
Cada vez que ocurre un desastre natural (terremoto, una inundación, una ola de calor), el nombre HAARP vuelve a circular en redes sociales como explicación alternativa.
El programa estadounidense de investigación ionosférica se ha convertido en el centro de una teoría conspirativa global que lo acusa de ser un arma climática secreta, capaz de fabricar huracanes, provocar sismos y manipular temperaturas a voluntad. Organismos científicos de varios continentes, verificadores independientes y los propios responsables del proyecto coinciden en que esa capacidad no existe. Aun así, hay quienes creen que el Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia es responsable de que cruja la tierra o que se batan récords de temperatura.
La instalación, ubicada en Gakona, Alaska, a unos 12 kilómetros del pueblo del mismo nombre y rodeada de bosques al oeste de Anchorage, fue construida en la década de 1990 con financiamiento de la Fuerza Aérea y la Marina de los Estados Unidos.
Entre 1993 y 2014 estuvo bajo gestión militar. Desde 2015, la Universidad de Alaska Fairbanks (UAF) administra el proyecto, que opera sin carácter clasificado y publica información sobre sus actividades de investigación.
Su instrumento central es un conjunto de 180 antenas de alta frecuencia distribuidas en más de 13 hectáreas, con capacidad para irradiar 3,6 megavatios de energía hacia la atmósfera superior. Los científicos transmiten ondas de radio de alta frecuencia para mecer pequeñas regiones de la ionosfera —la capa de la atmósfera terrestre ubicada entre 60 y más de 500 kilómetros de altitud— y observar cómo responden las partículas eléctricamente cargadas. El objetivo declarado es mejorar el conocimiento sobre las comunicaciones por radio, la navegación satelital y el llamado “clima espacial”, un concepto distinto del clima terrestre.
El vínculo original con las Fuerzas Armadas estadounidenses alimentó desde el principio las sospechas sobre los verdaderos fines del programa.
La Fuerza Aérea y la Marina financiaron HAARP durante más de dos décadas, lo que llevó a sectores de la opinión pública a especular con que la investigación ionosférica era una cobertura para desarrollar tecnología de guerra climática. Esa narrativa encontró terreno fértil en una patente estadounidense de 1987, hoy vencida, que describía métodos teóricos para modificar la atmósfera.
Diversas publicaciones en redes sociales la presentaron como prueba de que HAARP tiene capacidad real para controlar el clima, pero el profesor de física de la Universidad de Harvard, David Keith, explicó a la agencia AFP que no existe evidencia de que la tecnología descrita en esa patente haya sido desarrollada, y que tanto HAARP como los conceptos de esa patente “serían efectivamente inútiles” para modificar el clima.
El propio sitio web de HAARP es explícito al respecto: “Las ondas de radio en los rangos de frecuencia que transmite HAARP no son absorbidas ni en la troposfera ni en la estratosfera, los dos niveles de la atmósfera que producen el clima de la Tierra. Al no haber interacción, no hay forma de controlar el clima”.
El patrón es recurrente. Tras los terremotos de Turquía en 2023, de Marruecos y Birmania, del huracán Milton en Estados Unidos, de la DANA que asoló la Comunidad Valenciana en octubre de 2024, y de los sismos de Venezuela y Colombia en 2026, las acusaciones contra HAARP volvieron a viralizarse.
En julio de 2026, durante una ola de calor extremo en Europa, publicaciones en inglés y en español difundidas en X afirmaban: “HAARP a máxima potencia. Mientras Europa sufre una ola de calor histórica, las antenas en Alaska están realizando pruebas en silencio en la ionosfera. ¿Coincidencia?”
La explicación técnica es consistente entre los especialistas consultados por distintos medios. Los fenómenos meteorológicos —olas de calor, tormentas, inundaciones— se forman en la troposfera, la capa más baja de la atmósfera. Los experimentos de HAARP operan en la ionosfera, situada a cientos de kilómetros sobre la superficie terrestre. Las ondas de radio que emite la instalación no interactúan con las capas inferiores donde se origina el tiempo atmosférico.
El astrofísico Alejandro Serrano Borlaff, investigador del Centro de Investigación Ames de la NASA, explicó que “HAARP es esencialmente una estación de radio muy potente, capaz de ‘calentar’ un poco pequeñas regiones de la ionosfera con antenas de radiofrecuencia de entre 2,8 y 10 megahertzios (MHz), cuando las radios comerciales emiten a unos 80-110 MHz”.
Sobre la posibilidad de provocar terremotos, el geofísico Dean Whitman, de la Universidad Internacional de Florida, calificó de “ridículas” esas hipótesis y afirmó con “absoluta certeza que existe cero fundamento físico para que las transmisiones de radiofrecuencia tengan efecto alguno en la ocurrencia de terremotos”. Whitman señaló que la energía liberada por un terremoto de gran magnitud es millones de veces superior a la capacidad total de las antenas de HAARP, y que el equipamiento del programa está orientado hacia la atmósfera superior, no hacia el interior de la Tierra donde se originan los sismos.
Frente a este bloque científico, existe una corriente de analistas y comunicadores que sostienen posiciones contrarias, aunque sin respaldo en publicaciones científicas revisadas por pares.
Quienes defienden estas teorías también argumentan que la propia existencia de investigación en geoingeniería —las técnicas para intentar modificar el clima con el fin de mitigar el calentamiento global— prueba que los gobiernos tienen capacidad de intervenir en el sistema climático.
Según los climatólogos consultados por Euronews, el calor extremo que afectó a Europa en el verano de 2026 se debió a un sistema persistente de altas presiones que atrapó aire caliente sobre el continente.
De hecho, el portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología de España (AEMET), Rubén del Campo, precisó que no existe evidencia científica de que las olas de calor puedan generarse de forma artificial, y que estos episodios son fenómenos meteorológicos producidos por la combinación natural de factores atmosféricos. Del Campo añadió que las actividades humanas sí han provocado un cambio climático que aumenta la frecuencia, duración, extensión e intensidad de los episodios de calor extremo.




















