
A simple vista, Marcos Paz parece ofrecer la postal clásica de muchos pueblos bonaerenses: calles tranquilas, aire de campo, ritmo pausado y una cercanía ideal para quienes buscan escapar del ruido de la Ciudad. Sin embargo, a unos 70 kilómetros de CABA, detrás de una arboleda que parece esconder un secreto, aparece uno de los lugares más singulares de la provincia: la Colonia Ricardo Gutiérrez, un predio histórico que muchos comparan con una campiña galesa del siglo XIX.
La sorpresa empieza antes de llegar. El camino rural, la vegetación espesa y las construcciones antiguas preparan una escena que no parece pertenecer a la llanura pampeana. Allí, entre casonas de ladrillo, techos inclinados, galerías, pabellones y senderos cubiertos por árboles añosos, el visitante tiene la sensación de haber cruzado una frontera invisible. De un lado queda la vida moderna; del otro, una historia de más de un siglo que mezcla arquitectura, educación, políticas públicas, abandono, memoria y recuperación.
La historia de la Colonia Ricardo Gutiérrez: de estancia a institución nacional
El origen del lugar se remonta a comienzos del siglo XX, cuando el Estado argentino compró parte de la antigua cabaña “La Laura”, una propiedad vinculada a la familia Bosch. En octubre de 1903 se firmó el boleto de compraventa por un predio que incluía casco principal, edificios, parques, bosques, sembrados, alambrados y una pequeña usina, con una superficie de unas 702 hectáreas.

El 12 de octubre de 1904 abrió sus puertas allí la Colonia de Reforma de Menores Varones, pensada para alojar a chicos en situación de abandono, desamparo o conflicto con la ley. En sus primeros años dependió del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública y estuvo bajo la órbita del Patronato Nacional de Menores.
Con el paso del tiempo, el nombre y el proyecto institucional cambiaron. En 1915 pasó a llamarse Colonia Nacional de Menores Varones y, en 1924, durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear, recibió la denominación de Colonia Hogar Ricardo Gutiérrez, en homenaje a una figura vinculada con la protección de la infancia.
Un modelo educativo que llegó a llamar la atención fuera del país
La historia de este predio no se limita a sus edificios imponentes. Durante una etapa, la Colonia fue pensada como un modelo de organización basado en trabajo, educación, oficios, actividades rurales y vida comunitaria. Bajo la dirección de José Amatuzzo, se impulsó un sistema de casas-hogares que reemplazó progresivamente la lógica de grandes pabellones por espacios más reducidos, con grupos de aproximadamente 30 niños.

La institución llegó a contar con sectores de ganadería, agricultura, industria y oficios. También funcionaron talleres de carpintería, herrería, zapatería, imprenta, alfarería, escobería, mosaicos, mecánica y panadería, además de huertas, tambos, colmenares, criaderos y espacios destinados a la formación escolar.
Ese sistema buscaba que los jóvenes aprendieran tareas útiles para su futuro, aunque la mirada actual sobre este tipo de instituciones también obliga a revisar sus tensiones, sus límites y sus zonas más oscuras. La propia historia del lugar atravesó etapas de esplendor, crisis, abandono, reorganización y refuncionalización, como señalan investigaciones dedicadas a reconstruir la memoria de la Colonia.
Arquitectura europea, árboles centenarios y un paisaje inesperado
Uno de los grandes atractivos de la Colonia Ricardo Gutiérrez es su estética. Sus construcciones no responden al imaginario típico de los cascos de estancia bonaerenses. En cambio, aparecen edificios con aire europeo, techos pronunciados, ladrillo visto, chimeneas, galerías, pabellones y detalles que remiten a una postal británica o galesa.

El contraste es poderoso: en medio del paisaje pampeano, el visitante encuentra un conjunto arquitectónico que parece pensado para otro clima, otra época y otro continente. La vegetación terminó de construir esa atmósfera. Los árboles crecieron alrededor de las calles internas y formaron túneles verdes que potencian la sensación de misterio.
Entre los espacios históricos más recordados figuran el casco de La Laura, la capilla inaugurada en 1937, el edificio de huéspedes, el hospital Rawson, las antiguas casas-hogares y el cine teatro, que llegó a tener una capacidad cercana a las 600 personas según registros históricos del predio.
El lado oscuro: leyendas, reformatorio y memoria bonaerense
Como ocurre con muchos lugares cargados de historia, la Colonia Ricardo Gutiérrez también arrastra relatos inquietantes. Durante décadas funcionó como institución destinada a menores, con momentos en los que predominó una lógica disciplinaria dura, cercana al reformatorio. Los primeros pabellones fueron descriptos como espacios numerosos, con dormitorios, comedores, patios y sectores de encierro.
Esa doble cara, la belleza arquitectónica por un lado y las marcas de una institución compleja por el otro, alimentó el interés de historiadores, vecinos, fotógrafos y curiosos. No se trata solo de un lugar “lindo para visitar”, sino de un sitio donde se puede leer una parte profunda de la historia argentina: cómo el Estado pensó la infancia vulnerable, cómo cambió la idea de asistencia social y qué huellas dejó ese proceso en edificios, archivos y memorias personales.
Cómo llegar desde CABA y por qué vale la pena conocerlo
Para llegar desde la Ciudad de Buenos Aires, una de las opciones más directas es tomar el Acceso Oeste hasta la zona de Moreno y luego continuar hacia Marcos Paz por la Ruta Provincial 40. El predio se encuentra en el área de Acceso Zabala, en un entorno rural que potencia la experiencia de escapada.
Antes de ir, conviene consultar con turismo local o con los canales oficiales del espacio, ya que no todos los sectores están habilitados al público y algunas visitas se realizan con horarios o recorridos guiados. La recomendación es clave porque parte de la Colonia conserva valor patrimonial y otras zonas pueden estar restringidas por seguridad o conservación.
La Colonia Ricardo Gutiérrez no es una escapada más. Es un lugar que combina paisaje, arquitectura, misterio e historia argentina. A pocos kilómetros de CABA, ofrece una experiencia distinta: caminar entre árboles centenarios, ver edificios que parecen de otro país y descubrir que, detrás de cada pared antigua, todavía late una historia que Buenos Aires no debería olvidar.



















