
En Zapiola 4782, en pleno barrio porteño de Saavedra, funciona Artiaga, una histórica panadería que conserva una verdadera máquina del tiempo. Se trata de un enorme horno construido en 1931 que continúa integrado a la producción cotidiana, casi un siglo después de haber sido encendido por primera vez.
No permanece detrás de una vitrina ni se convirtió en una pieza decorativa. Todos los días recibe bandejas con panes, facturas y productos artesanales, como lo hizo durante distintas etapas de Buenos Aires.
Su antigüedad, su estructura italiana y la forma en que distribuye el calor lo transformaron en una pieza prácticamente irrepetible dentro de la gastronomía porteña.
Cómo es el horno de 1931 que conserva Artiaga
El horno fue instalado cuando la panadería comenzó a funcionar, en 1931, en una zona de Saavedra que todavía estaba rodeada por casas bajas, terrenos amplios y antiguas caballerizas.
Su construcción responde a una tecnología italiana utilizada en los grandes establecimientos panaderos. Posee una base de ladrillos y una parte superior cubierta con barro refractario, materiales que permiten acumular el calor y liberarlo lentamente.

Uno de sus datos más sorprendentes es el tamaño: tiene aproximadamente 23 metros cuadrados de superficie de cocción. Esa enorme capacidad permitía elaborar grandes cantidades de pan durante cada jornada.
A diferencia de los hornos modernos, equipados con controles electrónicos, esta construcción posee una gran masa térmica. Los ladrillos absorben la temperatura y la distribuyen de manera gradual, lo que favorece una cocción pareja.
En sus comienzos era alimentado con leña de quebracho, reconocida por generar brasas intensas y duraderas. Con el paso del tiempo fue adaptado para funcionar a gas, una transformación indispensable para mantenerlo operativo sin eliminar su estructura original.
Cómo se conserva un horno de casi 100 años
El gran secreto de su conservación está relacionado con el uso permanente y el conocimiento de los panaderos. Según la historia transmitida por la familia, el horno se mantuvo encendido desde 1931, evitando los cambios bruscos de temperatura que podrían afectar sus materiales.
Su mantenimiento también requiere observar el comportamiento del calor, controlar cada sector y comprender cómo responde la estructura ante las distintas preparaciones.

En este caso, no todo depende de una perilla o de un programa automático. La experiencia del oficio continúa siendo una herramienta fundamental.
Esa convivencia entre pasado y presente explica por qué el horno no quedó relegado como una reliquia. Mientras la panadería incorporó fermentaciones prolongadas, ingredientes orgánicos certificados y paneles solares, la antigua estructura de 1931 siguió ocupando el centro de la producción.
De las caballerizas al nuevo paisaje de Saavedra
A comienzos de la década de 1980, Antonio Rodríguez y su esposa, Alba, compraron la antigua panadería a Pedro Artiaga. Para ese momento, el establecimiento ya acumulaba alrededor de medio siglo de historia.
La familia decidió conservar el nombre debido a una vieja cábala del oficio: se creía que cambiar la denominación de una panadería podía traer mala suerte.

El edificio todavía guardaba huellas de otra Buenos Aires. Tenía paredes de barro, techos elevados, caballerizas y postes con argollas donde se ataban los caballos utilizados para repartir el pan.
La panadería también fue un punto de reunión para los habitantes de la zona. Durante una época contó con uno de los pocos teléfonos públicos del área, por lo que muchos vecinos se acercaban para comunicarse con familiares y conocidos.
Así, Artiaga no fue solamente un comercio. También funcionó como un espacio de encuentro y construcción de la identidad barrial.
La historia inmigrante que llegó desde Galicia
Antonio Rodríguez llegó desde Galicia siendo niño. En 1942 viajó desde el puerto de Vigo hacia Buenos Aires acompañado por parte de su familia.
Tras la muerte de su padre, comenzó a trabajar desde muy joven. Pasó por diferentes establecimientos gastronómicos hasta encontrar su verdadera vocación en la panadería.
En 1960, junto con Alba, abrió La Nueva Alianza, su primer negocio cerca de Caminito, en La Boca. Allí preparaban panes, medialunas, bizcochos y galletas marineras, muy requeridas por la actividad portuaria de la zona.
La memoria familiar también conserva relatos sobre repartos realizados a caballo y envíos de productos hacia la isla Martín García.
Qué hace único al horno de Artiaga
Su valor surge de una combinación difícil de repetir: es una estructura italiana original de 1931, tiene 23 metros cuadrados de cocción, conserva ladrillos y barro refractario y continúa funcionando dentro del establecimiento para el que fue construida.
A su alrededor trabajaron antiguos maestros panaderos, crecieron los hijos de la familia y aprendió la tercera generación. Actualmente, José, Juan y Marisol mantienen vivo el proyecto familiar.
Desde ese universo también surgieron productos con historias particulares, como la“paracaidista”, una factura nacida a partir de un error. Un panadero cortó en cuadrados una masa destinada a medialunas y, para no desperdiciarla, decidió rellenarla con dulce de leche y agregarle crema pastelera. La creación tuvo tanto éxito que quedó para siempre en el mostrador.
Un fragmento vivo de la historia porteña
La tercera generación logró modernizar la producción sin abandonar las antiguas enseñanzas. Esa combinación permitió que Artiaga llegara a competencias internacionales y recibiera importantes reconocimientos por sus panettones y su trabajo artesanal.
Sin embargo, su mayor símbolo continúa en Saavedra. Mientras el barrio se transforma, el horno de 1931 sigue encendido y conserva una forma de trabajar transmitida durante casi un siglo.
No es solamente una antigua estructura industrial. Es un testimonio de la inmigración, el esfuerzo familiar y la evolución de Buenos Aires. Cada vez que se abre su puerta, la historia vuelve a mezclarse con el aroma del pan recién hecho.


















