
Caminar por el Cementerio de la Recoleta es ingresar en una pequeña ciudad detenida en el tiempo. Sus calles angostas, esculturas de mármol, puertas de hierro y mausoleos monumentales conforman uno de los paisajes más sorprendentes de Buenos Aires.
Sin embargo, detrás de las bóvedas más fotografiadas existe un recorrido menos conocido: el de las tumbas que acompañaron los primeros años del cementerio.
El primer cementerio público de Buenos Aires
El Cementerio de la Recoleta fue inaugurado el 17 de noviembre de 1822 en la antigua huerta de los frailes recoletos, junto a la actual Basílica Nuestra Señora del Pilar.
Su trazado original estuvo a cargo del ingeniero francés Próspero Catelin y se convirtió en el primer cementerio público de la Ciudad de Buenos Aires.
Actualmente, el predio ocupa aproximadamente cinco hectáreas y reúne más de 4.500 bóvedas. Allí conviven templos de inspiración griega, construcciones neogóticas, esculturas art nouveau y hasta monumentos con forma de pirámide.
¿Quiénes fueron los primeros enterrados?
Determinar cuál es la tumba más antigua de la Recoleta no resulta sencillo. Durante más de 200 años, muchas parcelas fueron vendidas, modificadas o reutilizadas. Además, algunas lápidas originales fueron reemplazadas por grandes bóvedas familiares.
Los registros históricos mencionan que durante la jornada inaugural fueron enterrados Juan Benito, un niño descendiente de esclavos liberados, y María Dolores Maciel.
Sin embargo, sus monumentos originales no habrían llegado hasta nuestros días. Por eso, los especialistas diferencian entre la primera persona sepultada y la tumba más antigua que todavía permanece en pie.
La sepultura de Romana Josefa, una de las más antiguas
Uno de los monumentos que podría disputar ese reconocimiento es el de Romana Josefa López de Anchorena, quien murió el 30 de octubre de 1822, pocos días antes de la inauguración oficial del cementerio.

Su lápida también recuerda a cuatro de sus nietas: Romana, Nicolasa, Estanislada y Martina Anchorena. A diferencia de los grandes mausoleos construidos décadas después, esta sepultura conserva una apariencia sencilla y puede pasar inadvertida para los visitantes.
Su valor histórico es enorme porque permite imaginar cómo era el antiguo Cementerio del Norte, nombre con el que originalmente se conoció al lugar.
El mausoleo de los Bustillo y otro récord histórico
La tumba de Romana Josefa no debe confundirse con la bóveda familiar más antigua. Ese reconocimiento suele atribuirse al mausoleo de la familia Bustillo, fechado en 1823.

Aunque fue restaurado y pudo sufrir modificaciones, continúa siendo uno de los ejemplos más valiosos de la arquitectura funeraria de los primeros años de la Recoleta.
En aquella época, el cementerio era muy diferente. Había espacios abiertos, vegetación, cruces y lápidas austeras. El laberinto de mármoles, estatuas y capillas privadas aparecería varias décadas después.
Remedios de Escalada y una confusión frecuente
Otra de las sepulturas históricas es la de María de los Remedios de Escalada, esposa del general José de San Martín, fallecida el 3 de agosto de 1823.

Durante años, diferentes publicaciones afirmaron que su tumba era la más antigua del cementerio. Sin embargo, la existencia de sepulturas anteriores obliga a tomar esa afirmación con cautela.
Más allá de la discusión cronológica, el lugar conserva una enorme importancia histórica. Remedios murió mientras San Martín se encontraba lejos de Buenos Aires, ocupado por los acontecimientos derivados de la campaña libertadora.
De cementerio austero a museo a cielo abierto
La gran transformación de la Recoleta ocurrió hacia fines del siglo XIX. Después de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, numerosas familias adineradas abandonaron los barrios del sur porteño y se trasladaron hacia el norte.
Con ellas también llegaron los mausoleos monumentales, encargados a importantes arquitectos y escultores. Las familias competían por levantar bóvedas decoradas con mármoles importados, vitrales, ángeles de bronce y símbolos religiosos.
En 1880, el arquitecto Juan Antonio Buschiazzo encabezó una profunda remodelación. Se pavimentaron las calles internas, se levantaron muros y se construyó la entrada neoclásica que identifica al cementerio.
En la actualidad, más de 90 bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional. Sin embargo, entre tantos monumentos imponentes, las primeras lápidas continúan siendo las piezas que mejor revelan el nacimiento del lugar.
La sepultura de Romana Josefa, el mausoleo de los Bustillo y la tumba de Remedios de Escalada forman un recorrido silencioso por los primeros años de la Argentina independiente.
Sus piedras desgastadas guardan una certeza: mucho antes de convertirse en un atractivo conocido en todo el mundo, el Cementerio de la Recoleta comenzó como un camposanto austero, levantado en los límites de una Buenos Aires que todavía buscaba construir su propia identidad.





















