
Arabia Saudita, Turquía y Pakistán han creado una alianza de defensa con una cláusula de solidaridad inspirada en el artículo 5 de la OTAN, en un momento en que los ataques con drones y misiles, la rivalidad iraní-israelí y la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense empujan a los Estados regionales a construir sus propias garantías de seguridad. El acuerdo puede convertirse en el núcleo de una nueva “arquitectura estratégica”, pero también en una fuente adicional de tensión y cálculos erróneos.

El acuerdo común de defensa firmado en La Meca por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán establece que un ataque armado contra uno de los tres Estados será considerado un ataque contra todos. La fórmula recuerda al artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte. Sin embargo, la diferencia esencial es que el documento no parece establecer automáticamente el tipo de respuesta militar que cada firmante debe ofrecer.

El nacimiento del pacto debe entenderse en el contexto de la degradación del entorno regional de seguridad. Los Estados del Golfo enfrentan amenazas provenientes de misiles balísticos, drones, ataques a la infraestructura energética y acciones de grupos aliados o apoyados por Irán. Al mismo tiempo, la intensificación del enfrentamiento entre Irán e Israel ha demostrado que los Estados de la región pueden convertirse rápidamente en teatros o víctimas colaterales de una escalada que no controlan.
Aunque tanto los iraníes como sus aliados hutíes en Yemen han lanzado mensajes en contra de esta alianza rival, la entente también apunta a otra potencia militar con intereses en la región: Estados Unidos. Durante el primer mandato de Trump (2017-2021), la Casa Blanca promocionó que los Estados árabes del Golfo Pérsico abrieran relaciones con Israel, su aliado en Oriente Medio desde hace décadas.

Los Acuerdos de Abraham, como se los denominó, permitieron al Estado hebreo establecer vías diplomáticas formales con Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. Sin embargo, un Gobierno se mantuvo reticente a sumarse: Arabia Saudí. Para Israel, supuso una forma de incrementar su poder y proyección en la región.
Desde entonces, Oriente Medio ha entrado en una cascada de acontecimientos que ha llevado al caos a los países. La crisis sanitaria y de suministros tensaron la economía de las regiones de manera análoga al resto del planeta. En 2022, Rusia invadió Ucrania y se desentendió de sus aliados, incluida Siria. El régimen de Bashar al-Ásad cayó a finales de 2024 prácticamente sin oposición y fuerzas islamistas apoyadas por Turquía conquistaron Damasco.
El statu quo de Oriente Medio se ha roto ante el fracaso de Israel y Estados Unidos para vencer a Irán con rapidez. Las fuerzas persas han soportado los ataques conjuntos y se encuentran en estos momentos en una posición de ventaja en la mesa de negociación con un Trump desesperado por las próximas elecciones legislativas.
Frente a este cambio de coordenadas, Ankara y Riad, una vez rivales, han decidido aliarse y juntarse con Islamabad en una coalición atómica mientras exploran nuevos socios distintos a Washington, como los drones e interceptores ucranianos. Solo el futuro dictará si sumarán nuevos socios en esta incipiente OTAN musulmana.
















