
Cada 6 de octubre, las carpas, los acróbatas, los payasos y los artistas circenses tienen una fecha especial en Argentina. Se celebra el Día Nacional del Circo, en homenaje a José “Pepe” Podestá, una de las figuras fundamentales de la historia del circo y del teatro rioplatense.
Pero la historia había comenzado mucho antes de que Podestá naciera. Hay que retroceder hasta 1819, cuando una compañía inglesa llegó a Buenos Aires con un espectáculo que, con el tiempo, terminaría transformándose profundamente en estas tierras. Aquella visita marcó uno de los primeros capítulos de una historia que ya lleva 207 años.

Lo que comenzó como un entretenimiento importado terminaría incorporando elementos de la cultura local, personajes gauchescos y obras teatrales hasta convertirse en una expresión artística propia.
El circo llegó desde Inglaterra y encontró un nuevo público en Buenos Aires
La compañía de William y Mary Southby desembarcó en Buenos Aires en 1819 y llevó consigo el modelo del circo moderno europeo, que combinaba principalmente ejercicios ecuestres, acrobacia y destreza física.
Durante las décadas siguientes también llegaron otras compañías extranjeras y el espectáculo comenzó a ganar popularidad entre el público porteño. Pero Argentina, con el deseo de agregar una impronta personal, no se limitó a simplemente recibir aquellos espectáculos.
En 1836, apenas 17 años después de la llegada de los Southby, apareció una de las primeras compañías nacionales, la Compañía de Volatines Hijos del país, que se presentaba como Circo Olímpico.
El espectáculo comenzó a adquirir características propias y a incorporar música, canto y baile junto con los tradicionales números de destreza. Y hubo una transformación todavía más importante: el circo comenzó a acercarse al teatro.

Cuando el circo dejó de ser solo acrobacias y empezó a contar historias
Durante el siglo XIX, las funciones empezaron a incorporar una segunda parte dedicada a las representaciones teatrales. Esa combinación terminó dando origen al circo criollo, una de las grandes creaciones culturales de la Argentina.
La fórmula era particular: primero aparecían las acrobacias, los malabares, los ejercicios ecuestres y las distintas habilidades circenses. Después llegaba una obra teatral, muchas veces vinculada con el mundo gauchesco. Así, debajo de una misma carpa podían convivir artistas de circo y actores.
El fenómeno fue creciendo y las compañías comenzaron a recorrer distintas zonas del país. Algunas estructuras podían recibir entre 1.000 y 2.000 espectadores, mientras que los elencos podían alcanzar alrededor de 50 artistas.

De esta forma, el circo dejó de ser solamente un espectáculo de destreza física y empezó a convertirse también en un espacio para representar historias con las que el público argentino podía identificarse.
Pepe Podestá y el personaje que ayudó a transformar el circo argentino
En ese proceso apareció una figura fundamental: José “Pepe” Podestá. Nacido el 6 de octubre de 1858 en Montevideo, Uruguay, Podestá fue acróbata, actor y director. Su trayectoria estuvo estrechamente ligada a la evolución del circo criollo y al desarrollo del teatro nacional.
También creó personajes que quedaron en la memoria popular, entre ellos Pepino el 88, un payaso que combinaba humor, canciones rimadas y comentarios sobre la actualidad. La figura tenía algo particularmente moderno para su época: utilizaba el escenario para hacer humor y también para referirse a cuestiones de la sociedad y la política.

Juan Moreira: la obra que llevó al circo una historia argentina
El gran punto de inflexión llegó con Juan Moreira, el personaje creado por Eduardo Gutiérrez que se convirtió en uno de los grandes símbolos del gaucho rebelde.
La versión de los Podestá comenzó como una pantomima en 1884. Dos años después, en 1886, pasó a convertirse en un drama hablado. Pero la transformación fue mucho más importante que un simple cambio de formato.
Juan Moreira permitió consolidar aquella combinación entre circo y teatro y ayudó a instalar al espectáculo como un espacio donde también podían representarse conflictos, personajes y temas propios de la sociedad argentina. La carpa se convirtió así en algo más que un lugar para ver acrobacias: también podía ser un escenario teatral.

De Buenos Aires al resto del país: el circo se volvió itinerante
El éxito del circo criollo hizo que las compañías comenzaran a recorrer distintas regiones. Los artistas viajaban con sus estructuras, vestuarios y elementos de escena y llevaban los espectáculos a lugares donde el acceso a grandes propuestas culturales era mucho más limitado.
En paralelo, Buenos Aires también recibió artistas extranjeros que se convirtieron en verdaderas celebridades. Uno de ellos fue Frank Brown, un payaso inglés que llegó a la Argentina y desarrolló una extensa carrera en el país. Entre 1893 y 1924 permaneció en Buenos Aires y tuvo su propia compañía, acompañado por la acróbata ecuestre Rosita de la Plata.

La historia del circo argentino, por lo tanto, fue construyéndose a partir de una combinación particular: artistas extranjeros, compañías nacionales, personajes populares y una identidad que fue tomando forma sobre la marcha.
Más de dos siglos después, el circo todavía mueve millones de espectadores
El circo atravesó transformaciones profundas. Las grandes compañías tradicionales fueron perdiendo protagonismo, mientras aparecieron nuevas formas de entrenamiento, espectáculos y disciplinas.
La actividad también comenzó a profesionalizarse. Hoy existen más de 500 espacios de formación circense en Argentina, según datos de la Secretaría de Cultura, y las universidades también incorporaron carreras relacionadas con esta disciplina.

Pero el dato que demuestra que el circo está lejos de ser solamente una tradición del pasado aparece en las cifras de público. Durante las temporadas de verano, los espectáculos circenses reúnen aproximadamente 2,5 millones de espectadores en los principales puntos turísticos del país.
La carpa cambió. Las disciplinas evolucionaron. También lo hicieron los artistas y las formas de entrenamiento. Pero la esencia continúa siendo reconocible.




















