
A simple vista, el Parque Lezama puede parecer un paseo más de Buenos Aires: árboles altos, senderos, bancos, familias, ferias y vecinos que cruzan el verde con la naturalidad de quien atraviesa una postal cotidiana. Pero bajo esa calma hay una historia mucho más intensa. En esas barrancas, donde hoy se mezclan turistas, artistas callejeros y vecinos de San Telmo, algunos historiadores ubican el lugar donde Pedro de Mendoza habría realizado la primera fundación de Buenos Aires en 1536.
El dato no es menor: si esa hipótesis es correcta, el Parque Lezama no sería simplemente uno de los espacios verdes más tradicionales de la Ciudad, sino el escenario donde comenzó la primera versión de Buenos Aires, aquella que se llamó Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre. Sin embargo, la historia no es tan lineal. Diversas investigaciones arqueológicas pusieron en duda la ubicación exacta del asentamiento original, por lo que el parque quedó envuelto en una mezcla irresistible de certeza, misterio y leyenda.
La barranca que alguna vez miraba directo al Río de la Plata
Hoy cuesta imaginarlo, pero la geografía porteña era muy distinta. El actual Parque Lezama se encuentra sobre una de las antiguas barrancas naturales que daban al Río de la Plata, antes de que la ciudad ganara tierras y modificara para siempre su vínculo con el agua.
Esa pendiente, que todavía se percibe hacia Paseo Colón y Martín García, es una de las claves de su encanto. Buenos Aires es una ciudad mayormente plana, por eso el Lezama tiene algo raro, casi escenográfico: subidas, bajadas, miradores naturales y senderos que parecen diseñados para esconder historias detrás de cada curva.
Antes de convertirse en paseo público, la zona tuvo usos muy distintos. Durante la época colonial funcionaron allí hornos de ladrillos, depósitos de esclavos, almacenes de cuero y espacios vinculados al comercio de mercaderías. La historia del parque, entonces, no es solo bella: también es incómoda, profunda y atravesada por las sombras de la Buenos Aires colonial.
De la “Quinta de los Ingleses” a una de las mansiones más lujosas de la Ciudad
En el siglo XIX, el predio comenzó a transformarse en una zona de quintas. Uno de sus propietarios fue Daniel Mackinlay, comerciante de origen británico, quien instaló allí una residencia y dio lugar al nombre popular de “Quinta de los Ingleses”.
Más tarde, la propiedad pasó a manos de Charles Ridgley Horne, un norteamericano vinculado a la elite porteña y cercano a Juan Manuel de Rosas. Horne amplió la casona y convirtió el lugar en una de las residencias más suntuosas de Buenos Aires. Pero la caída de Rosas cambió su destino: tras la derrota en Caseros, la situación política de Horne se volvió complicada y terminó dejando el país.
Gregorio Lezama, el hombre que convirtió una quinta en un jardín soñado
El gran giro llegó en 1857, cuando José Gregorio de Lezama, un poderoso comerciante y hacendado salteño, compró la propiedad. Lezama no solo amplió la casona, sino que transformó el terreno en un jardín privado de lujo, con especies exóticas, esculturas, senderos, escalinatas, maceteros ornamentales y una composición paisajística que buscaba impresionar.
Entre las especies mencionadas por fuentes oficiales aparecen magnolias, camelias, arrayanes, plátanos, olmos, acacias, fresnos americanos y otras variedades que reforzaban el carácter botánico del lugar. En una Buenos Aires que crecía rápido, su quinta funcionaba como refugio aristocrático y demostración de poder social.
Pero el Lezama también fue escenario de tragedias sanitarias. Durante la epidemia de cólera de 1858 y la fiebre amarilla de 1871, la casona y sus alrededores fueron utilizados como espacio de aislamiento y asistencia para enfermos.
El nacimiento del parque público y la huella de Carlos Thays
Tras la muerte de Gregorio Lezama, su viuda, Ángela Álzaga, vendió la quinta a la Municipalidad en 1894 con una condición clave: que el predio se convirtiera en paseo público y llevara el nombre de su marido.
Luego apareció un nombre esencial para la identidad verde de Buenos Aires: Carlos Thays. El paisajista francés, responsable de marcar buena parte de la fisonomía de parques y plazas porteñas, intervino en la remodelación del espacio. Thays fue director de Parques y Paseos de la Ciudad desde 1891 hasta 1913, y su influencia alcanzó a gran parte de los espacios verdes porteños.
A fines del siglo XIX, el Museo Histórico Nacional se instaló en la antigua casona de Lezama. Hoy, ese edificio es uno de los grandes atractivos del parque y conserva piezas centrales de la historia argentina, entre ellas objetos vinculados a San Martín, Belgrano, Güemes y la Revolución de Mayo.
Duelos, monumentos y una Buenos Aires que cambió para siempre
El Parque Lezama también fue escenario de episodios violentos. En 1814, en la zona conocida entonces como La Residencia, se produjo el duelo entre Luis Carrera y John McKenna, que terminó con la muerte de este último.
Con el tiempo, el parque sumó monumentos que reforzaron su carácter histórico. En la esquina de Brasil y Defensa se levanta el monumento a Pedro de Mendoza, construido en el marco de las conmemoraciones por el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires. También se destaca el Monumento a la Cordialidad Internacional, conocido como la Confraternidad Argentino-Uruguaya, donado por Uruguay a la Ciudad.
El Parque Lezama en la literatura, el cine y la memoria popular
Pocos espacios porteños tienen tanta presencia cultural. Ernesto Sabato eligió al Parque Lezama como escenario inicial de Sobre héroes y tumbas, una de las novelas más importantes de la literatura argentina. Jorge Luis Borges también lo caminó y lo convirtió en parte de su geografía sentimental durante su relación con Estela Canto.
El parque, además, volvió a ganar presencia popular por su vínculo con el cine y la ficción contemporánea, especialmente tras la adaptación de Parque Lezama, dirigida por Juan José Campanella. Así, el lugar sigue funcionando como escenario vivo: histórico, literario, barrial y cinematográfico.

















