
La historia argentina está llena de imágenes poderosas sobre Eva Duarte de Perón, pero pocas resultan tan conmovedoras como las que conservó durante décadas María Eugenia Álvarez, la enfermera que acompañó a Evita durante la enfermedad que terminó con su vida el 26 de julio de 1952. Su testimonio, lejos del bronce y de los discursos oficiales, permite entrar en una escena profundamente humana: la de una mujer joven, debilitada por el cáncer, que seguía preocupada por los demás incluso cuando su cuerpo ya no resistía.
Álvarez tenía apenas 23 años cuando fue testigo del tramo final de la vida de Eva Perón. Había sido formada en enfermería desde muy joven y terminó integrando el círculo íntimo de cuidado de la primera dama, en una etapa en la que la residencia presidencial del Palacio Unzué, ubicada donde hoy se levanta la Biblioteca Nacional, se transformó prácticamente en una habitación de hospital.
El pequeño cuarto donde Evita quiso pasar sus últimos días
En sus últimos días, Evita fue trasladada a un vestidor cercano al dormitorio de Juan Domingo Perón. Según reconstruyó María Eugenia Álvarez, ella misma había pedido estar cerca de su marido, pero sin molestarlo. La habitación era pequeña, de paredes grises, con poco mobiliario y una única ventana. Allí, alejada de los grandes salones y de las multitudes que la veneraban, Eva transitó sus últimas horas con una fragilidad que contrastaba con la fuerza pública de la “abanderada de los humildes”.

La escena quedó grabada en la memoria de la enfermera. Cerca de las 11 de la mañana del 26 de julio de 1952, Evita habría pronunciado una de sus frases finales: “Me voy, la flaca se va, Evita se va a descansar”. Junto a Álvarez también estaba la mucama Hilda Cabrera de Ferrari, otra de las personas que escuchó aquellas palabras que luego se convertirían en parte del relato íntimo de la muerte de Eva Perón.
El pañuelo que guardó las últimas lágrimas de Eva Perón
Uno de los episodios más conmovedores que relató María Eugenia Álvarez fue el de las lágrimas de Evita. La enfermera contó que, al verla llorar, tomó un pañuelo que estaba debajo de la almohada y le secó el rostro. Pero en lugar de volver a colocarlo en su sitio, decidió guardarlo. Durante décadas lo conservó como una reliquia íntima de aquel momento, hasta que finalmente resolvió donarlo al Museo Evita.
Ese gesto no fue menor. En ese pañuelo, Álvarez no guardó solamente una tela, sino el peso de una despedida. La enfermera recordó que pensó que podían ser las últimas lágrimas de Eva. Y no se equivocó: horas más tarde, la situación se agravó de manera irreversible.
“Se durmió profundamente”: el momento en que Perón recibió la noticia
El testimonio de Álvarez también recuperó el instante en que debió acercarse a Juan Domingo Perón para avisarle que Evita estaba entrando en su final. Según contó en entrevistas posteriores, fue a ver al entonces presidente y le dijo: “Mi general, la señora se durmió profundamente. ¿Quiere venir usted a verla?”.

Perón entró a la habitación marcado por el dolor. La enfermera lo vio quebrarse como pocas veces alguien lo había visto. Años después, María Eugenia recordaría que Perón lloró profundamente, desbordado ante la muerte de la mujer que no solo había sido su esposa, sino también una figura central de su proyecto político y emocional.
La frase de Perón que quedó en la memoria de la enfermera
Entre todas las imágenes de aquella jornada, hubo una frase que María Eugenia Álvarez nunca olvidó. Según su recuerdo, Perón le confesó, entre lágrimas: “Ay, Eugenia, cómo me quedo solo”. Esa expresión, íntima y devastadora, mostró a un Perón distinto del líder de masas: un hombre enfrentado a la pérdida de su compañera.

La muerte de Eva Perón no fue solamente un acontecimiento político. Fue también una escena doméstica atravesada por el dolor, el silencio y la impotencia. La mujer que había movilizado multitudes, impulsado derechos sociales y construido una relación directa con los sectores más humildes del país murió con apenas 33 años, dejando una marca imborrable en la Argentina.
Evita, entre la enfermedad y la voluntad de seguir trabajando
María Eugenia Álvarez también destacó que, incluso enferma, Evita mantenía una enorme preocupación por su tarea social. Según su relato, seguía atenta a la Fundación Eva Perón, a las obras, a los pedidos de ayuda y a las necesidades de los sectores vulnerables. Esa imagen coincide con el perfil que ella misma construyó en vida: el de una dirigente que convirtió la asistencia social en una bandera política y personal.
La enfermera la describió como una mujer de carácter firme, pero también cercana y humilde. Recordó que Evita tenía un trato especial con las personas más necesitadas, que escuchaba, preguntaba y tomaba nota. En ese vínculo directo con “los humildes” se cimentó buena parte de su figura histórica.















