con severas restricciones para intercambiar productos. Esa situación convirtió al contrabando en una práctica habitual.

La yerba mate, traída principalmente desde las tierras del Paraguay, comenzó a circular de manera masiva. No solo se consumía cada vez más, sino que se transformó en una mercancía clave para una economía informal que escapaba al control de las autoridades. Para los funcionarios coloniales, eso era una amenaza directa.
La yerba como “vicio” y peligro social
Hernandarias, criollo y conocedor profundo del territorio, tenía una visión particular del orden social. Consideraba que el mate fomentaba la ociosidad, la indisciplina y el desgano para el trabajo, especialmente entre soldados, indígenas y sectores populares. A su mirada moral se sumaba una preocupación económica: la yerba no pagaba impuestos suficientes, ingresaba de forma ilegal y debilitaba la autoridad del Estado colonial.

Así, el mate pasó de hábito cotidiano a problema político. Según su razonamiento, prohibir el consumo era una forma de restaurar el orden y el control.
La quema en la Plaza Mayor: fuego como castigo ejemplar
La orden fue contundente: toda la yerba encontrada debía ser confiscada. Pero Hernandarias no se conformó con retirarla del mercado. Dispuso que fuera quemada en público en la Plaza Mayor, un espacio central donde se concentraba la vida institucional y social de Buenos Aires.
El acto fue deliberadamente teatral. El fuego tenía una función pedagógica: atemorizar, disciplinar y disuadir. Ver arder la yerba era ver arder una costumbre profundamente arraigada. Para muchos vecinos fue una humillación; para otros, una señal de que el poder colonial estaba dispuesto a llegar muy lejos.
Una prohibición imposible de sostener
Pese a la dureza de la medida, el resultado fue el opuesto al esperado. El consumo de mate no desapareció. Por el contrario, continuó creciendo de manera clandestina. La yerba siguió entrando por rutas alternativas y el mate siguió pasando de mano en mano, incluso con mayor carga simbólica: beberlo era, en cierta forma, un acto de resistencia silenciosa.

Las prohibiciones demostraron ser impracticables. Con el correr de los años, las restricciones se relajaron y la yerba mate dejó de ser perseguida oficialmente, aunque el episodio quedó grabado en la memoria histórica.
De producto prohibido a símbolo nacional
La paradoja es contundente. Aquello que alguna vez fue considerado un vicio peligroso hoy es emblema cultural, ritual cotidiano y uno de los productos más representativos de la Argentina. El mate une generaciones, regiones y clases sociales. Nada queda de la plaza humeante, pero sí del gesto que intentó borrarlo.
El sentido profundo de aquel fuego
La quema de yerba ordenada por Hernandarias no fue un hecho aislado ni anecdótico. Representa una constante de la historia argentina: el intento de controlar las costumbres populares desde el poder, muchas veces sin comprender su fuerza cultural.
El humo se disipó hace más de cuatro siglos, pero la historia sigue ardiendo. Porque si algo demostró aquel día en la Plaza Mayor es que ningún decreto puede apagar una identidad cuando ya está enraizada en el pueblo. El mate sobrevivió al fuego. Y con él, una parte esencial de lo que somos.

















