En mayo de este año, Donald Trump viajó a Beijing en una visita de Estado invitado por Xi Jinping. Cinco meses después, Xi llegó a Washington y Estados Unidos respondió con sus máximos honores. Detrás de las alfombras rojas, las cenas y las demostraciones de poder apareció una idea más profunda: las grandes potencias necesitan conocerse incluso cuando compiten. Deng Xiaoping lo entendió cuando quiso enviar estudiantes chinos a Estados Unidos. Xi propone ahora que 100.000 jóvenes estadounidenses conozcan China. Para un argentino, las imágenes evocan otra historia: las dos visitas de Estado de Carlos Menem a Washington, con George H. W. Bush y Bill Clinton, y una noche de 1999 en la que las palabras, la amistad y un tango terminaron diciendo más que el protocolo.
Donald Trump no esperó a Xi Jinping en la Casa Blanca. Fue al aeropuerto.
Era septiembre de 2026, cinco meses después de que él mismo hubiera viajado a Beijing. Cuando el avión presidencial chino llegó a la Joint Base Andrews, Trump y Melania aguardaban al pie de la escalerilla a Xi y a su esposa, Peng Liyuan.
Puede parecer un detalle, pero en Washington no lo es. Los presidentes estadounidenses reciben regularmente a mandatarios extranjeros; mucho menos habitual es que el presidente y la primera dama se desplacen personalmente hasta el aeropuerto para recibirlos.
Antes de que comenzara la primera conversación, Trump ya había enviado un mensaje. En diplomacia, los gestos tienen gramática.
De Beijing a Washington
Para entender aquella escena hay que retroceder cinco meses. En mayo, Trump había viajado a China por invitación de Xi para una visita de Estado. El estadounidense era entonces el huésped y Xi, el anfitrión.
Beijing desplegó su propio ceremonial imperial mientras los dos gobiernos discutían asuntos mucho menos ceremoniales: comercio, inversiones, cadenas de suministro, tecnología y una competencia estratégica que atraviesa desde los semiconductores hasta la inteligencia artificial.
Cinco meses después, los papeles se invirtieron. Estados Unidos respondió con el ceremonial de una visita de Estado: recepción, honores militares, reuniones presidenciales, conversaciones entre las delegaciones, actividades culturales y una cena en la Casa Blanca.
Sobre la residencia presidencial volaron un bombardero B-2 Spirit y cuatro F-22 Raptor, una combinación deliberada de hospitalidad y poder. Trump llevó personalmente a Xi a conocer Marine One y el nuevo helipuerto presidencial; los dos matrimonios compartieron además el té en el Red Room y visitaron los National Archives.
La cronología importa. En mayo, Trump estuvo en Beijing; en septiembre, Xi estaba en Washington. En menos de medio año, los presidentes de las dos mayores economías del mundo se habían recibido mutuamente con los máximos honores de sus respectivos Estados mientras sus países continuaban compitiendo.
No se visitaban porque sus diferencias hubieran desaparecido, sino porque eran demasiado importantes como para dejar de hablar.
El verdadero lujo de Washington
Una visita de Estado tiene bandas militares, flores, uniformes, porcelana histórica y una cena cuidadosamente preparada. Pero su recurso más valioso no aparece en las fotografías: es el tiempo.
Durante buena parte de tres días, la agenda del presidente y de la primera dama, los responsables de la política exterior y la seguridad nacional, diplomáticos, funcionarios y figuras relevantes de la economía, las finanzas, la tecnología y la cultura se concentra alrededor de un jefe de Estado extranjero.
Allí reside buena parte de su excepcionalidad. En una ciudad donde todos compiten por algunos minutos de atención presidencial, una visita de Estado reserva horas y días a una relación internacional.
Una mesa, un color y dos termos
Melania Trump había supervisado personalmente detalles de la cena. Predominaba el rojo, asociado en China con la fortuna, la felicidad y la prosperidad. Para el brindis se eligió incluso un vino espumante estadounidense que evocaba el acercamiento de Richard Nixon y Zhou Enlai durante la apertura hacia China de 1972.
Entre las flores, la porcelana presidencial y la cristalería aparecieron también dos objetos mucho más cotidianos. Xi y Peng tenían cerca pequeños recipientes térmicos, una imagen familiar para millones de chinos acostumbrados al té o al agua caliente durante las comidas. Dos pequeños termos en medio del ceremonial de la Casa Blanca podían parecer irrelevantes. También podían leerse como una definición elemental de hospitalidad: recibir al otro sin exigirle que deje completamente su cultura en la puerta.
