Pasaje Enrique Santos Discépolo: la historia del rincón de Buenos Aires por donde pasó el primer tren argentino

En Balvanera, guarda una historia única: por allí pasó La Porteña, el primer tren argentino. Cómo nació, por qué tiene forma de “S” y qué queda hoy de su pasado ferroviario.

El pasaje Enrique Santos Discépolo
El pasaje Enrique Santos Discépolo Foto: pablobedrossian.com
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En pleno corazón de Buenos Aires existe un rincón que miles de personas cruzan sin saber que allí se escribió una página decisiva de la historia nacional. El Pasaje Enrique Santos Discépolo, en Balvanera, no es solo una rareza urbana por su forma de “S”: también fue parte del recorrido del primer ferrocarril argentino y conserva, entre arte, memoria y arquitectura, la huella de un país que empezaba a modernizarse.

La calle en “S” de Buenos Aires que nació con el primer tren del país

A simple vista, el Pasaje Enrique Santos Discépolo llama la atención por su trazado curvo, una anomalía en medio de la cuadrícula porteña. Pero esa forma no es un capricho del urbanismo: responde al antiguo tendido de las vías del Ferrocarril del Oeste, que unían la Estación del Parque,ubicada donde hoy se levanta el Teatro Colón, con el barrio de Floresta. Por allí pasó, el 29 de agosto de 1857, la locomotora La Porteña durante el viaje inaugural del primer servicio ferroviario de la Argentina.

La locomotora La Porteña se usó para trasladar cadáveres al cementerio de la Chacarita
La locomotora La Porteña se usó para trasladar cadáveres al cementerio de la Chacarita

Ese dato convierte al pasaje en mucho más que una calle pintoresca: lo vuelve una pieza viva del nacimiento del transporte moderno en el país. La actual traza peatonal atraviesa la manzana delimitada por Lavalle, Callao, Riobamba y Corrientes, y durante el siglo XIX fue parte concreta del circuito ferroviario que empezó a cambiar para siempre la dinámica económica y social de Buenos Aires.

El recorrido de La Porteña: cómo era el viaje que hizo historia en 1857

La historia ferroviaria argentina tiene una escena fundacional: La Porteña avanzando entre la expectación de miles de personas por una ciudad todavía marcada por quintas, baldíos y construcciones dispersas. Según distintas reconstrucciones históricas, el tren partía desde la Estación del Parque, seguía por la actual Lavalle, giraba hacia la zona que hoy ocupa el pasaje y luego continuaba su trayecto hasta llegar a Floresta, con paradas intermedias en Almagro, Caballito y Flores.

En ese primer viaje, además, no solo se inauguró una línea férrea: también se inauguró una idea de país. La expansión del tren fue uno de los grandes símbolos del progreso argentino, y el antiguo paso que hoy lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo quedó asociado para siempre a ese momento fundacional. Incluso una placa colocada en la esquina del pasaje y Lavalle recuerda el paso de La Porteña, un detalle que refuerza el valor histórico del lugar.

El pasaje tiene una sola cuadra Foto: Wikipedia

Con el tiempo, esa curva recibió distintos nombres populares, entre ellos Curva de los Olivos, Curva de los Hornos de Bayo e incluso Curva de la muerte, una denominación surgida por la complejidad de sus zigzags para los maquinistas de la época. Esa tensión entre innovación y riesgo ayuda a entender lo que significaba mover una locomotora por una ciudad que todavía se estaba formando.

Por qué dejó de pasar el tren y cómo nació el actual Pasaje Discépolo

La expansión urbana terminó alterando aquel trazado pionero. A medida que Buenos Aires crecía y aumentaba la circulación de personas en la zona, el antiguo recorrido empezó a volverse problemático. Por eso, cuando la actividad ferroviaria se reorganizó con la estación Once de Septiembre como nueva cabecera, las vías del tramo original fueron levantadas y el servicio dejó de llegar hasta la primera terminal. Esa clausura quedó formalizada en 1883.

A partir de entonces, el sector comenzó una transformación urbana lenta y cambiante. Durante años, el lugar fue un atajo utilizado por carros y luego un espacio con fama de descuidado y hasta peligroso. Más tarde adoptó la denominación de Rauch, y recién en tiempos mucho más recientes consolidó su identidad actual vinculada a la memoria cultural porteña. Desde 1988 lleva el nombre de Enrique Santos Discépolo, y el 3 de noviembre de 2003 fue convertido oficialmente en peatonal por una ley de la Legislatura de la Ciudad.

Esa reconversión es clave para entender su valor presente: el pasaje no desapareció con el tren, sino que se recicló como vestigio urbano, una especie de cicatriz histórica que siguió visible mientras la ciudad cambiaba a su alrededor. En 2008, además, fue declarado Sitio de Interés Cultural, lo que reforzó su carácter patrimonial.

Del ferrocarril al arte: el otro legado del Pasaje Enrique Santos Discépolo

Si el primer gran capítulo del pasaje fue ferroviario, el segundo estuvo ligado a la cultura porteña. Allí funciona el recordado Teatro del Picadero, inaugurado en 1980 en un edificio que originalmente había sido construido en 1926 como fábrica de bujías por el arquitecto Benjamín Pedrotti. En 1981, esa sala fue escenario principal de Teatro Abierto, uno de los hitos culturales de resistencia durante la última dictadura.

El único pasaje en forma de “S” en BA Foto: Wikipedia

El pasaje también ofrece otras capas de lectura histórica. Sobre su recorrido pueden verse los contrafrentes del ex Banco Mercantil Argentino y de la Escuela Normal Superior N.º 9, cuya construcción data de la década de 1880. A eso se suma un mural del artista Marino Santa María, realizado en mosaicos venecianos, que homenajea a La Porteña y a la historia del ferrocarril en ese mismo sitio.

Ese cruce entre tren, arquitectura, escuela, memoria y teatro explica por qué el lugar conserva tanta potencia simbólica. No se trata solo de una calle linda o curiosa: es un pequeño corredor donde pueden leerse, casi superpuestas, distintas fases del pasado argentino.

Qué hace único hoy al pasaje que recuerda el nacimiento del ferrocarril argentino

En la actualidad, el Pasaje Enrique Santos Discépolo sigue siendo uno de esos secretos urbanos que sorprenden incluso a quienes creen conocer bien Buenos Aires. Tiene poco más de 100 metros, mantiene su singular forma de “S” y resume una historia excepcional: por ese tramo pasó el tren que inauguró la era ferroviaria argentina, luego se convirtió en calle, más tarde en pasaje, y finalmente en un espacio patrimonial atravesado por el arte y la memoria.

Caminarlo hoy es, en cierta forma, caminar sobre el origen del ferrocarril nacional. Allí donde antes sonaban ruedas de hierro y vapor, hoy conviven peatones, murales, cafés, escuela y teatro. Y quizás esa sea la mayor riqueza del lugar: demostrar que la historia no siempre está encerrada en los museos. A veces, sigue latiendo en una curva escondida del centro porteño.