
Las campanas del Cabildo comenzaron a sonar durante la madrugada del 11 de septiembre de 1852. No anunciaban una celebración. Mientras las tropas revolucionarias ocupaban posiciones estratégicas, Buenos Aires se levantaba contra el hombre más poderoso del momento y abría una crisis que mantendría dividido al país durante casi una década.
Siete meses antes, Justo José de Urquiza había derrotado a Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros. La caída del gobernador bonaerense parecía despejar el camino hacia la organización nacional y la sanción de una Constitución. Sin embargo, la unidad duró muy poco.
La pelea por la Aduana y el poder político
Después de Caseros, Urquiza impulsó el Acuerdo de San Nicolás, firmado el 31 de mayo de 1852 por la mayoría de los gobernadores. El documento convocaba a un Congreso Constituyente en Santa Fe, establecía que cada provincia enviaría dos diputados y nombraba a Urquiza director provisorio de la Confederación.
Para las provincias del interior, representaba la posibilidad de organizar definitivamente el país. Para una parte importante de la dirigencia porteña, significaba perder autonomía, influencia política y el control de la principal fuente de ingresos de la época.

Buenos Aires concentraba el puerto más importante y administraba la Aduana, que recaudaba enormes cantidades de dinero gracias al comercio exterior. La igualdad de representantes también generaba rechazo: la provincia tendría el mismo número de diputados que las jurisdicciones menos pobladas.
La discusión, por lo tanto, no era exclusivamente institucional. En el centro del conflicto estaban el dinero de la Aduana, el control del puerto y la distribución del poder nacional.
La madrugada en que Buenos Aires se rebeló
La Legislatura porteña rechazó el Acuerdo de San Nicolás y cuestionó a quienes lo habían firmado. Urquiza respondió con dureza: asumió personalmente el gobierno provincial, disolvió la Legislatura y ordenó la detención o el alejamiento de varios opositores.
Entre los dirigentes enfrentados con su proyecto aparecían figuras que luego serían fundamentales en la historia argentina, como Bartolomé Mitre y Valentín Alsina.
La oportunidad para actuar llegó cuando Urquiza dejó Buenos Aires y viajó hacia Santa Fe. Durante la noche del 10 de septiembre, los revolucionarios movilizaron tropas, reunieron apoyos y ocuparon distintos puntos de la ciudad.
En las primeras horas del día siguiente, las campanas del Cabildo comunicaron el comienzo del levantamiento. La Legislatura volvió a funcionar y designó como gobernador provisorio al general Manuel Guillermo Pinto.
La rebelión había triunfado con rapidez. Buenos Aires desconoció la autoridad de Urquiza, retiró a sus representantes del Congreso Constituyente y comenzó a transitar un camino separado del resto de las provincias.
Un país dividido en dos Estados
Sin la participación porteña, el Congreso reunido en Santa Fe sancionó la Constitución Nacional el 1 de mayo de 1853. Mientras la Confederación Argentina avanzaba con su organización institucional, Buenos Aires se comportaba como un territorio independiente.
En 1854, la provincia aprobó su propia Constitución y se convirtió formalmente en el Estado de Buenos Aires, con autoridades, instituciones y recursos económicos propios. Aunque ambos gobiernos afirmaban pertenecer a una misma nación, en la práctica funcionaban como dos Estados separados.

La ruptura provocó bloqueos, levantamientos y enfrentamientos armados. La Confederación necesitaba los ingresos del puerto, mientras Buenos Aires utilizaba su poder económico para sostener su autonomía.
La disputa desembocó en las batallas de Cepeda, en 1859, y Pavón, en 1861. La primera obligó a los porteños a negociar su reincorporación. La segunda consolidó el predominio político de Buenos Aires y abrió el camino para la presidencia de Bartolomé Mitre.
Por qué Plaza Once se llama así
La revolución dejó una señal que todavía permanece en el mapa porteño. La zona conocida popularmente como Plaza Once recibió esa denominación por su cercanía con la estación ferroviaria Once de Septiembre, bautizada en recuerdo del levantamiento de 1852.
Con el paso del tiempo, la palabra “Once” comenzó a identificar no solamente a la estación, sino también a la plaza, al antiguo mercado y a toda el área comercial de Balvanera.

Existe una precisión importante: el nombre oficial del espacio público es Plaza Miserere. Plaza Once es su denominación popular, instalada por generaciones de pasajeros, comerciantes y vecinos.
Además, su nombre no está relacionado con Domingo Faustino Sarmiento, aunque muchas personas realizan esa asociación porque el expresidente murió un 11 de septiembre de 1888 y, en su homenaje, durante esa fecha se celebra el Día del Maestro en la Argentina.

La estación ya llevaba su nombre desde antes de la muerte de Sarmiento. El “Once de Septiembre” recuerda el día de 1852 en que Buenos Aires desafió a Urquiza, se separó de la Confederación y volvió a dejar en suspenso la unidad nacional.
Más de 170 años después, aquella revolución continúa escondida a plena vista. Sobrevive entre trenes, colectivos, comercios y multitudes, en uno de los rincones más transitados de CABA. Cada vez que alguien dice “Once”, sin saberlo, pronuncia el nombre de la rebelión que partió al país en dos.



















