
German Luis Kammerath, ex Intendente de la Ciudad de Córdoba, Diputado Provincial, Diputado Nacional y Vicegobernador de dicha provincia, publicó una columna en Reporte Asia que aquí se reproduce:
En la Antártida, el poder no se mide por declaraciones, sino por continuidad. Las decisiones que importan no son las urgentes, sino las que resisten el tiempo, el clima y el aislamiento. Argentina entendió eso antes que la mayoría. Por eso su presencia en el continente blanco no es episódica: es una política de Estado que atraviesa generaciones.
Hoy, en una era donde la ciencia depende de datos y la geopolítica se expresa también en redes, esa historia vuelve a adquirir relevancia. No como recuerdo, sino como punto de partida.
Roca: el inicio de la permanencia
A comienzos del siglo XX, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, Argentina consolidó una decisión que definiría su proyección antártica: establecer una presencia permanente en las Islas Orcadas del Sur.
Desde 1904, la Base Orcadas funciona de manera ininterrumpida. Es la más antigua del continente en operación continua.
Ese dato, en la Antártida, no es simbólico. Es estructural. La continuidad y permanencia son la primera forma de soberanía.
En 1961, Arturo Frondizi dio un paso que proyectó la cuestión antártica al plano internacional. Se convirtió en el primer jefe de Estado en visitar la Antártida y dirigir un mensaje al mundo desde la Base Esperanza.
Fue una definición política: la Antártida debía ser un territorio de ciencia, paz y cooperación.
Ese principio sigue siendo hoy la base del sistema internacional que rige el continente.
Menem: institucionalidad y liderazgo internacional
Décadas más tarde, durante la presidencia de Carlos Menem, Argentina consolidó su rol institucional al lograr que Buenos Aires se convirtiera en sede de la Secretaría del Tratado Antártico.
El respaldo de líderes como Nelson Mandela, Tony Blair y Bill Clinton no fue casual. Reconocía una trayectoria de presencia sostenida y cooperación.
Argentina ayudaba a organizar la gobernanza de la Antártida.
Los años noventa: cuando llegó la conectividad
Mientras avanzaba en el plano diplomático, el país impulsó una transformación menos visible pero decisiva: la modernización de las telecomunicaciones antárticas.
Entre 1997 y 1999, la Secretaría de Comunicaciones desplegó un plan integral que llevó al continente blanco:
- telefonía móvil;
- internet satelital;
- telefonía fija digital;
- televisión satelital;
- telemedicina;
- redes de datos;
- sistemas de comunicación para operaciones en terreno.
En un momento en que internet aún era incipiente en gran parte del mundo, Argentina lo instalaba en la Antártida.
La noche en que la Antártida habló
Eran las 22 horas en la Base Esperanza. Afuera, el frío imponía su rutina implacable. Adentro, un reducido grupo de técnicos y militares observaba en silencio una prueba que, en apariencia, no difería de tantas otras. Pero esa noche no era una más.
El teniente coronel Fernando García Piñasco, jefe de la base, tomó el teléfono móvil. Marcó. Esperó.
Hubo un instante breve, casi suspendido.
Y entonces, con la precisión de quien sabe que está haciendo historia, dijo:
«Señor Secretario, el teniente coronel García Piñasco reporta desde la Base Esperanza, en la Antártida Argentina, realizando la primera llamada de telefonía móvil al continente.»
Del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, la respuesta llegó sin interferencias, sin demoras, sin dudas.
La comunicación era real. Era inmediata. Era estable.
Por primera vez, la Antártida dejaba de estar aislada. Había entrado, definitivamente, en la red.
Un sistema más amplio que las bases
La presencia argentina no se limita a un conjunto de instalaciones. Es un sistema.
A las bases permanentes —Orcadas, Esperanza, Marambio, Carlini, San Martín y Belgrano II— se suman bases temporarias que operan en determinadas épocas del año, ampliando la capacidad científica y territorial.
Ese sistema se sostiene además con dos pilares clave: el rompehielos ARA Almirante Irízar, que abastece y conecta las bases más remotas, y la aviación de la Fuerza Aérea Argentina, que opera regularmente hacia Marambio y ahora también hacia Petrel.
Mar, aire y territorio forman una red física. El desafío actual es completarla con una red digital.
Petrel: el nodo de la nueva etapa
En ese contexto, la ampliación de la Base Petrel marca un punto de inflexión.
Concebida como un hub logístico, Petrel puede diversificar el acceso al continente, mejorar la eficiencia operativa, reducir costos logísticos e introducir redundancia en el sistema.
Pero su verdadero potencial aparece cuando se la piensa como nodo de una red integrada.
En el siglo XXI, la logística sin datos es incompleta.
La Isla 25 de Mayo: el campus científico del futuro
El corazón de la actividad científica multinacional en la Antártida es hoy la Isla 25 de Mayo (King George Island).
Allí operan bases de múltiples países: Argentina, Chile, Rusia, China, Brasil, Corea del Sur, Polonia, Uruguay, Perú y Ecuador.
La concentración de actividad genera un fenómeno único: un campus científico global en condiciones extremas.
Y como todo campus moderno, enfrenta un límite: la conectividad.
La iniciativa de fibra óptica: una señal de futuro
En ese escenario, comienza a tomar forma una idea que responde a esa necesidad: llevar fibra óptica a la Isla 25 de Mayo.
La propuesta, explorada por actores del sector privado argentino como el Grupo Datco, plantea dotar a ese núcleo científico de una infraestructura de alta capacidad.
Su lógica es simple: más datos requieren más capacidad, más cooperación requiere mejor conectividad, y más ciencia requiere menos latencia.
No se trata de reemplazar satélites, sino de complementarlos. La iniciativa privada demuestra que existe capacidad y visión. Pero su concreción requiere algo más: decisión estratégica y coordinación estatal.
Estado e iniciativa: una relación necesaria
La experiencia argentina muestra que los grandes avances se lograron combinando la dirección pública, la ejecución privada y la cooperación internacional. La Antártida no es la excepción.
Un proyecto de conectividad de nueva generación debe alinearse con el Tratado Antártico, servir a múltiples países, fortalecer la ciencia global y consolidar el rol argentino como facilitador.
En la Antártida, liderar es prestar servicio.
Una pregunta hacia el futuro
Todo este recorrido conduce a una pregunta inevitable.
Si la Antártida es un territorio dedicado a la ciencia, la cooperación y la preservación ambiental, y si Argentina posee una de las presencias más antiguas, una red de bases consolidada y una capacidad tecnológica demostrada:
¿Podrían las áreas de presencia argentina evolucionar hacia una forma avanzada de parque nacional científico?
Un espacio protegido, abierto a la cooperación internacional, sostenido por infraestructura moderna y orientado al conocimiento y la preservación.
No es una definición jurídica. Es una dirección conceptual.
Conclusión: la lógica de la continuidad
Argentina construyó en la Antártida algo poco frecuente: continuidad con innovación.
Fue pionera en la presencia permanente. Proyectó la Antártida al mundo. Contribuyó a su institucionalidad. Llevó conectividad donde parecía imposible.
Hoy enfrenta una nueva etapa.
La ampliación de Petrel, la necesidad de redes de alta capacidad y las iniciativas emergentes del sector privado plantean una oportunidad.
Como en 1999, la tecnología ya existe. Lo que falta es la decisión de llevarla.
Porque en la Antártida, el liderazgo no se anuncia. Se construye, se vuelve política de Estado.