Cuando una cantante escucha una canción
Peng Liyuan, la primera dama china, aportaba otra historia. Mucho antes de convertirse en primera dama había sido una de las cantantes líricas más conocidas de China.
Melania preparó para ambas una visita al Smithsonian National Museum of Asian Art, donde las esperaba un coro juvenil. Niños estadounidenses interpretaron música china frente a Peng, que escuchó y acompañó una de las melodías.
No había acuerdos que firmar ni aranceles que negociar. Era una escena cultural cuidadosamente construida, pero recordaba algo que la geopolítica tiende a olvidar: las relaciones entre países no existen únicamente entre gobiernos; existen también entre personas.
Un puente construido en Beijing
Entre los invitados a la cena se encontraban dirigentes de las finanzas, la tecnología y la inteligencia artificial. Uno de ellos era Stephen A. Schwarzman, cofundador y CEO de Blackstone, cuya presencia tenía una resonancia particular.
En 2013, Schwarzman creó junto con Tsinghua University, en Beijing, Schwarzman Scholars, un programa inspirado en las Rhodes Scholarships. Cada año, jóvenes de Estados Unidos, China y numerosos otros países viven y estudian juntos en Beijing, comparten residencia y aulas, viajan y mantienen encuentros con profesores, empresarios, diplomáticos y dirigentes internacionales.
El propósito no es conseguir que terminen pensando igual. Es permitir que, cuando vuelvan a encontrarse veinte años después en lados diferentes de una negociación empresarial, una universidad o una mesa diplomática, el otro haya dejado de ser una abstracción. Podrán defender intereses completamente distintos y discrepar profundamente, pero conocerán a la persona sentada enfrente. Tendrá un nombre, una historia y, en algunos casos, será un antiguo amigo.
Es una forma de infraestructura internacional que no aparece en los mapas porque no está construida con puertos, cables submarinos o satélites, sino con relaciones humanas.
La historia de los 100.000 estudiantes
Por eso, uno de los anuncios del presidente Xi merece particular atención: China ha invitado a 100.000 jóvenes estadounidenses en programas de estudio e intercambio durante cinco años. Frente a las discusiones sobre inteligencia artificial, comercio o seguridad, la cifra podría parecer secundaria. La historia sugiere lo contrario.
Hay que volver a 1978, cuando China comenzaba a abrirse al mundo y Washington y Beijing avanzaban hacia el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas.
Una madrugada sonó el teléfono en el dormitorio presidencial de la Casa Blanca. Jimmy Carter imaginó una emergencia, pero quien llamaba era Frank Press, su asesor presidencial de Ciencia y Tecnología, que se encontraba en China. Deng Xiaoping quería saber si Estados Unidos permitiría que 5.000 estudiantes chinos estudiaran en sus universidades.
Carter consideró que la respuesta era sencilla: «Tell him to send a hundred thousand». Dígale que mande cien mil.
La anécdota, relatada posteriormente por el propio Carter, encerraba una de las intuiciones centrales de la apertura china. Deng había comprendido que para modernizar China no alcanzaba con importar máquinas: había que importar conocimiento.
Deng descubre Estados Unidos
En enero de 1979, Deng llegó a Estados Unidos y no se limitó a Washington. Visitó Atlanta, Houston y Seattle, recorrió fábricas y centros tecnológicos y conoció algunas de las empresas que representaban el dinamismo industrial estadounidense. En Texas se puso un sombrero de cowboy. La fotografía recorrió el mundo y permitió a millones de estadounidenses observar algo que durante décadas había parecido improbable: un dirigente de la China comunista sonriendo bajo un enorme sombrero texano.
Pero una de las decisiones más trascendentes de aquella apertura produjo imágenes mucho menos espectaculares: enviar estudiantes.
Miles de jóvenes chinos comenzaron a llegar a universidades estadounidenses, donde aprendieron ciencia, ingeniería, administración y tecnología. Al mismo tiempo conocieron algo que ningún libro podía enseñarles completamente: Estados Unidos, con sus universidades y empresas, sus ciudades, sus virtudes y sus contradicciones.
Algunos permanecieron allí y muchos regresaron. Contribuyeron a formar generaciones de científicos, académicos, empresarios y funcionarios que entendían Occidente porque habían vivido en él.
Deng enviaba estudiantes, pero también estaba construyendo puentes.
