
German Luis Kammerath, ex Intendente de la Ciudad de Córdoba, Diputado Provincial, Diputado Nacional y Vicegobernador de dicha provincia, publicó una columna en Reporte Asia que aquí se reproduce:
La inteligencia artificial y la nueva frontera de la humanidad
Una médica termina una guardia de doce horas y, antes de hablar con la familia de un paciente, consulta un sistema de inteligencia artificial. No espera que la máquina decida por ella. Busca una posibilidad que el cansancio pudo haberle ocultado.
En otra ciudad, el dueño de una pequeña empresa intenta comprender por qué sus ventas comenzaron a caer. Hasta hace poco habría necesitado una consultora. Ahora conversa con un modelo que examina sus datos y le propone caminos posibles.
En algún edificio público, mientras tanto, un funcionario recibe una recomendación algorítmica sobre la asignación de un beneficio social. En la pantalla aparece un resultado preciso. Falta algo, sin embargo. Nadie sabe explicar con claridad por qué esa persona quedó excluida.
Las tres escenas pertenecen al mismo momento histórico. La inteligencia artificial ya no vive únicamente en laboratorios, novelas o conferencias empresariales. Ha comenzado a entrar, casi en silencio, en el territorio más íntimo de la civilización: el lugar donde tomamos decisiones.

Del séptimo al octavo continente
En agosto de 1997, cuando Internet todavía parecía para muchos una curiosidad tecnológica, Jacques Attali publicó «Le septième continent». Sostuvo que la red no debía entenderse simplemente como una autopista, una biblioteca o un banco de datos. Era algo mayor: un continente virtual en el que terminarían instalándose comercios, fábricas, periódicos, hospitales, jueces y nuevas formas de poder.
Attali advirtió que quienes no desembarcaran a tiempo quedarían sometidos a las reglas, las tecnologías y la cultura de quienes llegaran primero. Su metáfora no describía solamente una innovación. Anticipaba una disputa por la soberanía.
Casi treinta años después, la humanidad comienza a internarse en un territorio todavía más profundo. Si internet fue el séptimo continente, propongo llamar octavo continente al espacio cognitivo creado por la inteligencia artificial.
Internet conectó a las personas con la información. La inteligencia artificial interpreta esa información, reconoce patrones, produce recomendaciones y empieza a ejecutar acciones. Ya no se limita a transportar lo que pensamos. Interviene en la manera en que comprendemos el mundo y en los caminos que elegimos dentro de él.
No llegamos hasta allí en barcos. Ingresamos cada vez que pedimos un diagnóstico, aceptamos una ruta, delegamos una búsqueda o permitimos que un sistema seleccione aquello que merece nuestra atención.
Su geografía está formada por datos. Sus rutas son las redes digitales. Sus grandes centros industriales concentran una formidable capacidad de procesamiento. Sus potencias emergentes son quienes controlan los modelos y las plataformas desde las cuales miles de millones de personas observan la realidad. Pero el recurso más valioso de este continente no será la información; será la decisión humana.
Cuando las respuestas se vuelven abundantes
Buena parte del poder histórico nació de una ventaja elemental: saber algo antes que los demás. Conseguir información, interpretarla y convertirla en una recomendación requería tiempo y especialistas. La inteligencia artificial está desarmando esa escasez.
Una persona puede obtener en segundos explicaciones que antes demandaban semanas. Una pequeña empresa accede a capacidades reservadas hasta hace poco a grandes corporaciones. Un municipio modesto puede estudiar políticas aplicadas en ciudades distantes. Un científico puede explorar conexiones que ningún individuo alcanzaría a revisar durante una vida.
Las respuestas comienzan a sobrar. Sin embargo, la abundancia no elimina la dificultad de decidir. La desplaza.
Cuando producir argumentos cuesta cada vez menos, aumenta el valor de saber juzgarlos. Cuando una máquina ofrece diez caminos convincentes, la capacidad humana consiste en comprender cuál es el que conduce al destino buscado, qué intereses quedan afectados y qué consecuencias pueden aparecer durante el viaje.
