
En una antigua chacra de Huanguelén, en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, existe un árbol que no pasa inadvertido. Se trata de un enorme pino que, según la historia conservada en el lugar, fue plantado el 22 de octubre de 1937, el mismo día en que nació José Larralde.
Casi nueve décadas después, el ejemplar continúa en pie. Sus ramas cubren buena parte del patio y su tronco guarda, en silencio, los años transcurridos desde que aquel niño bonaerense comenzó una vida que lo convertiría en una de las voces fundamentales del folklore argentino.
El pino que creció junto a José Larralde
La historia recuperó notoriedad luego de una visita del folklorista Adrián Maggi a la chacra. En las imágenes compartidas por el músico puede observarse el camino de tierra que conduce hasta la propiedad y el árbol ubicado en el centro del terreno.

En la entrada también permanece un cartel que identifica al lugar como la “Quinta de la Familia Saad”. Allí se recuerda que la propiedad fue escenario de encuentros familiares, comidas, guitarras y canciones.
El pino se convirtió así en una especie de hermano vegetal de Larralde. Los dos comenzaron su recorrido en la misma fecha y sobre la misma tierra, aunque siguieron destinos diferentes: el árbol permaneció en Huanguelén y el cantor llevó ese paisaje por el mundo.
Huanguelén, el pueblo que marcó su obra
La localidad de Huanguelén se desarrolló al ritmo del trabajo agropecuario y del ferrocarril. Su estación, perteneciente al antiguo trazado Rosario-Puerto Belgrano, fue inaugurada en 1910. Dos años después se produjo el remate de miles de hectáreas divididas en chacras, quintas y solares, un proceso clave para el crecimiento del pueblo.
Ese ambiente rural fue mucho más que el escenario de la infancia de Larralde. Se convirtió en la materia principal de sus canciones.

Antes de alcanzar el reconocimiento artístico, el músico trabajó como peón rural, tractorista, albañil, mecánico y soldador. Conoció personalmente el esfuerzo del trabajo físico, la incertidumbre económica y la vida de quienes pocas veces eran representados sobre un escenario.
Por eso, sus composiciones no describen un campo idealizado. Hablan del cansancio, las injusticias, el orgullo y la resistencia de los trabajadores.
De una guitarra familiar al escenario de Cosquín
Larralde comenzó a escribir versos durante su infancia y aprendió a acompañarse con una guitarra lejos de las academias. Su formación nació de los encuentros familiares, la observación cotidiana y las historias escuchadas entre trabajadores rurales.
El encuentro con Jorge Cafrune resultó decisivo. El reconocido folklorista quedó impactado por sus composiciones y lo ayudó a ingresar en el circuito musical. En 1967, Larralde se presentó en el Festival de Cosquín y publicó su primer disco, Canta José Larralde.

A partir de entonces construyó una extensa trayectoria, con canciones como “Cimarrón y tabaco”, “Herencia pa’ un hijo gaucho” y “Quimey Neuquén”. En 1995 recibió el Premio Konex de Platino como cantante masculino de folklore, una de las distinciones más importantes de su carrera.
Un símbolo vivo de la memoria argentina
El viejo pino sobrevivió a tormentas, sequías y transformaciones del paisaje. Larralde, mientras tanto, convirtió las experiencias de su tierra natal en canciones escuchadas dentro y fuera de la Argentina.
La imagen parece resumir toda la historia: uno echó raíces en la chacra y el otro extendió esas raíces mediante su música.
Por eso, el árbol de Huanguelén no es solamente una curiosidad. Es un símbolo de origen, permanencia y memoria. El 22 de octubre de 1937 comenzaron dos vidas sobre la misma tierra: una creció en silencio y la otra aprendió a contar lo que muchos no podían decir.

















