
Frente a donde hoy late una de las zonas más reconocibles de Caballito, en la esquina de Av. Rivadavia y el actual pasaje Florencio Balcarce, alguna vez se levantó una residencia fastuosa, rodeada de jardines, fuentes y esculturas. Se llamó Palacio Videla Dorna, fue construido en 1886 y, aunque parecía destinado a convertirse en un emblema permanente del barrio, sus dueños apenas lo habitaron durante tres años.
La mansión de Caballito que nació en tiempos de quintas y carruajes
Para entender la magnitud del Palacio Videla Dorna hay que imaginar otro Caballito. A fines del siglo XIX, el barrio todavía conservaba el aire de zona de quintas y descanso de familias acomodadas, con grandes terrenos sobre la actual avenida Rivadavia y con la histórica quinta de los Lezica en las inmediaciones del lugar donde más tarde nacería el Parque Rivadavia. En ese paisaje de transición entre lo rural y lo urbano, la familia Videla Dorna levantó una de las residencias más impactantes del oeste porteño.
La propiedad estaba en Av. Rivadavia 4929, sobre terrenos vinculados a la familia de Herminda, o Herminda/Eminda, según distintas referencias, Duportal, esposa de Gervasio Videla Dorna. De acuerdo con reconstrucciones históricas del barrio, la obra fue impulsada por Emilio Duportal y se convirtió rápidamente en una postal del antiguo Caballito, con una estética ecléctica de resonancias europeas, amplias galerías y un extenso entorno verde que ocupaba buena parte de la manzana.
Por qué el Palacio Videla Dorna fue habitado solo tres años
Ese es uno de los grandes misterios de la historia del edificio. A pesar del lujo, de su ubicación privilegiada y de la inversión que demandó, la familia Videla Dorna lo habitó por un período muy breve: apenas tres años. Después de ese corto lapso, la residencia fue alquilada y nunca volvió a funcionar como hogar estable de sus propietarios. Las razones exactas no están del todo documentadas, y justamente esa falta de certezas es una de las claves de su leyenda.

Gervasio Videla Dorna no era un nombre menor en la Buenos Aires de la época. Fue jurisconsulto, político y hacendado, con trayectoria en la vida pública y financiera del país. Su residencia, entonces, no era una casa más: era un símbolo de posición social en una ciudad que comenzaba a mirar a Europa como modelo arquitectónico y cultural. Tal vez por eso, el dato de que el palacio haya sido disfrutado tan poco tiempo resulta todavía más llamativo.
La etapa menos conocida: cuando el palacio se convirtió en Escuela Naval
En 1899, el edificio inició una nueva vida. El Estado alquiló el palacio para instalar allí la Escuela Naval Militar, que funcionó en esa mansión durante una década, hasta 1909, cuando la institución se trasladó a Río Santiago, en la provincia de Buenos Aires. Lejos del brillo doméstico con el que había sido concebido, el caserón pasó a ser escenario de formación militar y académica para varias camadas de cadetes.

Según las reconstrucciones históricas del barrio, el edificio llegó a tener sala de física, de química, gimnasio, sala de esgrima, museo, biblioteca, talleres de imprenta y encuadernación, además de amplios espacios exteriores donde se realizaban prácticas. Incluso, una curiosidad poco conocida indica que algunos cadetes iban a entrenarse en el entonces arroyo Maldonado, hoy convertido en la avenida Juan B. Justo. El palacio, pensado para la vida aristocrática, terminó adaptado a un uso completamente distinto.
Del esplendor a la demolición: cómo nació el pasaje Florencio Balcarce
La historia del Palacio Videla Dorna no terminó con la Escuela Naval. Años después también funcionó allí el Instituto Susini, que, según registros oficiales de la Ciudad, desarrolló sus actividades en el llamado Palacio Videla Dorna entre 1922 y 1928. Para entonces, Caballito ya estaba cambiando: avanzaban los loteos, aparecían los edificios de renta y el barrio dejaba atrás su perfil de quintas señoriales.
Con el correr del tiempo, la mansión fue demolida en la década de 1920 y sus tierras se subdividieron en lotes. De ese proceso surgió un pequeño pasaje que primero llevó el nombre de Videla Dorna, luego fue rebautizado como África y finalmente, en 1945, adoptó su nombre actual: Florencio Balcarce, a partir de una iniciativa vinculada al escritor Rafael Alberto Arrieta. El barrio cambió de forma, pero no perdió del todo la memoria de aquello que había estado allí.
La leyenda del primer delivery porteño nació a una cuadra del antiguo palacio
Y ahí aparece la otra gran curiosidad de la zona, una de esas historias que mezclan gastronomía, literatura y vida cotidiana porteña. En el edificio de Florencio Balcarce 15, muy cerca del lugar donde había estado el palacio, vivió en el quinto piso el escritor Conrado Nalé Roxlo. En la planta baja hubo durante décadas un café; hoy, ese rincón es conocido como El Coleccionista, un bar notable de Caballito recordado justamente por esa tradición cultural del entorno.

De acuerdo con la versión reconstruida por historiadores y cronistas del barrio, Nalé Roxlo y sus hijas observaban con largavistas o telescopios las tortas exhibidas en la sucursal de La Ideal, ubicada en Rivadavia y José María Moreno. Elegían la que más les tentaba, llamaban por teléfono y pedían que se la enviaran a su casa. Así, según la leyenda urbana más repetida sobre la zona, habría nacido una de las primeras formas de delivery en Buenos Aires, mucho antes de las apps y de los repartidores en bicicleta.
Qué queda hoy del Palacio Videla Dorna en la memoria de Caballito
Del palacio no quedó la arquitectura, pero sí la huella. Quedó en los relatos barriales, en las investigaciones históricas, en el trazado del pasaje, en la memoria del antiguo café y en esa fascinación porteña por los edificios desaparecidos que todavía parecen resistirse al olvido. Caballito, que hoy es sinónimo de movimiento, gastronomía y vida urbana intensa, fue también escenario de mansiones, escuelas militares, escritores y pequeñas escenas fundacionales de la modernidad cotidiana.
Por eso la historia de Av. Rivadavia 4929 no es solo la de una residencia demolida. Es, en realidad, la historia de cómo Buenos Aires fue cambiando de piel: de las quintas aristocráticas al barrio consolidado, del palacio al pasaje, del carruaje al teléfono, y de una torta pedida desde un balcón al universo del delivery que hoy parece inseparable de la vida en la ciudad. A veces, para entender cómo se transforma Buenos Aires, alcanza con mirar una esquina.
