El riesgo no está sólo en las respuestas falsas. También reside en aquellas que contienen una parte de la verdad, están escritas con seguridad y llegan exactamente hasta donde alcanzan los datos disponibles. Una respuesta puede ser técnicamente correcta y humanamente equivocada.
La paradoja de nuestra época podría formularse así: cuanto más inteligente parece la respuesta, mayor debe ser la inteligencia de quien la recibe. El nuevo analfabetismo no consistirá en desconocer el funcionamiento de una computadora, sino en aceptar una recomendación sin saber interrogarla.
La tentación de ser conducidos
La inteligencia artificial puede ampliar nuestra comprensión. También puede debilitarla si reemplazamos el esfuerzo de pensar por la comodidad de asentir.
Los seres humanos nunca fuimos criaturas enteramente racionales. Elegimos con nuestros conocimientos, pero también con nuestros temores, hábitos, deseos y heridas. Durante siglos, esos territorios interiores fueron relativamente opacos para quienes pretendían influir sobre nosotros. Hoy dejamos rastros de nuestras preferencias en cada búsqueda, cada compra y cada pausa frente a una pantalla.
Un sistema no necesita conocernos perfectamente para condicionarnos. Le alcanza con anticipar nuestro comportamiento mejor que quienes compiten por nuestra atención y, en ocasiones, mejor que nosotros mismos.
Allí aparece una frontera política y moral. La herramienta que sabe qué queremos puede ayudarnos a encontrarlo. También puede aprender a orientar nuestros deseos hacia aquello que otros necesitan que queramos.
Una sociedad permanentemente asistida podría acostumbrarse a recibir recomendaciones antes de formular propósitos propios. Podría confundir predicción con destino y eficiencia con verdad. Podría terminar eligiendo únicamente entre las opciones que el sistema aprendió a ofrecerle.
Los algoritmos se alimentan de lo ocurrido. La libertad humana también se expresa en la capacidad de interrumpir esa continuidad.
Las transformaciones que dignificaron nuestra historia nacieron muchas veces de personas que se negaron a aceptar que el futuro debía parecerse al pasado. Ningún cálculo basado exclusivamente en precedentes habría recomendado abolir privilegios arraigados, reconocer nuevos derechos o confiar en una idea empresarial que todavía no tenía mercado.
Necesitaremos la inteligencia artificial para comprender mejor la historia. No deberíamos permitir que esa historia aprisione nuestro porvenir.
Información no es verdad
En Nexus, Yuval Noah Harari cuestiona una convicción arraigada en la cultura tecnológica: que una mayor cantidad de información conduce necesariamente a una comprensión más verdadera del mundo. Las redes de información también pueden distribuir ficciones, consolidar burocracias, organizar sistemas de vigilancia y concentrar poder.
La advertencia resulta especialmente pertinente ante la inteligencia artificial. Una sociedad puede producir más información que nunca y, al mismo tiempo, perder la capacidad de distinguir entre conocimiento, persuasión y manipulación.
La IA no funciona como una imprenta, una radio o una simple red de transmisión. Puede generar contenidos, mantener conversaciones y participar en una decisión. Allí se encuentra la frontera política del octavo continente: el algoritmo podrá anticipar al ciudadano mientras el ciudadano permanece incapaz de interrogar al algoritmo.
El capital que no puede descargarse
Los modelos estarán al alcance de un número creciente de organizaciones. Eso no significa que todas sabrán utilizarlos.
Dos empresas pueden contratar la misma tecnología y obtener resultados radicalmente distintos. Una posee información ordenada, recuerda las razones de sus decisiones y sabe qué riesgos no está dispuesta a asumir. La otra conserva archivos dispersos, reglas contradictorias y conocimientos que desaparecerán cuando se retire la persona que los guarda en su memoria.
La diferencia entre ambas no está en el algoritmo. Está en el contexto.
El contexto es la memoria viva de una organización. Incluye sus experiencias, restricciones, compromisos, excepciones y fracasos. Permite comprender por qué una respuesta razonable en términos generales puede resultar absurda ante una circunstancia concreta. Ese conocimiento constituye un capital nuevo: el capital de contexto.