El viaje en sentido contrario
Casi medio siglo después, la dirección parece invertirse. Deng quería que los chinos conocieran Estados Unidos; Xi quiere que los estadounidenses conozcan China.
No existe evidencia pública que permita afirmar que Xi haya escogido deliberadamente la cifra de 100.000 como referencia a aquella conversación entre Deng y Carter. Pero el paralelo resulta difícil de ignorar: la misma cifra y un viaje en la dirección contraria.
Un estudiante estadounidense que pasa meses en Beijing, Shanghái, Shenzhen o Hangzhou aprende mucho más que mandarín. Viaja en sus trenes, utiliza sus sistemas de pago, entra en sus universidades, conoce sus empresas y conversa con jóvenes chinos de su misma edad.
Dentro de veinte o treinta años, algunos de esos estudiantes serán científicos, empresarios, profesores, periodistas, diplomáticos o funcionarios. Cuando deban tomar decisiones sobre China tendrán algo que ningún informe puede proporcionarles: un recuerdo personal.
Otra fotografía de Washington
Para un argentino, las imágenes de estos días despiertan otra memoria.
Carlos Saúl Menem fue recibido dos veces en visita de Estado por Estados Unidos. La primera fue en noviembre de 1991, bajo la presidencia de George H. W. Bush.
Era otro mundo. La Guerra Fría terminaba, la Unión Soviética atravesaba sus últimas semanas y Estados Unidos emergía de aquel período como la potencia predominante del sistema internacional.
Argentina había redefinido profundamente su política exterior y Washington respondió elevando la relación. Menem fue recibido con los honores de una visita de Estado y durante aquel viaje protagonizó algo todavía menos frecuente: ingresó al Capitolio y habló ante una reunión conjunta del Congreso. La imagen tenía una fuerza institucional propia: un presidente argentino frente a ambas cámaras del Congreso de Estados Unidos.
Ocho años después
Menem regresó a Washington en enero de 1999. El presidente había cambiado, pero el tratamiento no: ahora lo esperaba Bill Clinton.
Integré la comitiva presidencial argentina en aquella segunda visita. Por eso, al observar las imágenes de Xi en Washington, vuelve a mi memoria algo que las fotografías no alcanzan a transmitir completamente: la extraordinaria concentración de tiempo y atención que acompaña a una visita de Estado.
Durante esos días, la Casa Blanca, el Departamento de Estado, funcionarios, diplomáticos, empresarios, reuniones y recepciones convergen alrededor de una relación bilateral.
Menem había experimentado aquello con Bush y, ocho años después, volvía a hacerlo con Clinton. Había además un dato significativo: Bush era republicano y Clinton, demócrata. La relación había atravesado un cambio de partido en la Casa Blanca.
Lo que Clinton dijo de Menem
Las palabras de Clinton fueron más allá de las fórmulas habituales. Habló de la asociación personal y nacional que ambos habían construido, recordó la cooperación argentina en el proceso de paz entre Ecuador y Perú y destacó la participación de argentinos en misiones internacionales.
Durante la cena buscó un registro diferente. Habló de Domingo Faustino Sarmiento y de su relación intelectual con Estados Unidos, describió a Argentina y Estados Unidos como sociedades construidas por inmigrantes y recordó que el hombre sentado junto a él, hijo de inmigrantes sirios, había llegado a la presidencia argentina.
Después recurrió a Borges: «Today is tomorrow and yesterday». Hoy es mañana y ayer.
“Mi querido amigo, Bill Clinton”
Luego llegó el turno de Menem. Clinton atravesaba uno de los momentos más delicados de su presidencia. La Cámara de Representantes había aprobado semanas antes dos artículos de impeachment derivados de sus declaraciones sobre Monica Lewinsky, la expasante de la Casa Blanca, y el juicio en el Senado ya estaba en marcha.
Menem podría haber evitado el tema. Eligió mencionarlo.
Comenzó llamando a su anfitrión «my dear friend, Bill Clinton» y habló de una relación entre Argentina y Estados Unidos que, dijo, no pertenecía solamente a dos gobiernos o a dos presidentes, sino a sus pueblos.
Después se dirigió directamente a Clinton y le expresó públicamente su solidaridad por el momento que atravesaba. Dijo que aquellas palabras provenían de lo profundo de sus sentimientos y agregó: «Your leadership is needed, Mr. President, all over the world». Su liderazgo, señor presidente, es necesario en todo el mundo.
