Análisis | ¿Perdió Estados Unidos la guerra con Irán?

Para responder esta pregunta es necesario comenzar por una cuestión fundamental: ¿qué significa ganar o perder una guerra?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos.
Donald Trump, presidente de Estados Unidos. Foto: Reuters (Nathan Howard)
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El teórico militar prusiano Carl von Clausewitz definió la guerra como “un acto de violencia destinado a obligar al adversario a cumplir nuestra voluntad”. Desde esta perspectiva, la guerra no constituye un fenómeno aislado, sino la continuación de la política por otros medios. La decisión de iniciar un conflicto, los objetivos perseguidos y los criterios para evaluar el resultado son, en última instancia, políticos antes que militares.

Bajo esta lógica, la victoria no depende exclusivamente de la destrucción de objetivos enemigos ni de la superioridad en el campo de batalla. Un actor triunfa cuando logra imponer su voluntad política al adversario. Del mismo modo, la derrota se produce cuando pierde la capacidad o la voluntad de continuar resistiendo y se ve obligado a aceptar las condiciones impuestas por su oponente.

Por ello, para determinar si Donald Trump ganó o perdió la guerra con Irán, resulta insuficiente analizar únicamente los daños materiales ocasionados por los ataques o la cantidad de bajas sufridas por cada bando. La verdadera pregunta es si Estados Unidos logró alcanzar los objetivos políticos que motivaron la intervención.

Aunque todavía es prematuro determinar si Washington alcanzó plenamente sus objetivos respecto de Irán, los efectos geopolíticos del conflicto parecen haber favorecido a Estados Unidos en su competencia estratégica con China.

La dimensión china del conflicto

Limitar el análisis a la dimensión bilateral entre Washington y Teherán podría resultar insuficiente. Las guerras suelen producir efectos estratégicos que trascienden a los beligerantes directos y modifican la distribución de poder entre terceros actores.

Desde esta perspectiva, el conflicto también debe analizarse en función de su impacto sobre China. Durante las últimas dos décadas, Beijing consolidó una profunda inserción económica en Medio Oriente basada en tres pilares: el abastecimiento energético, la inversión en infraestructura a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y la influencia diplomática con el objetivo de estabilizar la región.

Medio Oriente adquirió una importancia creciente para la seguridad energética china. Antes del conflicto, aproximadamente entre el 45% y el 50% de las importaciones de petróleo de China transitaban por el estrecho de Ormuz. La crisis obligó a Beijing a recurrir a reservas estratégicas, diversificar suministros y reducir temporalmente sus importaciones de crudo. Entre el primer trimestre y mayo de 2026, las importaciones chinas de petróleo cayeron cerca de cuatro millones de barriles diarios, una de las mayores contracciones registradas en los últimos años.

El conflicto también golpeó uno de los principales proyectos diplomáticos chinos en la región. En 2023, Beijing había logrado mediar el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán, presentándose como un actor capaz de generar estabilidad regional mediante incentivos económicos y cooperación. Sin embargo, la guerra puso en evidencia los límites de ese modelo. China pudo promover el acercamiento entre ambos países, pero careció de la capacidad militar y política necesaria para garantizar la estabilidad alcanzada.

Asimismo, la crisis afectó corredores logísticos, inversiones energéticas e infraestructura vinculada a la Franja y la Ruta, una región donde China había concentrado miles de millones de dólares en proyectos estratégicos. El conflicto demostró que la influencia económica no necesariamente se traduce en capacidad para controlar los acontecimientos geopolíticos.

Infraestructuras energéticas del Golfo afectadas por la guerra Foto: realinstitutoelcano.org
Inversiones chinas en países afectados por la guerran de Irán Foto: chinapower.csis.org

El verdadero triunfo estratégico de EE.UU.

La crisis también produjo un efecto menos visible para buena parte de los analistas, pero potencialmente más trascendente desde una perspectiva geopolítica: reforzó la posición energética de Estados Unidos dentro del sistema internacional.

Lo que durante décadas fue una potencia dependiente del petróleo de Medio Oriente se convirtió en el mayor productor mundial de hidrocarburos. Esta transformación modificó la ecuación estratégica internacional.

Mayores productores de petróleo del mundo Foto: ig.com
Mayores compañías petroleras del Mundo Foto: ig.com

Mientras que China, Japón, Corea del Sur y gran parte de Europa continúan dependiendo del flujo de energía proveniente del Golfo Pérsico, Estados Unidos posee una vulnerabilidad considerablemente menor frente a interrupciones en el estrecho de Ormuz.

El expresidente Richard Nixon advertía en La verdadera guerra que quien controlara el estrecho de Ormuz —la verdadera yugular energética del sistema internacional— tendría la capacidad de condicionar a las principales economías de Europa y Asia. Cuatro décadas después, esa observación conserva una notable vigencia.

El incremento de las tensiones elevó los riesgos sobre el abastecimiento energético de Asia y afectó particularmente a China, que depende de Medio Oriente para una porción sustancial de sus importaciones de crudo. Washington, en cambio, enfrentó el conflicto desde una posición mucho más favorable gracias a su elevada producción interna y a su capacidad para exportar energía a los mercados internacionales.

Fuentes del suministro de petróleo a China Foto: chinapower.csis.org

Durante décadas, la presencia militar estadounidense en el Golfo fue interpretada principalmente como un mecanismo para garantizar su propio acceso al petróleo regional. Sin embargo, en la actualidad, la estabilidad de esas rutas marítimas resulta probablemente más importante para China que para Estados Unidos.

La guerra también puso de manifiesto una paradoja estratégica. Pekín invirtió enormes recursos para expandir su presencia económica en Medio Oriente, pero la seguridad de buena parte de esos intereses continúa dependiendo de un orden regional sostenido, directa o indirectamente, por el poder militar estadounidense.

Conclusión

Por ello, la pregunta inicial quizás esté mal formulada. La cuestión no es únicamente si EE.UU. derrotó a Irán, sino si la guerra modificó la correlación de fuerzas entre Estados Unidos y China.

Si el conflicto debilitó la seguridad energética china, afectó inversiones estratégicas vinculadas a la Franja y la Ruta y recordó la vulnerabilidad de las rutas marítimas de las que depende la economía asiática, entonces sus consecuencias podrían trascender ampliamente al enfrentamiento entre Washington y Teherán.

Como ocurre con frecuencia en la historia, los efectos más importantes de una guerra no siempre recaen sobre quienes la combaten directamente. Desde esta perspectiva, el principal resultado geopolítico del conflicto podría haber sido el fortalecimiento relativo de la posición estadounidense frente a su principal competidor estratégico del siglo XXI: China.