También existe su reverso. La deuda de contexto se acumula cuando nadie sabe cuál documento está vigente, las decisiones no explican sus fundamentos y la experiencia nunca se transforma en aprendizaje institucional.
La inteligencia artificial no corrige por sí sola esa deuda. Puede esconderla bajo una prosa impecable.
Antes de automatizar será necesario ordenar. Habrá que decidir qué información merece confianza, quién puede actualizarla y qué aspectos de la experiencia humana no caben en una base de datos. Una empresa puede comprar el mismo modelo que sus competidores. No puede descargar décadas de conocimiento, relaciones y errores comprendidos.
Para los Estados, la cuestión es todavía más profunda. Un gobierno sin memoria institucional puede repetir antiguos errores con una velocidad extraordinaria. La soberanía también dependerá de la capacidad de una sociedad para organizar lo que sabe de sí misma.
La nueva geografía del poder
El octavo continente ya tiene potencias, dependencias y territorios en disputa.
Quienes controlen los modelos, los datos y la capacidad de procesamiento ejercerán una influencia comparable a la que en otros momentos surgió del dominio de los mares, la energía o las finanzas. No necesitarán ocupar físicamente un país para condicionar la manera en que sus habitantes acceden al conocimiento y comprenden la realidad.
Así, puede aparecer una forma de colonialismo cognitivo. Una nación conservará su bandera, su Constitución y sus fronteras. Pero una parte creciente de sus decisiones podría depender de sistemas que no comprende, entrenados con prioridades ajenas y administrados desde centros de poder situados fuera de su alcance.
La soberanía algorítmica no exige que cada país fabrique todos sus componentes ni que se aísle de la innovación mundial. Significa conservar la capacidad de comprender la tecnología, auditar sus resultados, proteger información crítica y rechazar una recomendación cuando contradiga los intereses o valores de la sociedad.
La dependencia más peligrosa no consiste en utilizar una tecnología creada en otro lugar. Comienza cuando se pierde la capacidad intelectual de discutir lo que esa tecnología propone.
El funcionario que todavía debe responder
En el sector privado, una mala decisión puede destruir valor y afectar a trabajadores, clientes o accionistas. En el Estado, además, puede vulnerar derechos y profundizar desigualdades.
Un gobierno puede utilizar inteligencia artificial para detectar enfermedades, anticipar incendios, ordenar el tránsito o identificar necesidades sociales. Renunciar a esas capacidades también tendría un costo humano. Pero el poder público no puede justificar una decisión diciendo simplemente que el algoritmo la recomendó.
Todo ciudadano debería poder comprender por qué se le negó un beneficio, por qué quedó sometido a una inspección o por qué una decisión automatizada afectó sus oportunidades. Debería poder señalar una circunstancia que los datos no reflejan y ser escuchado por una persona con autoridad para corregir el resultado.
La inteligencia artificial puede asistir al funcionario. No puede reemplazar la legitimidad democrática ni el deber de fundamentar los actos del Estado.
Imaginemos el escenario contrario. La máquina recomienda. El funcionario firma. El proveedor invoca el secreto de su sistema. El ciudadano soporta las consecuencias.
En ese circuito, el poder está en todas partes y la responsabilidad en ninguna.
Ésa será una de las amenazas más serias del octavo continente: la posibilidad de que las decisiones continúen afectando a personas concretas mientras sus autores se vuelven invisibles.
El derecho a una decisión humana
Necesitamos reconocer un principio sencillo: toda decisión importante debe conservar un responsable humano identificable. Esto no supone renunciar a la asistencia algorítmica. Significa impedir que la responsabilidad se disuelva dentro de una cadena tecnológica.
Una decisión relevante debería poder reconstruirse. Deberíamos saber qué información recibió el sistema, qué supuestos utilizó, qué alternativas fueron consideradas, quién verificó el resultado y quién tenía autoridad para aceptarlo.
No todas las acciones requieren el mismo nivel de control. Sería absurdo someter una traducción o una lluvia de ideas a las mismas exigencias que una decisión médica, judicial, crediticia o militar. Las garantías deben guardar relación con las consecuencias.
A mayor poder de la máquina, mayor trazabilidad. A mayor riesgo para una persona, mayor derecho a una explicación. A mayor autonomía técnica, más clara debe ser la responsabilidad humana.