La sala respondió con una ovación. Un presidente extranjero había decidido referirse públicamente a la crisis política que atravesaba su anfitrión, no mediante una fórmula protocolar, sino invocando una amistad personal. Un mes después, el Senado absolvería a Clinton.
Y entonces comenzó el tango
Terminada la cena, los invitados pasamos al East Room y, con los primeros acordes del tango, cambió el lenguaje de la noche.
Robert Duvall, el célebre actor estadounidense y apasionado por la cultura argentina, comenzó a bailar con su esposa argentina, Luciana Pedraza. Poco después, Menem invitó a Hillary Clinton. La primera dama aceptó y ambos comenzaron a bailar tango en la Casa Blanca.
Al día siguiente, aquella fotografía recorrió los diarios.
La imagen resumía algo que un comunicado diplomático difícilmente habría podido expresar. Minutos antes, Menem había llamado a Clinton «mi querido amigo» y le había manifestado públicamente su solidaridad; ahora la escena pasaba de las palabras a los gestos, mientras Duvall bailaba con su esposa argentina y el presidente argentino lo hacía con la primera dama de Estados Unidos.
Por unos minutos, el tango ocupó uno de los escenarios más simbólicos del poder estadounidense.
Casi tres décadas después, los niños estadounidenses cantando una melodía china frente a Peng Liyuan, el rojo elegido para la cena de Xi o los pequeños termos junto a las copas presidenciales pertenecen a la misma gramática.
La diplomacia está hecha de documentos y negociaciones. También está hecha de imágenes que sobreviven a ambos.
Dos visitas, dos administraciones
Las dimensiones de Argentina y China son incomparables, como lo son su peso económico, militar y estratégico. El paralelo está en otra parte: en el significado que Washington atribuye a una visita de Estado y, especialmente, a una segunda.
Xi había realizado una visita de Estado durante la presidencia de Barack Obama en 2015 y volvió a recibir ese tratamiento con Trump. Menem había sido recibido por Bush en 1991 y por Clinton en 1999.
Dos presidentes estadounidenses de partidos diferentes reservaron para un mismo presidente argentino el máximo ceremonial diplomático de Washington. En la primera visita, además, Menem habló ante el Congreso.
Las políticas exteriores de aquellos años, sus decisiones y sus consecuencias admiten distintas evaluaciones. El dato histórico permanece.
Antes de negociar, conocer
Una cena no resuelve una disputa estratégica, una canción no elimina un arancel, un tango no modifica un tratado y una amistad presidencial no sustituye los intereses nacionales. Tampoco 100.000 estudiantes terminarán con la competencia entre Estados Unidos y China.
La diplomacia nunca prometió eso.
Su función es conseguir que países con intereses diferentes puedan comprenderse lo suficiente para hablar, negociar y reducir el riesgo de errores que después resulten imposibles de corregir.
Deng lo comprendió cuando quiso enviar jóvenes chinos a Estados Unidos. Carter abrió las puertas. Schwarzman convirtió décadas después una idea semejante en una institución donde jóvenes chinos, estadounidenses y de otros países viven juntos en Beijing. Xi propone ahora recorrer el camino en sentido contrario, invitando a una nueva generación de estadounidenses a conocer China.
Clinton y Menem mostraron otra dimensión de esa misma diplomacia aquella noche de enero de 1999, cuando durante unos minutos el lenguaje de las relaciones internacionales dejó espacio al lenguaje personal.
Porque la diplomacia necesita poder, intereses e instituciones, pero necesita además algo que ninguna tecnología puede fabricar por sí sola: conocimiento del otro.
Significa escuchar una cultura diferente, reconocer sus símbolos y mantener abierto un diálogo aun cuando existen desacuerdos. Algunas veces significa también encontrar las palabras adecuadas cuando el otro atraviesa un momento difícil.
Quizá por eso, después de siglos de guerras, tratados, revoluciones y avances tecnológicos, las naciones todavía reciben a sus visitantes con ceremonias, comparten una mesa y envían a sus jóvenes a estudiar al otro lado del mundo.
Las grandes relaciones internacionales se construyen sobre intereses. Las que consiguen atravesar las crisis necesitan algo más: gestos que se recuerden, palabras que importen y personas que hayan aprendido a conocerse antes de tener que enfrentarse.
Este artículo se publicó en base a la nota de opinión de Germán Luis Kammerath en Reporte Asia.













