
A simple vista, la fotografía no parece esconder nada extraño. Domingo Faustino Sarmiento aparece recostado en su sillón, rodeado de libros, con un brazo apoyado sobre el escritorio y una pantalla de paja en la mano. La escena podría confundirse con un momento de descanso luego de una extensa jornada de trabajo.
Sin embargo, existe un detalle tan escalofriante como verdadero: Sarmiento ya estaba muerto cuando fue tomada la imagen.
El expresidente argentino falleció durante la madrugada del 11 de septiembre de 1888, a las 2.15, en Asunción del Paraguay. Tenía 77 años y atravesaba un delicado estado de salud. Padecía problemas cardíacos, renales y pulmonares, además de sufrir una sordera avanzada.
Había viajado a Paraguay por recomendación médica, en busca de un clima más favorable. Pero, a pesar de sus dolencias, continuaba leyendo, escribiendo y participando en asuntos vinculados con la educación.
La muerte de Sarmiento en una cama de hierro
Durante sus últimas horas, el llamado “padre del aula” permaneció recostado en una humilde cama de hierro. Según los testimonios conservados, poco después de las dos de la madrugada pidió que lo giraran hacia el lado izquierdo.

Instantes después, abrió los ojos con un movimiento repentino y murió con el rostro orientado hacia la pared.
Tras su fallecimiento, sus familiares y allegados decidieron conservar una última imagen del prócer en lo que en esa época era una práctica recurrente. La encargada de solicitar el retrato habría sido su hija, Faustina Sarmiento, quien convocó al fotógrafo paraguayo Manuel San Martín.
La primera fotografía quedó completamente oscura
La habitación donde se encontraba el cadáver tenía muy poca luz. Debido a las limitaciones técnicas de las cámaras del siglo XIX, las placas fotográficas no lograron registrar el cuerpo con suficiente claridad.
El fotógrafo recomendó trasladarlo hacia un ambiente mejor iluminado. La idea fue colocarlo en el sillón mecánico que Sarmiento acostumbraba utilizar para leer y descansar.
Mover el cadáver, sin embargo, resultó mucho más difícil de lo imaginado.
El rigor mortis obligó a reclinar el sillón
Para entonces, el rigor mortis ya había endurecido la cadera y las rodillas de Sarmiento. Su cuerpo no podía adoptar una posición sentada de manera natural y fueron necesarias varias personas para trasladarlo.
El sillón contaba con un mecanismo que permitía reclinar el respaldo y extender la parte destinada a las piernas. Gracias a esa estructura, lograron acomodar el cadáver en una posición semirrecostada.

Luego, cubrieron sus piernas rígidas con una pesada manta oscura. El brazo izquierdo fue apoyado sobre la pequeña mesa del sillón, mientras que el derecho quedó colocado sobre uno de sus muslos.
Para completar la escena, alguien puso en su mano una pantalla o abanico de paja.
Los libros formaron parte de la ilusión
La puesta en escena no terminó allí. Alrededor del cadáver colocaron libros, papeles y objetos de trabajo para transmitir la sensación de que Sarmiento seguía leyendo o corrigiendo sus escritos.
La composición tenía un objetivo concreto: mostrar al expresidente como un hombre dedicado hasta su último instante al estudio, la escritura y la educación.
Aunque actualmente pueda resultar perturbadora, la fotografía post mortem era una práctica habitual durante el siglo XIX. Las familias retrataban a sus seres queridos fallecidos en camas, sillones o incluso representando actividades cotidianas.
En aquella época, una fotografía era costosa y muchas personas morían sin haber sido retratadas. Por eso, la imagen mortuoria podía convertirse en el único recuerdo visual del difunto.
La fotografía que construyó un mito
Cuando el retrato comenzó a circular, muchas personas creyeron que Sarmiento había muerto mientras trabajaba. La versión encajaba perfectamente con la imagen pública de un dirigente incansable y obsesionado con la educación.

La fotografía no registró sus últimos segundos de vida. Fue una composición preparada después de su muerte para construir una despedida simbólica.
Tras la sesión, el cuerpo fue embalsamado y trasladado hacia Buenos Aires cubierto con las banderas de Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Finalmente, sus restos fueron depositados en el Cementerio de la Recoleta.
Más de un siglo después, aquella imagen continúa generando fascinación e incomodidad. Sarmiento no estaba leyendo, trabajando ni descansando. Su cuerpo había sido trasladado, reclinado y cuidadosamente acomodado frente a la cámara.
El abanico, los libros y la manta construyeron una ilusión destinada a desafiar a la muerte: la del maestro que, incluso después de fallecer, parecía continuar trabajando por la educación.


