No se trata de levantar una muralla contra la innovación. Se trata de construir caminos transitables. La confianza no retrasa la adopción de una tecnología. Permite que esa adopción sobreviva a sus primeros errores.
Una alianza entre inteligencias
La humanidad no está obligada a elegir entre la aceptación ciega y el rechazo temeroso. Ambas posiciones expresan una renuncia: una abandona el juicio; la otra, el progreso.
La alternativa es una alianza. La inteligencia artificial puede aportar memoria, velocidad y una capacidad de cálculo fuera del alcance individual. Puede descubrir relaciones invisibles, anticipar riesgos y mostrarnos opciones que no habíamos considerado.
El ser humano debe conservar la finalidad.
La máquina puede estimar qué es probable. Nosotros debemos decidir qué es deseable. Puede identificar el camino más eficiente. Nosotros debemos preguntarnos si conduce a un lugar justo. Puede aprender de millones de decisiones anteriores. Nosotros conservamos la facultad de tomar una decisión que nunca antes fue tomada.
También debemos escuchar lo que la tecnología revela sobre nosotros. Un algoritmo sesgado puede exponer prejuicios presentes en los datos con los que una sociedad describió su propia historia. Su error no siempre será extraño a nuestra cultura. A veces funcionará como un espejo incómodo.
El desafío consistirá en corregir la máquina sin ignorar aquello que su falla nos enseña acerca de nosotros mismos.
La humanidad después del desembarco
Toda civilización termina pareciéndose, en alguna medida, a las herramientas que utiliza. El reloj organizó el tiempo industrial. El automóvil transformó las ciudades. La televisión modificó la política. Internet alteró nuestra atención y convirtió la distancia en una variable secundaria.
La inteligencia artificial influirá sobre la manera en que pensamos antes de actuar. No existe, sin embargo, un futuro algorítmico inevitable. Existen decisiones humanas que irán construyendo ese futuro.
La pregunta más importante no es si las máquinas llegarán a pensar como nosotros. Es si nosotros continuaremos pensando cuando las máquinas puedan hacerlo con nosotros.
Estamos desembarcando en el octavo continente. Todavía ignoramos muchas de sus fronteras y no alcanzamos a imaginar todas sus riquezas. Tampoco conocemos la dimensión final de sus peligros. Sabemos que no podremos permanecer fuera.
Habrá que explorarlo sin repetir la arrogancia de antiguas conquistas. Habrá que poblarlo con derechos antes de que sus imperios se vuelvan inexpugnables. Habrá que enseñar a los niños a dialogar con inteligencias artificiales sin entregarles el derecho a definir quiénes son. Y habrá que exigir a quienes gobiernan que nunca oculten una decisión humana detrás de la aparente neutralidad de una máquina.
La verdadera conquista no consistirá en dominar a la inteligencia artificial. Tampoco en someternos a ella. Consistirá en crear una convivencia capaz de ampliar nuestras posibilidades sin reducir nuestra libertad.
El algoritmo podrá ser el socio estratégico más poderoso de la vida humana. Nos ayudará a navegar el nuevo continente, pero no deberá elegir el destino. Esa responsabilidad seguirá siendo nuestra.
Cuando las respuestas se vuelvan infinitas, decidir con conciencia será la forma más escasa, más necesaria y más humana de inteligencia.
Referencias
Attali, Jacques. Le septième continent. 7 de agosto de 1997. Disponible en el sitio oficial de Jacques Attali: https://www.attali.com/economie-positive/le-septieme-continent/
Harari, Yuval Noah. Nexus. A Brief History of Information Networks from the Stone Age to AI. Londres, Fern Press, 2024.
Harari, Yuval Noah. Homo Deus. A Brief History of Tomorrow. Londres, Harvill Secker, 2016.
Perfil Redacción Córdoba. Argentina, a la conquista del séptimo continente. Perfil Córdoba, 26 de abril de 2025. https://www.perfil.com/noticias/cordoba/argentina-a-la-conquista-del-septimo-continente.phtml















