
El Palacio del Congreso de la Nación no es sólo el epicentro del Poder Legislativo en la Argentina; es un testimonio monumental de las ambiciones de una joven nación a finales del siglo XIX. El emblemático edificio tiene estratos de historia, tragedia y simbolismo que albergan sus muros de mármol y granito.
Diseñado por el arquitecto italiano Víctor Meano, la construcción del Recinto es en sí misma una narrativa de persistencia y fatalidad. Meano, discípulo de Francisco Tamburini (responsable del Teatro Colón), ganó la licitación en 1897 pero su vida fue truncada en 1904 por un drama pasional.
El asesinato del arquitecto a manos de su mayordomo dejó al proyecto huérfano. Aunque el edificio se inauguró formalmente en 1906, bajo la presidencia de Figueroa Alcorta, para permitir el inicio de las sesiones, su finalización total no se alcanzó hasta 1947. Esta demora de cuatro décadas se explica, en parte, por las dificultades logísticas durante las guerras mundiales, ya que gran parte de los materiales fueron importados de Europa.

El edificio puede visitarse totalmente gratis, con recorridos guiados disponibles de lunes a viernes, en inglés y español. Durante el recorrido, la guía Mailén -que es profesora de historia- destaca la procedencia de los materiales que otorgan al Palacio su aire señorial y europeo:
- Mármoles de Alicante: el distintivo mármol rosado con vetas blancas fue traído directamente desde España. Solo el mármol de las columnas, proveniente de las sierras cordobesas, es de origen nacional.
- Ingeniería alemana: los pisos calcáreos fueron fabricados por la misma empresa que proveyó los del RMS Titanic, demostrando el estándar de lujo y durabilidad buscado en la época.
- Luz natural y vitrales: el diseño original contemplaba la electricidad sólo en el primer piso. El resto del edificio se iluminaba mediante una compleja estructura de cristal y cobre que permitía el paso de la luz natural, coronada por vitrales que representan la ciencia, la justicia, las artes y la industria.

Los salones y la cúpula del Congreso
El célebre Salón de los Pasos Perdidos, epicentro de la actividad de prensa durante las sesiones, alberga obras pictóricas de incalculable valor histórico. Entre ellas, destaca “Los Constituyentes de 1853” de Antonio Alice y otra de Juan Manuel Blanes que retrata la apertura de sesiones de 1886.
Un detalle histórico revelado durante la visita refiere a la figura de Julio A. Roca, retratado con una venda en la cabeza tras haber sido herido por un adoquín durante una manifestación antes de inaugurar las sesiones. Asimismo, la presencia de siete banderas originales de la “Operación Cóndor” de 1966 sirve como recordatorio del persistente reclamo sobre las Islas Malvinas y la evolución del simbolismo patrio.

También se recrea, en el paso por el Senado, el intento de asesinato contra el senador Lisandro de la Torre el 23 de julio de 1935,momento en que murió el senador santafesino Enzo Bordabehere, aún antes de asumir su banca. Y muchos otros chismes políticos de la historia del edificio.
Dentro del recinto de la Cámara de Diputados -la que representa al pueblo, a diferencia del Senado que encarna a las provincias- la disposición de las bancas sigue una lógica política tradicional: el oficialismo a la derecha de la presidencia, y la oposición a la izquierda y en el centro.
La preservación del edificio, declarado Monumento Histórico Nacional, impone desafíos modernos. Al no poder modificarse la estructura original, la incorporación de nuevas bancas ante el crecimiento demográfico es un debate técnico constante. Actualmente, se mantiene una proporción de un diputado por cada 180.000 habitantes, ajustada según los últimos censos nacionales.

A pesar de los avances tecnológicos, el Congreso conserva el cuerpo de taquígrafos. Según se explicó en el tour, la taquigrafía garantiza la fidelidad absoluta de lo ocurrido en el recinto, evitando posibles manipulaciones digitales o ediciones de video. El Diario de Sesiones sigue siendo el documento legal irrefutable de la voluntad legislativa.
El punto culminante del recorrido es llegar al Salón Azul, el espacio ubicado debajo de la gran cúpula del edificio, para ver la lámpara gigantesca que soporta e ilumina el espacio, que tiene 450 lamparitas y pesa 2.054 toneladas. Parece que está sostenida por un cable infinito, pero en realidad está sostenida por cinco cables de acero que están trenzados y pesan tres toneladas. Impactante con su trabajo en metal que se puede ver porque la bajan a tres metros del piso.

Las visitas guiadas al Congreso son gratuitas y están abiertas al público en general y a los turistas. Se recorren ambas cámaras, los salones como el de las mujeres, con sillones rosa que se llama Eva Perón y contiene los sudarios del cadáver de la primera dama.
Se hacen de lunes a viernes, y requieren reserva previa obligatoria a través de la página oficial. Se ingresa por Av. Rivadavia 1864 con DNI, y los horarios son 11, 13, 15 y 17. Vale la pena.

















