
Hay tragedias que no quedan encerradas en los libros de historia. Permanecen en las calles, en la memoria familiar, en las fotos en blanco y negro y en las cicatrices de una ciudad que tuvo que aprender a levantarse desde el polvo. Eso ocurrió en San Juan el 15 de enero de 1944, cuando un terremoto convirtió una noche de verano en uno de los capítulos más dolorosos de la historia argentina.
El sismo tuvo epicentro en la zona de La Laja, departamento Albardón, a unos 20 kilómetros de la capital provincial, y es considerado la mayor catástrofe natural registrada en el país por su impacto humano y material.
La noche en que San Juan se apagó
Eran cerca de las 20.52 cuando la tierra empezó a moverse con una violencia imposible de imaginar. En cuestión de segundos, viviendas, iglesias, edificios públicos y comercios quedaron reducidos a escombros. Las estimaciones históricas ubican la magnitud del terremoto en torno a 7,4 o 7,5, con una intensidad destructiva de grado IX en la escala Mercalli modificada.

La ciudad no estaba preparada para semejante golpe. Buena parte de las construcciones eran de adobe, ladrillo macizo y techos pesados, sin criterios antisísmicos ni refuerzos capaces de resistir un movimiento de esa intensidad. Por eso, la tragedia no fue solo natural: también fue urbana, social y estructural.
El saldo fue estremecedor. Las cifras varían según las fuentes, pero los registros más difundidos hablan de alrededor de 10.000 muertos, miles de heridos y una ciudad prácticamente arrasada. El INPRES señala que el terremoto de San Juan de 1944 representa, por su cantidad de víctimas, la mayor catástrofe de toda la historia argentina.
Lluvia, frío, calor y una emergencia sin precedentes
Como si la destrucción inicial no hubiera sido suficiente, después del sismo llegaron nuevas dificultades. En las horas posteriores comenzó una intensa lluvia, luego se sumó el frío y más tarde el calor de enero agravó la situación sanitaria. La presencia de cuerpos bajo los escombros, las heridas sin atención inmediata y la falta de servicios básicos volvieron urgente la organización de tareas de rescate, asistencia médica y medidas para evitar enfermedades.

Los testimonios de sobrevivientes reflejan una escena de desesperación: familias buscando a sus seres queridos, vecinos removiendo paredes caídas con las manos, niños durmiendo bajo carros improvisados como refugio y heridos trasladados como se podía hacia Mendoza y otras zonas cercanas.
En medio del caos, también apareció una imagen que quedó grabada en la memoria colectiva: la solidaridad de miles de argentinos. Desde distintas provincias se enviaron alimentos, ropa, medicamentos, médicos, enfermeros y voluntarios. San Juan estaba destruida, pero no estaba sola.
El antecedente: Mendoza ya había vivido su propio infierno
San Juan no fue el único golpe sísmico que marcó a la Argentina. El 20 de marzo de 1861, Mendoza sufrió otro terremoto histórico que destruyó la ciudad colonial y dejó miles de víctimas. Según el INPRES, aquel sismo fue porcentualmente el más destructivo de la historia argentina, ya que provocó unos 6.000 muertos sobre una población estimada en 18.000 habitantes.
En Mendoza, además del derrumbe de edificios, se desataron incendios que se extendieron durante días. La tragedia obligó a repensar la ubicación y el diseño urbano de la capital provincial, que comenzó a reconstruirse con calles más amplias, plazas y espacios abiertos pensados también como resguardo ante futuros sismos.
Ese dato vuelve todavía más impactante la historia sísmica argentina: Mendoza fue la advertencia, San Juan fue la confirmación brutal de que el país necesitaba una política seria de prevención.
Por qué San Juan cambió la historia de la prevención sísmica
El terremoto de 1944 dejó una enseñanza brutal: no alcanza con saber que una zona es sísmica, también hay que construir y planificar en consecuencia. Después de la catástrofe, el Estado nacional impulsó organismos y medidas vinculadas a la reconstrucción de San Juan, con códigos de edificación, controles técnicos y normas orientadas a la construcción antisísmica.

Ese proceso fue clave para el desarrollo institucional de la prevención sísmica en el país. Con el tiempo, derivó en nuevas estructuras técnicas hasta llegar a la creación del Instituto Nacional de Prevención Sísmica, INPRES, en 1972, organismo dedicado al estudio de la sismología y la ingeniería sismorresistente.
La tragedia también dejó una certeza que todavía sigue vigente: los terremotos no se pueden evitar, pero sus consecuencias sí pueden reducirse. La diferencia está en la planificación urbana, la calidad de las construcciones, la educación ciudadana y la respuesta ante la emergencia.
Las zonas de mayor riesgo sísmico en Argentina
Aunque muchas veces se piensa que los terremotos son un problema lejano, la Argentina tiene regiones con actividad sísmica significativa. El INPRES indica que la mayor parte de la actividad se concentra en el centro oeste y noroeste del país, especialmente en áreas vinculadas a la Cordillera de los Andes.
San Juan y Mendoza forman parte de las zonas más sensibles por su historia y ubicación geológica. También hay antecedentes importantes en Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja, Córdoba y otras provincias, con registros históricos que se remontan al siglo XVII.
Entre los eventos históricos más recordados aparecen el terremoto de Salta de 1692, que destruyó el pueblo de Esteco; el de Mendoza de 1861, por su enorme proporción de víctimas; y el de San Juan de 1944, por su impacto nacional y por haber cambiado para siempre la forma de pensar la prevención.















