
Debajo de la Casa Rosada no solo hay tierra y cimientos: todavía sobreviven restos del antiguo Fuerte de Buenos Aires, una tronera, depósitos subterráneos de la Real Hacienda y las galerías de la gigantesca Aduana de Taylor, construcciones que cuentan otra historia del poder en la Argentina. El solar donde hoy funciona la sede del Poder Ejecutivo fue, desde los tiempos coloniales, escenario de las sucesivas autoridades que gobernaron Buenos Aires y luego el país.
La escena impresiona incluso antes de entrar en los detalles: bajo uno de los edificios más fotografiados del país todavía laten capas enteras de la Buenos Aires colonial y portuaria. Lo que para millones es apenas la postal rosada de Plaza de Mayo, en realidad fue fortaleza, residencia virreinal, sede patria, aduana monumental y, más tarde, museo de restos rescatados del olvido.
Debajo de la Casa Rosada sobrevive una ciudad enterrada
Antes de que existiera la Casa Rosada tal como se la conoce hoy, el lugar fue ocupado por la Real Fortaleza de Don Juan Baltasar de Austria, levantada a fines del siglo XVI sobre la barranca que daba al Río de la Plata. La historia oficial señala que, tras la fundación de Buenos Aires en 1580, se avanzó primero con una zanja y terraplenes defensivos y luego, en 1595, con una construcción amurallada de 120 metros de lado, foso y puente levadizo.

Con el paso del tiempo, ese espacio se reforzó y en el siglo XVIII se consolidó como un fuerte de ladrillos que luego sería conocido como Castillo de San Miguel. Allí vivieron gobernadores y virreyes, y más tarde funcionaron también las autoridades de los gobiernos surgidos después de la Revolución de Mayo. En otras palabras: debajo de la Casa Rosada actual todavía descansa el corazón político de la colonia y de los primeros años de la Argentina independiente.
El 5 de junio de 1886 y el inicio del edificio que cambió la historia política argentina
La efeméride que inspira esta nota recuerda que la historia del edificio actual comenzó un 5 de junio de 1886, con la colocación de su piedra fundamental. En ese contexto, la década de 1880 aparece como la etapa decisiva para la forma definitiva del edificio. La historia oficial de la Casa Rosada explica que el proceso venía gestándose desde 1873, cuando se ordenó construir el edificio de Correos y Telégrafos, y que en 1886 ambos sectores quedaron unidos por el gran pórtico central que hoy mira a Plaza de Mayo. La inauguración oficial del conjunto edilicio llegaría en 1898, durante la segunda presidencia de Julio A. Roca.
Ese dato no es menor: la Casa Rosada no nació de una sola obra, sino de una superposición de edificios, reformas, demoliciones y decisiones políticas. Primero convivieron el viejo fuerte, luego la aduana, después el Palacio de Correos y finalmente la unificación arquitectónica diseñada por Francisco Tamburini, que le dio al frente su imagen más reconocible.
La fortaleza española que todavía resiste bajo tierra
Aunque gran parte del antiguo fuerte desapareció con las reformas del siglo XIX, todavía se conservan algunos muros, una tronera y recintos abovedados vinculados a los antiguos almacenes de la Real Hacienda. Estas estructuras se convirtieron con el tiempo en una de las claves arqueológicas del predio, porque permiten reconstruir cómo era la Buenos Aires que miraba de frente al río mucho antes de los rellenos costeros y del trazado moderno.
El hallazgo no fue casual. Durante excavaciones realizadas en 1942 en la intersección de Hipólito Yrigoyen y Paseo Colón aparecieron construcciones subterráneas que la Comisión Nacional de Monumentos identificó como parte de esos antiguos almacenes. A partir de allí comenzó un largo proceso de remoción de rellenos, restauración y puesta en valor que continuó en 1957 con la creación del Museo de la Casa de Gobierno, siguió en la década de 1980 y se profundizó desde 2009 con las obras para recuperar los restos del fuerte y la aduana.
La Aduana de Taylor, el coloso escondido que alguna vez miró al río
Si el fuerte representa la etapa defensiva y colonial, la Aduana Nueva o de Taylor expresa la ambición comercial de Buenos Aires en el siglo XIX. Diseñada por el arquitecto inglés Eduardo Taylor, comenzó a levantarse en 1855 junto a la parte posterior del fuerte y orientada hacia el río. Según la historia oficial, fue uno de los primeros grandes edificios públicos del joven Estado porteño y tuvo una escala descomunal para su tiempo.
La Aduana tenía forma semicircular, cinco pisos de depósitos, 51 almacenes abovedados, un gran Patio de Maniobras y una torre central con reloj y faro. Desde ese cuerpo central partía un muelle de unos 300 metros, pensado para la carga y descarga de mercaderías de navíos de mayor calado. Además, el conjunto contaba con rampas laterales por donde ingresaban carros con productos, en una escena que resume como pocas el vínculo de Buenos Aires con el comercio exterior.
Su destino también fue el entierro. La documentación oficial del Museo Casa Rosada indica que la aduana operó durante varias décadas y luego fue demolida para dar paso a nuevas obras portuarias y urbanas; buena parte de su base quedó sepultada bajo el actual entorno de Plaza Colón y del museo. Un trabajo académico sobre el proyecto del Museo del Bicentenario remarca, además, que el sector es una de las áreas de mayor densidad histórico-arqueológica de la Ciudad de Buenos Aires.
Por qué la Casa Rosada es mucho más que una postal
La Casa Rosada suele resumirse en su color, su balcón y su centralidad política. Pero su verdadero valor también está en lo que guarda debajo. El sitio conserva la memoria física de la ciudad colonial, del circuito comercial del siglo XIX y del proceso por el cual Buenos Aires se convirtió en capital política y símbolo del poder estatal.
Por eso, cuando se habla de la Casa Rosada, no se habla solo de una fachada. Se habla de capas de historia superpuestas: el fuerte que defendía la ciudad, la residencia de virreyes y presidentes, la aduana que recibió mercancías del mundo y el edificio que terminó de tomar forma en la década de 1880. Debajo del rosa más famoso de la política argentina, todavía respira otra Buenos Aires: más antigua, más áspera y, quizá, más fascinante.
















