El “bosque del océano”: así las ballenas eliminan dioxido de carbono y ayudan a combatir el cambio climático
Cada ballena puede almacenar hasta 33 toneladas de C02 a lo largo de su vida, una cifra comparable a lo que capturan aproximadamente 1.500 árboles maduros. Este mecanismo convierte a los cetáceos en sumideros de carbono de largo plazo.

Durante décadas, el debate sobre el cambio climático se concentró en las emisiones, los combustibles fósiles y las políticas internacionales. Sin embargo, lejos de la superficie y sin protagonismo mediático, los océanos albergan un sistema natural de regulación climática tan eficaz como inesperado: las ballenas. Estos gigantes marinos no solo son símbolos de biodiversidad, sino también aliados clave en la captura de carbono y la producción de oxígeno a escala planetaria.
Ballenas y captura de carbono: por qué son claves contra el cambio climático
Según datos difundidos por la organización Ballenas.org, cada ballena puede almacenar hasta 33 toneladas de dióxido de carbono a lo largo de su vida, una cifra comparable a lo que capturan aproximadamente 1.500 árboles maduros. Este carbono queda fuera del ciclo atmosférico incluso después de la muerte del animal: cuando una ballena muere, su cuerpo se hunde hasta el fondo marino en un proceso conocido como whale fall, sellando ese carbono durante siglos.

Este mecanismo convierte a los cetáceos en sumideros de carbono de largo plazo, una función clave en la lucha contra el calentamiento global. Pero su aporte no termina ahí. Como explica la ONG Submon, las ballenas también activan la llamada “bomba biológica”, fertilizando el océano con nutrientes como hierro y nitrógeno presentes en sus excrementos.
Este proceso estimula el crecimiento del fitoplancton, microorganismos responsables de producir entre el 40% y 50% del oxígeno del planeta y capturar miles de millones de toneladas de CO2 cada año. En otras palabras, las ballenas no solo almacenan carbono: también potencian uno de los sistemas naturales más importantes para absorberlo.
Cómo las ballenas impulsan la productividad oceánica y regulan el clima
El océano absorbe cerca del 25% del dióxido de carbono generado por la actividad humana y más del 50% del exceso de calor del sistema climático. En este contexto, las ballenas actúan como verdaderas ingenieras ecosistémicas, amplificando la capacidad del planeta para autorregularse.

La investigación de Joe Roman y James J. McCarthy destaca su rol en el transporte vertical y horizontal de nutrientes: al alimentarse en profundidad y liberar desechos en la superficie, redistribuyen elementos esenciales que sostienen la productividad marina.
Sin embargo, este equilibrio fue profundamente alterado durante el siglo XX. La caza industrial redujo drásticamente las poblaciones de ballenas, lo que implicó no solo una pérdida de biodiversidad, sino también una disminución significativa en la captura de carbono y en la fertilidad oceánica. En términos climáticos, la desaparición de estos animales debilitó uno de los sistemas naturales más eficientes para mitigar el calentamiento global.

Hoy, la recuperación de las poblaciones de ballenas aparece como una oportunidad concreta. Incrementar su número podría reactivar estos procesos biológicos y multiplicar la captura de carbono sin necesidad de nuevas tecnologías: una solución basada en la naturaleza, de alcance global y costo prácticamente nulo.
Golfo San Matías: el rol de las ballenas en la captura de carbono en Argentina
Este fenómeno global tiene una expresión directa en la Argentina. El Golfo San Matías es un área clave para especies como la ballena franca austral, cuya presencia no solo tiene valor ecológico, sino también climático. De acuerdo con Ballenas.org, estas poblaciones contribuyen a la fertilización del fitoplancton local y, por lo tanto, a la captura de carbono en la región.

No obstante, este equilibrio enfrenta amenazas. La organización Mar Patagónico advierte que proyectos de expansión hidrocarburífera podrían afectar gravemente a estos cetáceos. El ruido submarino, la contaminación y el aumento del tráfico marítimo alteran su comportamiento, interfieren en su reproducción y ponen en riesgo su supervivencia.
El impacto potencial va más allá de la biodiversidad: reducir la presencia de ballenas en zonas productivas como el Golfo San Matías equivale, en términos climáticos, a eliminar un bosque entero del océano. En un escenario donde cada tonelada de CO2 cuenta, proteger a estos gigantes marinos deja de ser solo una cuestión ambiental para convertirse en una decisión estratégica frente al cambio climático.


















