Si firmamos un documento entre usted y yo asegurando que un tercero va a cambiarse el corte de pelo, lo más probable es que ese tercero nos ignore por completo y haga lo que le plazca. Parece un absurdo lógico, pero es exactamente la analogía que mejor describe lo que está ocurriendo hoy en los niveles más altos de la geopolítica de Medio Oriente.
Lo que venimos observando en el último mes es una preocupante proliferación de pactos que pecan de una vulnerabilidad letal: dictan el accionar de partes que jamás estamparon su firma en el papel. El caso más reciente y evidente es el acuerdo firmado entre los Estados Unidos y la República Islámica de Irán, un intento de emergencia por destrabar el estrecho de Ormuz y evitar una crisis energética global debido a que el 20% del suministro mundial de petróleo se encuentra paralizado desde hace meses.
En este documento, las administraciones de Donald Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian —con la arquitectura diplomática del canciller Abbas Araghchi— acordaron, entre otros puntos, garantizar la integridad territorial del Líbano. En la práctica, esto implicaba un compromiso escrito para que Israel deje de golpear territorio libanés y que la milicia chiita Hezbollah se retire del sur del Líbano y cese sus ataques.
¿El problema de fondo? Ni el Estado de Israel, ni el gobierno del Líbano, ni Hezbollah participaron de la firma.
Para entender la dimensión de este fracaso, hay que repasar los manuales del derecho internacional. Lo que Washington y Teherán firmaron reviste la forma de un “memorándum de entendimiento” (MoU, por sus siglas en inglés) o una “carta de intención” (LoI). En términos jurídicos internacionales, un memorándum de entendimiento es una declaración de voluntad política que establece directrices de cooperación, pero que se redacta específicamente para no crear obligaciones jurídicamente vinculantes (a diferencia de un tratado formal). Una carta de intención es aún más laxa: es apenas un bosquejo preliminar de lo que se espera lograr. Es, llevándolo al plano cotidiano, menos que la reserva de dinero en la compra de un inmueble. Carece de fuerza ejecutiva, sobre todo frente a terceros.
Como era de esperarse, la realidad aplastó a la diplomacia de escritorio. Durante toda la madrugada posterior al anuncio, las Fuerzas de Defensa de Israel continuaron bombardeando el sur del Líbano. Hezbollah, por su parte, demostró que un papel firmado en otra latitud no dicta su agenda operativa en el terreno. El pacto no se materializó en los hechos.
La estrategia de Estados Unidos detrás de este pacto era usarlo como herramienta de presión sobre el gobierno de Benjamin Netanyahu. El mensaje de la Casa Blanca fue claro: “Nosotros te proveemos las armas, la tecnología y el financiamiento. Somos tu aliado y la superpotencia militar del mundo. Si nosotros cerramos un acuerdo para frenar una crisis global, es momento de que te quedes en el molde y acates”.
Sin embargo, Netanyahu no gobierna en el vacío. Su supervivencia política depende de los partidos de ultraderecha y ultraortodoxos de la Knéset, sectores que exigen ir a fondo contra Hezbollah e Irán. Fueron precisamente estos miembros del gabinete israelí quienes salieron a torpedear el pacto y a lanzar ataques verbales directos contra Trump.
La respuesta de Washington reveló el nivel de tensión histórica entre ambos aliados. El vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, salió a la sala de prensa de la Casa Blanca a marcar la cancha con una dureza inusitada para con Tel Aviv: “¿Saben qué? Hay gente en el gabinete de Israel que está hablando de que el problema de Israel es el presidente de los Estados Unidos. No se equivoquen, hubo ataques muy directos. Este presidente de los Estados Unidos es el que hizo los ataques contra Irán, se metió en una guerra contra Irán, y es el único que los banca ahora en este momento. El único que tiene simpatía con Israel en un mundo en el que Israel está quedando como el malo de la película”.
Las palabras de Vance desentrañan la cruda realidad del tablero actual. Mientras las potencias intentan ordenar el mundo a través de memorándums sin fuerza legal para proteger sus urgencias macroeconómicas, los actores regionales que realmente aprietan el gatillo operan bajo lógicas de supervivencia, fanatismo y política doméstica.
Mientras los diplomáticos celebren la firma de documentos que no sientan a la mesa a quienes verdaderamente están en conflicto, la paz seguirá siendo una ilusión óptica. Israel, el Líbano y Hezbollah seguirán haciendo lo que quieran, demostrando que en el hostil territorio de Medio Oriente, las cartas de intención son solo acuerdos de papel que se queman con la primera bomba de la madrugada.










