Soldados de la OTAN en el Ártico. Foto: Instagram @nato
Soldados de la OTAN en el Ártico. Foto: Instagram @nato

Durante años, el Ártico fue visto como un lugar prácticamente intocable: un mar de hielo permanente, difícil de atravesar y alejado de los grandes circuitos económicos y políticos. Hoy, el deshielo está cambiando por completo esa imagen. Con menos hielo, se abren nuevas rutas de navegación y aparecen oportunidades para explotar recursos naturales que antes eran inaccesibles, lo que vuelve a la región cada vez más atractiva para las potencias que buscan ampliar su influencia.

Este nuevo escenario no solo redefine el mapa comercial global, al acortar distancias entre Asia, Europa y América del Norte, sino que también intensifica la competencia por el control de recursos estratégicos como petróleo, gas y minerales. A medida que el hielo retrocede, el Ártico deja de ser un espacio marginal para convertirse en un territorio disputado, donde los reclamos de soberanía, la presencia militar y los intereses económicos comienzan a superponerse en una región cada vez más expuesta y frágil.

Ártico. Foto: REUTERS/ Lisi Niesner
El Ártico, la nueva zona de interés de las potencias mundiales. Foto: REUTERS

Las proyecciones señalan que hacia 2040 el Ártico podría permanecer libre de hielo al menos dos meses al año, habilitando la navegación regular por el llamado Alto Norte. Este escenario impactaría de lleno en el comercio global, ya que pondría en desventaja a las rutas tradicionales: el canal de Suez, por donde circula cerca del 30% del tráfico mundial de contenedores, y el canal de Panamá, que concentra alrededor del 3% del comercio global, seguirían siendo las vías más transitadas, pero enfrentarían una competencia creciente.

Los países que reclaman soberanía en el Ártico

Canadá, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, Rusia y Estados Unidos sostienen que tienen derechos sobre distintas zonas de esta región, lo que genera disputas y debates sobre hasta dónde llegan esos reclamos. En el centro del conflicto está el control de las Zonas Económicas Exclusivas, es decir, las áreas marítimas donde los Estados pueden explotar recursos naturales. Estas discusiones se rigen por la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, aunque, en la práctica, países como Rusia y Canadá intentaron ampliar su plataforma continental mediante estrategias políticas y técnicas para reforzar sus pretensiones sobre el territorio.

En la actualidad, hay un actor que parece haber leído con claridad el valor estratégico del Ártico: Donald Trump. El expresidente de Estados Unidos entendió que la disputa por el Norte no se limita a lo económico, sino que también abarca intereses geopolíticos y de poder global. La presencia estadounidense en la parte superior del mapa se inscribe así en un nuevo capítulo de su competencia con China, que también busca ganar influencia en la región.

Groenlandia, la gran ambición de Donald Trump, está ubicada entre el océano Atlántico y el océano Glaciar Ártico.

En paralelo, el avance ruso es uno de los factores que más inquieta a la OTAN. Moscú construyó más de 50 bases militares en el Ártico, consolidando una red de puertos estratégicos a lo largo de la región y enviando una señal clara al resto de las potencias. Ningún otro Estado del Consejo del Ártico cuenta con una presencia tan sólida como la rusa. En este contexto, el futuro de la Ruta del Mar del Norte y de la militarización del Ártico dependerá en gran medida de la capacidad diplomática para evitar una escalada de tensiones que pueda afectar el comercio internacional.

Tras los movimientos de Donald Trump y su intención de avanzar sobre Groenlandia, varios países europeos desplegaron decenas de efectivos en el Ártico en el marco de ejercicios de la OTAN, que más allá del entrenamiento funcionan como una demostración de poder militar en una región cada vez más disputada.