
La vida de Maricé Ramírez cambió con una idea que apareció en la pantalla de una computadora. Mientras estudiaba Contaduría en Venezuela, vio la conferencia de dos viajeros argentinos que relataban cómo habían recorrido Sudamérica a dedo. Aquella charla despertó una certeza que ya no la abandonaría: ella también quería conocer el continente mochila al hombro.
De Venezuela a Sudamérica: el inicio de una travesía mochilera de cuatro años
El sueño tardó en concretarse. La crisis económica venezolana y la pandemia retrasaron sus planes, pero también le dieron tiempo para prepararse. Ahorró dinero, reunió el equipo necesario para viajar y terminó la carrera universitaria. Finalmente, a los 26 años, partió con 2.500 dólares en el bolsillo, una mochila cargada de expectativas y la compañía de su madre durante las primeras dos semanas en Colombia. Después siguió sola.
Hoy tiene 30 años y acumula cuatro años de viaje por Colombia, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Sin itinerarios rígidos ni fechas de regreso, fue construyendo una experiencia marcada por los encuentros, la adaptación y el aprendizaje constante.

Los desafíos, tareas y aprendizajes de completar 30 voluntariados
Para sostener económicamente un viaje tan largo, Maricé encontró una herramienta clave: los voluntariados. A lo largo de su recorrido realizó 30 intercambios en distintos puntos de Sudamérica, principalmente en hostales.
Las tareas fueron variadas. Trabajó en recepción, limpieza, organización de eventos, como bartender y también como creadora de contenido. A cambio, recibía alojamiento y, en muchos casos, alimentación. Las jornadas solían demandar entre cuatro y seis horas diarias.
“Si quiero pasar un mes en un lugar, me parece que el voluntariado es una de las mejores opciones”, explicó Ramírez, en diálogo con Río Negro. Más allá del ahorro económico, la modalidad le permitió integrarse a las comunidades locales, generar amistades y conocer cada destino desde una perspectiva diferente a la del turismo tradicional.

Sin embargo, no todas las experiencias fueron perfectas. Después de tres decenas de intercambios, aprendió que algunos anfitriones confunden el espíritu colaborativo del voluntariado con una relación laboral encubierta: “Hay lugares donde no entienden que estás haciendo un voluntariado y que no es un trabajo remunerado. Te quieren tratar como si fueras un empleado”.
Con el tiempo desarrolló la capacidad de identificar esas situaciones antes de aceptar una propuesta. Para encontrar oportunidades utiliza principalmente la plataforma Worldpackers, aunque muchas veces las recomendaciones de otros viajeros terminaron resultando igual o más valiosas.
El flechazo con El Chaltén: su llegada y conexión inmediata con la Patagonia
Entre todos los lugares que conoció, ninguno la marcó tanto como El Chaltén. Su llegada ocurrió por recomendación de otro viajero que había conocido en Ushuaia y que le aseguró que aquel rincón de Santa Cruz era especial.

“Cuando llegué, apenas puse un pie ahí sentí una conexión inmediata”, recordó. Lo que iba a ser una visita breve terminó transformándose en una estadía de cuatro meses. Consiguió trabajo rápidamente y encontró una combinación perfecta entre empleo, naturaleza y vida de pueblo.
Después continuó viaje por la Patagonia, recorriendo rutas a dedo, visitando parques nacionales y sumando anécdotas, como la vez que un camionero le permitió conducir su vehículo durante unos minutos antes de quedar varados por una avería mecánica.
Aunque durante el recorrido enfrentó situaciones difíciles, entre ellas el acoso de un hombre en Perú y experiencias incómodas en algunos voluntariados, asegura que las buenas personas fueron una constante en el camino. “Fue muchísima más la gente buena que la mala que me he encontrado. A la gente mala la puedo contar con los dedos de una mano”, remarcó.
Tras regresar temporalmente a Venezuela para reencontrarse con su familia, volvió a Argentina y eligió instalarse nuevamente en El Chaltén, donde hoy trabaja durante la temporada turística. Allí, en medio de montañas y senderos, encontró algo que no esperaba cuando partió cuatro años atrás: un lugar al que siempre quiere volver.




















