
En el interior de la provincia de Buenos Aires, lejos del movimiento de las ciudades y rodeado por la inmensidad del paisaje rural, existe un pueblo cuya historia comenzó con la llegada del ferrocarril. Se trata de Claraz, una localidad del partido de Necochea que conserva el legado de sus fundadores y el nombre de un explorador europeo.
Sus calles tranquilas, las construcciones y los vestigios ferroviarios mantienen viva la memoria de una época en la que los trenes cambiaban el destino de comunidades. Aunque posee una población, Claraz tiene una historia atravesada por pioneros, científicos, tierras heredadas y proyectos de urbanización.
Según el Censo 2010, la localidad tenía 639 habitantes, frente a los 733 registrados en 2001. Más allá de las cifras, este rincón bonaerense guarda una identidad y una conexión con Suiza.
La llegada del ferrocarril que dio origen a Claraz
Para comprender su nacimiento hay que retroceder hasta comienzos del siglo XX. En 1908, la construcción de la línea ferroviaria entre Gardey y Cooper, estación denominada posteriormente Deferrari, impulsó la instalación de una parada en estas tierras.

La estación recibió el nombre de Claraz en homenaje al naturalista suizo Jorge Claraz. Su aparición resultó clave: por aquellas vías circulaban pasajeros, correspondencia, cereales, ganado y productos procedentes de los establecimientos rurales.
Alrededor de la estación comenzaron a instalarse trabajadores, comerciantes y familias. Así, el tren dejó de ser un medio de transporte para convertirse en el punto de partida de una nueva comunidad.
La fundación de un pueblo proyectado para crecer
Las tierras habían sido concedidas durante la administración de Bernardino Rivadavia. Con el tiempo quedaron en manos de descendientes de sus primeros propietarios y fueron transferidas a Delia Alvear de Ocampo y su esposo, Narciso M. Ocampo.
El 5 de mayo de 1909, Narciso Ocampo, en representación de su mujer, solicitó autorización para trazar el pueblo. La aprobación oficial llegó el 26 de julio de 1909, fecha adoptada como aniversario local, mientras que la fundación se concretó el 8 de diciembre de aquel año.

El diseño estuvo a cargo de Emilio Codet e incluía 103 manzanas, 500 solares, 42 quintas y 32 chacras. La magnitud del proyecto reflejaba las expectativas de crecimiento existentes en torno al ferrocarril y a la producción agropecuaria.
En el lugar ya se encontraba la vivienda de la familia Ocampo, construida sobre una manzana completa. El establecimiento poseía un chalet, una casa para el encargado, un parque, un molino de agua y una arboleda con pinos y palmeras.
Quién fue Jorge Claraz, el científico detrás del nombre
Jorge Claraz, también conocido como Georges Claraz, nació en Friburgo, Suiza, el 18 de mayo de 1832. Tras viajar a Brasil, llegó a la Argentina en 1859 y se estableció inicialmente en Entre Ríos.
Desde 1861 exploró territorios de Buenos Aires, La Pampa y el norte de la Patagonia. Entre 1865 y 1866 realizó una de las primeras expediciones científicas por la región comprendida entre los ríos Negro y Chubut.

Acompañado por guías indígenas, registró información sobre flora, fauna, caminos y costumbres. Además, elaboró un diccionario pampa-castellano con más de 900 significados y otro de mapudungun-castellano con más de un centenar de términos.
El naturalista regresó a Suiza en 1882 y murió en Lugano el 6 de septiembre de 1930, a los 98 años. Sus apuntes, publicados décadas después, se convirtieron en documentos de valor para reconstruir la geografía y la historia del norte patagónico.
Un pequeño pueblo con una historia enorme
Actualmente, Claraz conserva instituciones esenciales, entre ellas un jardín de infantes, una escuela primaria, una secundaria y una unidad sanitaria. Su antigua estación, sus calles silenciosas y sus construcciones funcionan como testimonios del tiempo en que el ferrocarril representaba progreso, comunicación y oportunidades.
Este pueblo demuestra que una localidad no necesita miles de habitantes para sostener una identidad poderosa. A más de 115 años de su fundación, Claraz mantiene vivo el recuerdo de quienes imaginaron una comunidad alrededor de las vías y del explorador cuyo apellido terminó convertido en un punto del mapa argentino.



















