En uno de los rincones más transitados de Palermo, rodeado de árboles y avenidas, se encuentra uno de los monumentos más polémicos de Buenos Aires. Está dedicado a Sarmiento, fue realizado por uno de los escultores más importantes de la historia y, pese a ello, durante décadas fue señalado como feo, vulgar y casi irreconocible.
La obra de Rodin fue inaugurada el 25 de mayo de 1900 en el Parque Tres de Febrero. A la ceremonia asistieron el presidente Julio Argentino Roca, funcionarios, diplomáticos y una multitud que esperaba encontrarse con una imagen solemne del “padre del aula”. Cuando retiraron el velo, los aplausos se transformaron en desconcierto.
El “Sarmiento más feo” que desató un escándalo
El público esperaba un prócer elegante, erguido y fácilmente reconocible. Sin embargo, Rodin presentó a un hombre de cuerpo compacto, cubierto por una capa y con un rostro áspero, muy alejado de las representaciones patrióticas tradicionales.
El diario La Nación llegó a describir la obra como algo “más feo, más vulgar, casi repulsivo”. Por su parte, la revista Caras y Caretas aseguró que aquel era el Sarmiento de Rodin, pero no el de los argentinos, porque ni siquiera su propia familia habría podido reconocerlo.
El escultor francés no pretendía copiar una fotografía. Su objetivo era representar la fuerza, la inteligencia y el temperamento explosivo de Sarmiento. Esa libertad creativa produjo una obra moderna para su tiempo, pero también una figura que chocó con el gusto de la sociedad porteña.
La estatua fue fundida en bronce y mide alrededor de dos metros. Se levanta sobre un gran pedestal de mármol blanco, donde aparece Apolo, símbolo de la luz y la ciencia, avanzando sobre la serpiente Pitón, asociada con la ignorancia. En la parte posterior se encuentra una interpretación del Escudo Nacional rodeado de laureles.
Una venganza contra Rosas escondida en los Bosques de Palermo
La ubicación del monumento no fue una decisión inocente. El actual Parque Tres de Febrero se desarrolló sobre terrenos que habían pertenecido a Juan Manuel de Rosas, enemigo político e ideológico de Sarmiento.
En ese lugar se levantaba el enorme Caserón de Rosas, una residencia ubicada sobre terrenos bajos y pantanosos, dentro de un predio que llegó a abarcar cerca de 500 hectáreas. Después de la caída del gobernador en la batalla de Caseros, ocurrida el 3 de febrero de 1852, la propiedad tuvo diferentes usos y terminó convertida en un recuerdo incómodo para los vencedores.

Hasta el nombre del parque contenía un mensaje: “Tres de Febrero” recordaba la derrota de Rosas. El espacio verde fue inaugurado el 11 de noviembre de 1875 durante la presidencia de Nicolás Avellaneda, a partir de un proyecto impulsado por el propio Sarmiento.
El caserón fue demolido en la madrugada del 3 de febrero de 1899, exactamente 47 años después de Caseros. Un año más tarde, el monumento a Sarmiento fue inaugurado en aquel territorio cargado de historia. Por eso, su colocación es interpretada como una venganza simbólica contra Rosas: donde alguna vez estuvo el centro de su poder terminó dominando la figura de su gran adversario.
Aurelia Vélez Sársfield explicó por qué no quería verlo convertido en bronce
La polémica tuvo un costado íntimo y profundamente sentimental. Aurelia Vélez Sársfield, escritora, colaboradora política y compañera sentimental de Sarmiento durante más de tres décadas, estaba en Europa cuando conoció la decisión de levantar el monumento.
Aurelia había conocido al hombre detrás del prócer. Había intercambiado cartas con él, participado en su carrera política y acompañado sus últimos años. Al enterarse del homenaje, escribió una reflexión que dejó en evidencia por qué no le gustaba imaginarlo inmóvil y convertido en estatua:
“Me alegra que lo recuerden, pero a mí no me va a gustar ver su figura tiesa, convertida en bronce. Porque ese hombre fue mi hombre. Yo lo abracé y lo besé. Apoyé mi cabeza sobre su pecho, y la sostuvo con sus manos grandes y fuertes… Dentro de algunos años, cuando ya no esté, él permanecerá allí, quieto, helado, pero nadie podrá recordar el calor de sus brazos…”.
La declaración fue reproducida en una nota anterior de Canal 26 sobre la historia de Aurelia. Sus palabras no constituyen una crítica artística contra Rodin, pero sí expresan un rechazo emocional a la transformación de Sarmiento en una figura rígida, pública y distante. Para ella no era solamente el expresidente, el escritor o el educador: era el hombre al que había amado.
El costoso encargo que le dio libertad total a Rodin
La obra había sido encargada directamente a Rodin en 1894, seis años después de la muerte de Sarmiento. El contrato establecía una figura de bronce de dos metros sobre un pedestal de cinco metros, con un costo de 75.000 francos, pagados en seis cuotas. También garantizaba al escultor absoluta libertad creativa.
Esa cláusula fue decisiva. Rodin no entregó el héroe perfecto que esperaban los porteños. Creó, en cambio, un Sarmiento áspero, desafiante y lleno de movimiento, más cercano al temperamento del personaje que a sus retratos oficiales.

Más de un siglo después, la obra continúa en la Plaza Sicilia, dentro del Parque Tres de Febrero, y fue declarada Monumento Histórico Nacional en 2019. El Sarmiento “más feo” sobrevivió a las críticas y terminó convertido en una pieza excepcional del patrimonio argentino.
Sigue allí, en las antiguas tierras de Rosas, como una batalla de bronce que Buenos Aires todavía no terminó de resolver. Quizás esa sea la mayor victoria de Rodin: lograr que, más de 120 años después, nadie pueda pasar frente a la estatua sin preguntarse por su rostro, por su historia y por el hombre de carne y hueso que Aurelia se negó a olvidar.




















