
Devolver el carrito del supermercado después de cargar las bolsas puede parecer apenas una cuestión de orden. Sin embargo, esa escena cotidiana forma parte de algo más amplio: las personas observan constantemente qué hacen los demás y utilizan esas señales para interpretar qué conductas son habituales o aceptadas en un determinado lugar. Por eso, un estacionamiento lleno de carritos abandonados no transmite el mismo mensaje que uno ordenado.
La evidencia más concreta surgió de un experimento realizado en Países Bajos y publicado en 2008 en la revista científica Science. Los investigadores Kees Keizer, Siegwart Lindenberg y Linda Steg estudiaron cómo las señales de desorden podían influir sobre otras conductas que en principio no tenían relación entre sí.
Uno de los experimentos se realizó en el estacionamiento de un supermercado y un club deportivo. El lugar tenía una norma clara: después de cargar las compras, los clientes debían devolver los carritos. En algunas jornadas, el estacionamiento permanecía ordenado y sin carritos abandonados. En otras, los investigadores dejaron cuatro carritos sin devolver, de manera visible y deliberada.

Después colocaron un folleto debajo del limpiaparabrisas de los autos estacionados. La pregunta era si las personas que regresaban a sus vehículos lo tirarían al piso o lo depositarían de manera correcta.
El resultado fue llamativo: cuando el estacionamiento estaba libre de carritos abandonados, el 30% de los participantes arrojó el folleto al suelo. En cambio, cuando había cuatro carritos fuera de lugar, la proporción subió al 58%. La diferencia fue estadísticamente significativa.
El experimento no demuestra que una persona que devuelve su carrito vaya a conseguir que otra haga exactamente lo mismo. La conclusión es más precisa: las señales visibles del entorno pueden modificar la manera en que las personas interpretan las normas sociales.

Si alguien llega a un estacionamiento y encuentra todo ordenado, puede recibir una señal de que existe una determinada expectativa de comportamiento: los carritos se devuelven, los espacios se respetan y el lugar se mantiene cuidado. Si por el contrario encuentra varios carritos abandonados, esa misma norma puede parecer menos importante o menos respetada.
La psicología social distingue entre normas descriptivas, que indican lo que las personas suelen hacer, y normas prescriptivas o injuntivas, que señalan lo que se considera que debería hacerse. Distintos experimentos encontraron que ambas pueden influir sobre las decisiones, especialmente cuando la norma queda visible o se vuelve relevante para la persona.
Un trabajo de revisión publicado en Current Opinion in Psychology también concluyó que las normas sociales influyen de manera importante sobre las conductas prosociales. En términos sencillos, observar qué hacen los demás puede ayudar a establecer una expectativa sobre cómo comportarse en determinadas situaciones.
¿Devolver el carrito puede generar un efecto en los demás?
Sí, pero de manera indirecta y no automática. La evidencia disponible permite afirmar que mantener un espacio ordenado puede contribuir a hacer más visible una norma de comportamiento, mientras que la presencia de señales de desorden puede favorecer que otras personas interpreten que determinadas reglas tienen menor peso.
Eso convierte al carrito en algo más interesante que un simple objeto abandonado en un estacionamiento. Forma parte del paisaje social que las personas utilizan para interpretar qué hacen los demás y qué se espera de ellas.
De hecho, la investigación de Keizer, Lindenberg y Steg mostró que el efecto podía trasladarse a conductas completamente diferentes. En sus experimentos, observar una violación de una norma aumentó la probabilidad de que los participantes violaran otra norma distinta, un fenómeno que los investigadores describieron como propagación del desorden.
La famosa “teoría del carrito” tiene una salvedad: cuál es
En los últimos años se popularizó en redes sociales la llamada “Shopping Cart Theory”, según la cual devolver o no devolver un carrito permitiría determinar si una persona es responsable, empática o capaz de actuar correctamente sin que nadie la controle.
Pero esa afirmación va mucho más allá de lo que demuestra la investigación científica. Una publicación de EatingWell que consultó a especialistas en psicología señala que no existe evidencia científica que permita utilizar el comportamiento con un carrito como una prueba de personalidad. Una decisión aislada puede estar condicionada por el contexto, el apuro, la presencia de chicos, las condiciones climáticas, cuestiones de movilidad o incluso la distancia hasta el lugar destinado para dejar los carritos.

Por eso, devolver el carrito no permite sacar una conclusión definitiva sobre cómo es una persona. Lo que sí puede estudiarse es algo diferente: cómo las pequeñas conductas que quedan a la vista de los demás ayudan a construir y reforzar las normas de convivencia.
Es por eso que la próxima vez que alguien empuje el carrito hasta su lugar antes de irse, el efecto más interesante quizá no esté en quién es esa persona, sino en el mensaje que deja en el espacio que comparte con los demás: cuando el entorno muestra que una norma se cumple, esa norma se vuelve más visible.
















