
Hay objetos capaces de narrar la historia de un país sin quedar encerrados en una vitrina. El poncho argentino es uno de ellos. Fue abrigo contra el frío, manta en las campañas militares, distintivo en el campo de batalla y expresión cultural de numerosas comunidades.
Su existencia es muy anterior a la Revolución de Mayo de 1810. Distintos pueblos originarios utilizaban prendas con esa estructura mucho antes de la llegada de los españoles. Los nazcas y los incas las empleaban como abrigo y también como objetos valiosos en ceremonias y entierros. Además, los indígenas observados por Sebastián Gaboto durante su recorrido por el río Paraná, en 1529, ya vestían ponchos.
Anterior a la Revolución de Mayo: la presencia del poncho en los albores de la Patria
El poncho no nació como una moda destinada a representar a la Argentina. Su historia comenzó antes de que el país tuviera ese nombre y se encuentra vinculada con los conocimientos textiles de las comunidades americanas.
Según la región, podía confeccionarse con lana de llama, alpaca, oveja, guanaco o vicuña. Su elaboración artesanal demandaba entre uno y cuatro meses, debido a que incluía la obtención de la fibra, su limpieza, el hilado, el teñido y el trabajo en el telar.

Los colores tampoco eran una decisión meramente estética. Las fibras se teñían con elementos naturales: el ceibo ofrecía tonos rojizos, la mora brindaba azules y el molle permitía conseguir verdes. También se utilizaban cáscaras de nuez, yerba mate, cebolla y algarrobo.
De esta manera, cada poncho funcionaba como un mapa de su territorio. Sus materiales hablaban del paisaje, mientras que las guardas y técnicas expresaban la identidad de sus tejedores.
José de San Martín y el poncho: diplomacia, abrigo e identidad libertadora
La relación entre José de San Martín y el poncho fue mucho más profunda que una simple elección de vestuario. Una pieza conservada por el Museo Histórico Nacional permite comprender el valor diplomático que podía adquirir la prenda.
Los pehuenches le regalaron un poncho a San Martín como símbolo de la alianza que habían establecido y como reconocimiento de su autoridad. El objeto integra actualmente el patrimonio sanmartiniano preservado en el museo.

El gesto resultaba especialmente importante porque el Libertador necesitaba construir vínculos con las comunidades de la cordillera antes de ejecutar su plan continental. Aquellas relaciones podían brindar información sobre caminos, recursos y movimientos en la región.
Además, el poncho estaba perfectamente adaptado a las condiciones extremas de la montaña. Permitía abrigarse, cubrirse del viento e incluso utilizarlo como manta. Por eso, la pieza recibida por San Martín representa tanto la vida cotidiana como la diplomacia previa a la batalla.
Martín Miguel de Güemes y los gauchos: la leyenda y el origen del poncho salteño
Si el poncho de San Martín habla de alianzas, el de Martín Miguel de Güemes remite a la resistencia popular en el norte. Sus gauchos conocían el terreno, dominaban la movilidad a caballo y recurrieron a tácticas decisivas para frenar los avances realistas.
El actual poncho salteño, reconocido por su tonalidad roja y sus franjas negras, quedó profundamente conectado con la figura de Güemes. Tradicionalmente se realiza en telar criollo, con dos paños unidos mediante una costura central.

El origen exacto de sus colores, sin embargo, está rodeado de relatos. Existen antecedentes prehispánicos del uso de pigmentos rojos, como la cochinilla, y registros de tejidos rojizos o borravino en culturas anteriores a la conquista.
Una versión tradicional sostiene que el rojo se convirtió en el distintivo de los gauchos y que el negro fue incorporado posteriormente como señal de luto por la muerte de Güemes, ocurrida en 1821. Otra explicación vincula el tono rojizo con la disponibilidad de colorantes en el sur de Bolivia y el norte argentino.
Más allá de las diferentes interpretaciones, el poncho dejó de ser solamente una prenda para transformarse en memoria colectiva, identidad salteña y símbolo de resistencia.
La música folclórica: la reivindicación del poncho en figuras como Soledad Pastorutti
Más de un siglo después de las guerras por la Independencia, el poncho encontró un nuevo territorio: el escenario folclórico. Numerosos artistas lo incorporaron a su imagen, pero fue Soledad Pastorutti quien protagonizó uno de los gestos más recordados de la cultura popular argentina.

El 7 de enero de 1996, Soledad subió a un escenario de Gálvez junto con su hermana Natalia. Allí comenzó a revolear el poncho, inspirada, según recordó la cantante, en un gesto realizado por Pucho Ottolini. Poco después, el 26 de enero, debutó con apenas 15 años en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín.
Aquella presentación cambió su carrera para siempre. El poncho girando sobre su cabeza acompañó la energía de sus canciones y convirtió a una prenda ancestral en una bandera en movimiento. La imagen quedó rápidamente ligada al “Huracán de Arequito”.
Tres décadas después, Soledad volvió a reivindicar ese símbolo con una réplica de su primer poncho, que había sido originalmente un regalo de su padre a su madre cuando eran novios.




















