9 de julio: la coincidencia patria que unió el Día de la Independencia con el nacimiento de Mercedes Sosa, la voz del folklore y la música popular

La historia argentina cruza sus caminos en Tucumán: en la misma tierra donde en 1816 se firmó la emancipación nacional, nació en 1935 Mercedes Sosa, la máxima cantora popular. Un repaso por la trayectoria de “La Negra”, la artista que transformó el canto nativo en un sinónimo de identidad, resistencia y soberanía cultural.

Mercedes Sosa
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El calendario nacional guarda para el 9 de julio una sincronía perfecta entre la soberanía y la identidad cultural. Mientras se conmemora el Día de la Independencia tras la gesta histórica de 1816 en San Miguel de Tucumán, la memoria popular evoca también el nacimiento, en esa misma capital provincial pero en 1935, de Mercedes Sosa, quien con las décadas se erigió como la voz del folklore y la música popular.

Los primeros pasos de su trayectoria profesional se consolidaron a comienzos de la década de 1960 en Mendoza, donde junto a su esposo Manuel Oscar Matus y el poeta Armando Tejada Gómez dio vida al Movimiento del Nuevo Cancionero. Este manifiesto estético y social buscó renovar el folklore tradicional, integrando las realidades de las distintas regiones del país y superando las divisiones comerciales.

Mercedes Sosa
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La consagración definitiva llegó en la mítica plaza Próspero Molina durante el Festival de Cosquín de 1965. Allí, Jorge Cafrune desafió las imposiciones de la organización y la invitó al escenario para cantar Canción del derrumbe indio, revelando al país una voz con una afinación perfecta y un compromiso social inquebrantable.

A lo largo de los años 70, la obra de Mercedes Sosa se expandió con discos conceptuales emblemáticos como Mujeres argentinas y Cantata sudamericana, con composiciones de Ariel Ramírez y Félix Luna, y el fundamental Homenaje a Violeta Parra. Su repertorio se transformó en un refugio de la militancia y la resistencia ante el avance del autoritarismo en la región.

Su firme posicionamiento ético la convirtió en blanco de la censura de la última dictadura cívico-militar que duró desde 1976 a 1983 y prohibió la difusión de sus canciones en radio y televisión. Tras ser detenida en pleno recital en la ciudad de La Plata en 1978 junto a todo su público, la artista debió emprender el camino del exilio hacia Europa radicándose primero en París y luego en Madrid.

El regreso de “La Negra” a la Argentina en febrero de 1982 significó un hito político y cultural en los albores de la recuperación democrática. Sus trece shows consecutivos en el Teatro Ópera de Buenos Aires no solo marcaron el reencuentro con su pueblo, sino que funcionaron como un puente definitivo para la unificación de la música popular.

En aquellas noches históricas, Mercedes Sosa derribó las fronteras de los géneros musicales al subir al escenario a referentes del folklore como Raúl Barboza y el Chango Farías Gómez para combinarlos con figuras del rock nacional de la talla de Charly García y León Gieco, legitimando una estética de apertura histórica en la industria.

Mercedes Sosa
Mercedes Sosa

Internacionalmente, su figura trascendió los límites continentales y llevó el canto social a los escenarios más prestigiosos del mundo, como el Lincoln Center de Nueva York, el Théâtre de la Ville de París y el Coliseo de Roma. Su labor artística estuvo estrechamente ligada al activismo por los derechos humanos, lo que le valió el nombramiento como Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO para América Latina y el Caribe.

Su capacidad de escucha y renovación constante se mantuvo vigente hasta sus últimos meses coronando su discografía con los álbumes de duetos Cantora 1 y Cantora 2, donde unió su voz a la de las nuevas generaciones de artistas de toda Latinoamérica antes de su fallecimiento el 4 de octubre de 2009. Hoy, al celebrarse 210 años de la Declaración de la Independencia, la figura de Mercedes Sosa adquiere una vigencia fundamental en el tejido de la soberanía nacional.

La historia secreta de “Chacarera del Rancho”, el clásico que convirtió a Santiago del Estero en bandera del folklore

El corazón de Chacarera del Rancho está en su capacidad para volver universal una escena íntima. La canción no necesita grandes artificios: le alcanza con la imagen del rancho, la música hecha con lo que ofrece la tierra y la vida cotidiana convertida en celebración. Esa mirada sobre lo sencillo no es menor: expresa una forma de habitar el mundo muy asociada a la cultura santiagueña, donde el canto, la danza y la reunión comunitaria no son un adorno, sino parte de la vida misma. La chacarera, como expresión cultural, fue reconocida incluso dentro del patrimonio cultural inmaterial relevado por el Estado argentino en 2025, justamente por su valor identitario y por su transmisión entre generaciones.

Detrás de ese clásico aparece una figura clave: Adolfo Ábalos, uno de los nombres mayores del folklore argentino. Nacido el 14 de agosto de 1914, fue pianista, compositor, investigador y uno de los pioneros en incorporar el piano al folklore, además de ser reconocido por la Fundación Konex como autor de temas fundamentales, entre ellos Chacarera del Rancho. También fue el creador, compositor y director musical de Los Hermanos Ábalos, grupo esencial para entender la expansión nacional del folklore del noroeste.

Los Hermanos Ábalos Foto: Wikipedia

Para entender por qué Chacarera del Rancho se volvió tan poderosa, hay que mirar un poco más atrás. La chacarera no nació como una pieza aislada, sino como parte de una tradición muchísimo más amplia. Diversos estudios la ubican como una danza y un ritmo arraigados principalmente en Santiago del Estero, con una historia atravesada por cruces culturales entre herencias indígenas, africanas y europeas. Investigaciones académicas remarcan que las chacareras santiagueñas condensan sentidos, memorias y formas de conocimiento popular que cambian con el tiempo, pero conservan un núcleo identitario muy fuerte.

Ese trasfondo explica por qué la chacarera no es solo música para escuchar: también es baile, poesía, territorio y comunidad. Su permanencia no depende únicamente de los discos o de la industria cultural, sino de algo mucho más resistente: la transmisión oral, la fiesta popular, la peña, la familia, el patio y el encuentro. Allí es donde una obra como Chacarera del Rancho encuentra su verdadero lugar. No es casual que la canción siga presente en el repertorio de músicos y bailarines de distintas generaciones.