
La noche del 23 de agosto de 1873, Buenos Aires estuvo a segundos de convertirse en el escenario de un magnicidio. En la esquina de Corrientes y Maipú, tres hombres esperaban el paso del carruaje de Domingo Faustino Sarmiento con una misión precisa: matar al presidente de la Nación, a Domingo Faustino Sarmiento.
Los atacantes tenían trabucos, puñales y proyectiles preparados con sustancias tóxicas. Sin embargo, un error inesperado provocó que una de las armas explotara antes de completar el ataque. Aquella falla salvó la vida del mandatario y dejó uno de los episodios más sorprendentes de la historia argentina.
Una Argentina atravesada por rebeliones y disputas de poder
Sarmiento gobernaba desde el 12 de octubre de 1868. Su presidencia formó parte del difícil proceso de organización del Estado nacional, en medio de enfrentamientos entre el poder central, los caudillos provinciales y distintas facciones políticas.
Durante su administración se impulsaron escuelas, bibliotecas populares, ferrocarriles, telégrafos e instituciones científicas. También se realizó el primer censo nacional y la población escolar pasó de aproximadamente 30.000 a 110.000 alumnos.
Pero el proyecto modernizador convivía con levantamientos armados. Uno de los más importantes fue la rebelión jordanista, encabezada por Ricardo López Jordán en Entre Ríos. La segunda ofensiva se desarrolló entre mayo y diciembre de 1873 y llegó a controlar departamentos como La Paz, Nogoyá, Victoria y Gualeguay.
Por ese motivo, luego del atentado las sospechas apuntaron hacia personas relacionadas con el jordanismo. Sin embargo, la responsabilidad intelectual de López Jordán nunca pudo probarse de manera definitiva.
El plan para matar a Sarmiento
La conspiración habría comenzado en una fonda de La Boca. Allí, un hombre conocido como Aquiles Segabrugo, “El Austríaco”, habría ofrecido una importante suma de dinero para asesinar al mandatario.
Los encargados de realizar el ataque eran Francisco Güerri, Pedro Güerri y Luis Casimir, alias “Eva”. Además del pago, se les habría prometido una vía de escape: después del crimen serían sacados del país en barco.

Los conspiradores estudiaron cuidadosamente los movimientos del presidente. Sarmiento disponía de custodia en sus actividades oficiales, pero solía trasladarse sin una gran escolta cuando realizaba visitas privadas.
Aquella noche salió de su domicilio en la calle Maipú en un carruaje conducido por José Morillo. Se dirigía hacia la casa de la familia Vélez Sarsfield, donde esperaba encontrarse con Aurelia Vélez, hija del jurista Dalmacio Vélez Sarsfield y figura central de su vida afectiva. La Casa Rosada reconoce a Aurelia como la pareja que tuvo Sarmiento después de su separación matrimonial.
Trabucos y puñales envenenados en pleno centro porteño
Cerca de las nueve de la noche, el carruaje se aproximó a Corrientes y Maipú. Los atacantes estaban preparados para detenerlo, herir a los caballos y luego rematar al presidente con armas blancas.
Los proyectiles habrían sido tratados con bicloruro de mercurio, una sustancia altamente tóxica, mientras que los puñales también contenían veneno. Incluso una herida que no fuera mortal podía causar consecuencias devastadoras.

Cuando apareció el vehículo, Francisco Güerri disparó su trabuco. Pero el arma tenía una carga excesiva de pólvora y explotó en su mano. El atacante perdió parte de un dedo y el estruendo desorganizó al resto del grupo.
Una bala atravesó el carruaje sin alcanzar al presidente. Ante la detonación, los caballos aceleraron y los conspiradores no consiguieron completar el ataque.
El presidente que no escuchó el disparo
El detalle más insólito fue que Sarmiento no se enteró de lo que acababa de ocurrir.
El mandatario padecía una sordera avanzada. El ruido del carruaje, los cascos contra el empedrado y su problema auditivo le impidieron percibir claramente la explosión. Mientras los agresores escapaban y la Policía comenzaba a perseguirlos, continuó su recorrido sin comprender el peligro que había corrido.
Recién cuando llegó a destino le explicaron que una bala había atravesado el coche y que un hombre se había mutilado al intentar dispararle.
La vida del presidente había quedado en manos de un arma defectuosa y de la impericia de sus atacantes.
Condenas, una muerte misteriosa y documentos desaparecidos
Francisco y Pedro Güerri fueron detenidos poco después. La investigación también permitió localizar a Luis Casimir. Inicialmente intentaron presentar el episodio como una pelea callejera, pero luego señalaron a Segabrugo como el hombre que los había contratado.

“El Austríaco” consiguió escapar hacia Montevideo. Poco después, su cuerpo fue encontrado acribillado, lo que eliminó una de las principales posibilidades de descubrir quién había financiado realmente la operación.
La trama se volvió todavía más oscura cuando aparecieron documentos que supuestamente vinculaban a los conspiradores con el entorno de López Jordán. Esos papeles fueron robados antes de llegar a Buenos Aires y nunca volvieron a encontrarse.
Francisco Güerri recibió una condena de 20 años de prisión. Pedro Güerri y Casimir fueron sentenciados a 15 años, aunque la pena de este último fue reducida posteriormente.
El misterio que la historia argentina nunca pudo resolver
Sarmiento terminó su mandato el 12 de octubre de 1874. Su gobierno quedó asociado con la expansión educativa, la ciencia y las comunicaciones, pero también con las fuertes tensiones de un país que todavía intentaba consolidar su autoridad nacional.
El atentado reunió todos los elementos de una intriga política: sicarios, dinero, armas envenenadas, una fuga internacional, documentos robados y un presunto intermediario asesinado.
A más de 150 años, permanece una pregunta sin respuesta: ¿quién ordenó realmente matar a Domingo Faustino Sarmiento? La Justicia condenó a los ejecutores, pero nunca logró descubrir por completo quién se encontraba detrás de la conspiración.



















