
Durante décadas, millones de argentinos repitieron el mismo ritual: cargar el auto, salir de madrugada, parar por medialunas y mirar los carteles verdes que anuncian cada vez más cerca la llegada al mar. Pero detrás de ese viaje tan familiar hay una historia mucho más profunda. La Ruta 2, hoy conocida como Autovía 2 o Autovía Juan Manuel Fangio, no es solo una vía que une Buenos Aires con Mar del Plata: es una pieza clave en la transformación del turismo, la movilidad y la cultura popular argentina. Desde su inauguración en 1938, este corredor vial se convirtió en uno de los caminos turísticos más emblemáticos del país.
Antes de la Ruta 2: viajar a Mar del Plata era una aventura
Mucho antes de que existiera el asfalto, llegar desde Buenos Aires hasta Mar del Plata era una travesía difícil, larga y reservada para pocos. A comienzos del siglo XX, los automovilistas debían enlazar huellas rurales, caminos de tierra, pasos precarios y zonas que se volvían intransitables con la lluvia. En 1925, una caravana de turistas en auto demoró casi dos días para completar el recorrido entre Buenos Aires y el balneario marplatense.
En aquellos años, el Automóvil Club Argentino fue clave para ordenar una experiencia que todavía tenía mucho de expedición. La entidad instaló señales, casillas camineras y puntos de asistencia, además de organizar desde 1927 servicios de “coches piloto” para guiar a los viajeros en caravana. La autonomía de los vehículos era limitada y las pinchaduras o desperfectos mecánicos eran parte habitual del viaje.
El tren, el primer gran protagonista del turismo marplatense
Antes de que la Ruta 2 transformara la forma de viajar, el ferrocarril había sido el gran impulsor de Mar del Plata como destino turístico. El primer tren llegó a la ciudad en 1886, un hecho que marcó un antes y un después para una villa balnearia que comenzaba a consolidarse como lugar de descanso de las familias acomodadas de Buenos Aires.
El recorrido ferroviario de unos 404 kilómetros podía demandar cerca de diez horas, pero para la época era considerado un viaje de confort. Los primeros servicios estaban asociados a un turismo aristocrático, con vagones elegantes y hasta comodidades pensadas para quienes trasladaban caballos. Con el paso del tiempo, ese modelo se fue ampliando y Mar del Plata comenzó a recibir a sectores medios, especialmente desde las décadas de 1930 y 1940.
1938: el año en que nació el camino moderno al mar
El gran salto llegó en 1938. Ese año quedó inaugurada la pavimentación total de la entonces Ruta Nacional 2, una obra considerada fundamental para conectar Buenos Aires con Mar del Plata de manera más rápida, directa y segura. El camino completo fue habilitado oficialmente el 5 de octubre de 1938, durante la presidencia de Agustín P. Justo, en coincidencia con el Día del Camino.
La obra no solo mejoró el viaje: cambió la relación de los argentinos con el verano. La ruta pavimentada permitió que el automóvil ganara protagonismo frente al tren. En la temporada 1935-1936, solo un 18% de los viajeros llegaba a Mar del Plata en auto; para la temporada 1940-1941, esa proporción ya superaba el 50%. La Ruta 2 inauguró así una nueva era: la del turismo sobre ruedas.
De camino de elite a símbolo popular
La Ruta 2 acompañó una transformación social de enorme impacto. Mar del Plata dejó de ser únicamente un destino de elite y se convirtió, con el tiempo, en el gran balneario popular argentino. El crecimiento del parque automotor, las vacaciones pagas, la expansión de la clase media y la mejora de la infraestructura acercaron el mar a miles de familias.

El camino también empezó a construir sus propios mitos. Parar en Chascomús, Dolores o en alguna estación de servicio se volvió parte del viaje. Lugares como Atalaya, célebre por sus medialunas desde 1942, se transformaron en referencias afectivas para generaciones de turistas. Para muchos, el verano no empezaba al ver el mar, sino al hacer la primera parada sobre la ruta.
Accidentes, curvas peligrosas y el reclamo por una autovía
Con el crecimiento del tránsito, la vieja Ruta 2 empezó a mostrar sus límites. Durante décadas fue una ruta de doble mano, directa y veloz, pero cada vez más exigida por el volumen de autos, camiones y micros. Entre los años 60 y 80, el parque automotor argentino creció con fuerza y la infraestructura vial quedó atrasada frente a esa nueva realidad.
Ese contraste convirtió a varios tramos en zonas de riesgo. Las vacaciones podían mezclarse con demoras, maniobras peligrosas y accidentes. La necesidad de transformar el corredor en una vía más segura se volvió un reclamo persistente, especialmente por tratarse de una de las rutas con mayor caudal de tránsito en temporada estival.
De Ruta Nacional a Autovía 2
En 1990, la vieja Ruta Nacional 2 pasó a la jurisdicción de la provincia de Buenos Aires y luego avanzó su transformación en autovía. Hoy se la conoce como Ruta Provincial 2, Autovía 2 o Autovía Juan Manuel Fangio, y se extiende desde la zona de Juan María Gutiérrez hasta Mar del Plata, siguiendo el trazado histórico del camino original.
La actual traza tiene unos 370 kilómetros entre el kilómetro 34 y el 404, cuenta con peajes, estaciones de servicio y servicios de asistencia, y sigue siendo una de las vías más transitadas del país durante el verano. Su importancia no se limita a Mar del Plata: también funciona como puerta de acceso a otros destinos de la Costa Atlántica bonaerense.
Una ruta grabada en la memoria argentina
La historia de la Ruta 2 es, en realidad, la historia de cómo cambió la forma de vacacionar en la Argentina. Primero fue el tren, luego el auto, después la autovía. Pero el deseo fue siempre el mismo: llegar al mar. En sus curvas, estaciones, paradores y peajes se mezclan recuerdos familiares, postales de verano y capítulos centrales de la modernización del país.
Por eso, cada temporada, cuando miles de autos vuelven a tomar el mismo camino hacia la costa, la Ruta 2 demuestra que no es solo una carretera. Es un símbolo nacional. Un corredor de historias, promesas de descanso y memoria colectiva que sigue uniendo a Buenos Aires con el mar, casi noventa años después de haber cambiado para siempre las vacaciones argentinas.

















