
La imagen de José de San Martín suele estar vinculada con las grandes batallas, los uniformes y el histórico Cruce de los Andes. Sin embargo, detrás del Libertador existió un hombre que deseaba alejarse de la vida pública y pasar sus últimos años trabajando la tierra.
Ese proyecto comenzó a tomar forma en octubre de 1816, cuando solicitó al Cabildo de Mendoza la cesión de 50 cuadras de terreno en Los Barriales, una zona ubicada al este de la capital provincial. Su intención era instalarse allí cuando concluyeran las campañas libertadoras de Chile y Perú.
El pedido sorprendió a las autoridades por su modestia. Como reconocimiento, resolvieron concederle otras 200 cuadras a nombre de Mercedes Tomasa, su hija. San Martín, no obstante, propuso que esas tierras adicionales fueran destinadas a los soldados que se destacaran durante la campaña independentista.
La chacra de Mendoza en la que San Martín imaginó su retiro
Los terrenos se encontraban en una región baja y parcialmente anegadiza. Lejos de ser un campo listo para producir, el lugar necesitaba agua, caminos y obras de acondicionamiento.
San Martín le encargó al agrimensor chileno José Herrera que realizara la mensura de la propiedad y proyectara una acequia. El objetivo era llevar agua hasta los campos, mejorar las condiciones del suelo y favorecer la llegada de nuevos pobladores.

Aquella iniciativa también contribuyó al crecimiento del asentamiento que tiempo después sería conocido como Villa Nueva de San Martín.
En noviembre de 1816, Herrera tomó posesión de la propiedad en nombre del Libertador. Para entonces, San Martín se encontraba terminando de organizar el Ejército de los Andes, que iniciaría el cruce de la cordillera en enero de 1817.
La chacra no era solamente una recompensa por sus servicios. Representaba el futuro que imaginaba después de la guerra, lejos de los enfrentamientos políticos que dividían a las Provincias Unidas.
El proyecto agrícola y la decisión solidaria del Libertador
Debido a sus responsabilidades militares, San Martín no podía ocuparse personalmente del establecimiento. Por esa razón, en 1818 firmó un contrato de explotación con Pedro Advíncula Moyano, quien debía administrar y cuidar los terrenos durante ocho años.
Según el acuerdo, las ganancias obtenidas, una vez descontados los gastos de producción, serían repartidas entre ambos. Sin embargo, durante sus primeros años, la propiedad no consiguió alcanzar los resultados que el general esperaba.

San Martín también tomó una decisión que reveló el sentido social que pretendía darle al campo. Dispuso que una tercera parte de sus productos fuera destinada al Hospital de Mujeres de Mendoza y al sostenimiento de un vacunador, encargado de recorrer la provincia para combatir la viruela.
La medida muestra una faceta poco difundida del prócer. No consideraba la tierra únicamente como un beneficio personal, sino también como una herramienta para financiar servicios sanitarios y favorecer el crecimiento de la región que había acompañado la preparación del Ejército de los Andes.
“La Tebaida”, el refugio con el que soñaba San Martín
El Libertador mandó construir una vivienda en la propiedad y la llamó “La Tebaida”, en referencia a los antiguos lugares de retiro y contemplación. Allí esperaba vivir como un hombre de campo, alejado de los cargos públicos y de las disputas políticas.
Después de la campaña del Perú y del encuentro de Guayaquil con Simón Bolívar, San Martín regresó a Mendoza. Permaneció en la zona durante varios meses de 1823, cuando tenía 45 años y su carrera militar estaba prácticamente terminada.

Sin embargo, los acontecimientos políticos y familiares le impidieron establecerse definitivamente. Tras viajar a Buenos Aires, partió hacia Europa en 1824 junto con Mercedes.
Aun desde el otro lado del Atlántico, siguió recordando su propiedad. En una carta enviada en 1825 a su amigo Bernardo O’Higgins, expresó el deseo de volver a América y terminar sus días en su chacra, apartado de cualquier función pública.
Qué ocurrió con las tierras después de su muerte
El sueño del retiro rural nunca pudo concretarse. San Martín permaneció en Europa y murió el 17 de agosto de 1850, en la localidad francesa de Boulogne-sur-Mer.
En 1871, su yerno, Mariano Balcarce, encargó la venta de las tierras. El dinero obtenido fue destinado a la construcción de un hospital para inválidos en Buenos Aires.
Con el paso del tiempo, una parte de la propiedad quedó en manos de la municipalidad. En el lugar se levantó una réplica de la vivienda sanmartiniana, conocida como Las Bóvedas, declarada sitio histórico en 1941.
La historia de la chacra permite descubrir a un San Martín diferente del héroe representado en monumentos y billetes. Fue un militar que soñó con convertirse en agricultor, un gobernante interesado en las obras de riego y un hombre cansado de la exposición pública.
Aunque nunca logró retirarse allí definitivamente, la propiedad quedó como testimonio de su aspiración más íntima: cambiar el ruido de las armas por la tranquilidad del campo y terminar sus días cultivando la tierra que había elegido como hogar.



















