
Hace 800 años moría Francisco de Asís... Y hoy, ocho siglos después, su cuerpo vuelve a interpelar al mundo...
Murió al atardecer del 3 de octubre de 1226, en la Porciúncula, aquella pequeña capilla que él mismo había restaurado con sus manos, a pocos kilómetros de Asís, en Italia…
Tenía 44 años. Estaba casi ciego. Y su cuerpo llevaba las marcas de los estigmas que, según la tradición, le aparecieron en 1224 en el monte Alvernia…
Fue el primer hombre en la historia del cristianismo en llevar en su piel las llagas de Cristo... Pero, ¿quién era Francisco? Era hijo de Pietro Bernardone, el hombre más acaudalado de Asís, un poderoso mercader de telas. Joven de vida disipada, amante de la noche y de los banquetes, que soñaba con alcanzar la gloria de caballero. Partió a la guerra contra Perugia. Fue capturado y pasó un año prisionero. Y regresó transformado. Distinto para siempre.

En la soledad de la capilla de San Damián, escuchó una voz que le cambió el destino: “Francisco, repara mi casa”...
Y en 1206, protagonizó un gesto que nadie se había atrevido a realizar. Ante el obispo de Asís y frente a su propio padre, se despojó de sus vestiduras y renunció a toda herencia. Les dijo: “No quiero nada”.
Eligió la calle. Eligió la pobreza absoluta. Él mismo lo confesó en sus escritos: sentía repulsión por los leprosos. Los evitaba. Hasta que un día descendió de su caballo, se acercó y los abrazó. Besó sus llagas.
Aquel abrazo al rechazado se convirtió en la imagen definitiva de su existencia. Con doce compañeros, hombres soñadores y marginales, fundó la Orden de los Frailes Menores. Junto a Clara de Asís, su confidente espiritual, fundó la Orden de las Clarisas.

En plena época de las Cruzadas, cuando el mundo se desangraba en guerras santas, Francisco cruzó el frente de batalla para dialogar de paz con el sultán de Egipto...
Un acto de una audacia incomparable. Y casi ciego, en 1224, dictó el Cántico de las criaturas. “Hermano Sol, hermana Luna”. Considerado el primer gran poema en lengua italiana.
Ochocientos años antes de que la humanidad hablara de crisis ambiental, él ya nos enseñaba que la Tierra no nos pertenece. Que es nuestra hermana...
Murió cantando. Era tan venerado, que el papa Gregorio IX lo canonizó apenas dos años después, en 1228. Para evitar que su cuerpo fuera profanado o dividido en reliquias, lo ocultaron bajo el altar mayor de la Basílica de Asís. Permaneció perdido durante seis siglos, hasta que en 1818 fue hallado en excavaciones secretas.

Y ahora, ochocientos años después, acontece un hecho histórico. Ochocientos años han pasado. Imperios cayeron, guerras terminaron, papas cambiaron. Pero el gesto permanece.
En tiempos de grieta global, donde levantar muros parece más rentable que tender puentes, la propuesta de Francisco resulta subversiva: acercarse al postergado, al enfermo, al excluido, incluso al adversario.
No fue un teórico. Fue un testigo. Y su testimonio, ocho siglos después, sigue siendo una denuncia y una esperanza...

















