
El sonido de una locomotora a vapor interrumpió la tranquilidad de aquella pequeña población ubicada frente al mar. Vecinos y curiosos se acercaron para contemplar una escena inédita: el ferrocarril finalmente había llegado a Mar del Plata.
No se trataba solamente de la inauguración de un nuevo servicio. Aquel acontecimiento inició una profunda transformación económica, social y turística que, con el paso de los años, convertiría a la ciudad en uno de los destinos más importantes de la Argentina.
Una locomotora inglesa y un viaje de diez horas
El 26 de septiembre de 1886, el Ferrocarril del Sud inauguró la extensión de las vías desde Maipú hasta Mar del Plata. La formación era impulsada por una locomotora fabricada por la compañía británica Beyer, Peacock & Company.
El recorrido desde Buenos Aires comprendía aproximadamente 404 kilómetros y demoraba cerca de diez horas. Aunque hoy pudiera parecer una travesía interminable, en aquella época representaba un enorme avance frente a los viajes en diligencia o a caballo.

Además, el trayecto estaba lejos de ser incómodo. Los pasajeros de los sectores más adinerados podían viajar en vagones de madera lustrada, con alojamientos de primera clase y distintas comodidades.
Las formaciones llegaron a contar con camarotes, espacios gastronómicos y hasta un vagón exclusivo para trasladar caballos. Para las familias aristocráticas, estos animales eran indispensables durante sus extensas temporadas de verano.
La pequeña villa que soñaba con convertirse en balneario
Mar del Plata había sido fundada oficialmente en 1874, apenas doce años antes de la llegada del tren. Su crecimiento inicial estuvo relacionado con actividades productivas impulsadas por figuras como Patricio Peralta Ramos y Pedro Luro.
Sin embargo, llegar hasta la costa seguía siendo una verdadera aventura. Los caminos podían quedar cubiertos de barro después de las lluvias y el viaje desde Buenos Aires podía extenderse durante varios días.

La construcción del ramal ferroviario, promovida durante la gobernación de Dardo Rocha, permitió superar ese aislamiento. En 1885 ya se habían levantado la Estación Norte, un galpón y una sala de máquinas.
Un año después, el primer tren completó el recorrido hasta la costa y cambió definitivamente la historia local.
La estación que recibió a los primeros turistas
La formación arribó a la antigua Estación Norte, ubicada en el sector comprendido actualmente por las calles San Juan, Don Bosco, 9 de Julio y la avenida Pedro Luro.
Al descender, los pasajeros todavía debían continuar el viaje en carruajes o diligencias hasta sus residencias y lugares de alojamiento. Durante aquella primera temporada de 1886, habrían llegado a la ciudad alrededor de 1.400 visitantes.

La aparición del ferrocarril facilitó el traslado de pasajeros, correspondencia, mercaderías y materiales de construcción. También permitió abastecer con mayor rapidez a una ciudad que comenzaba a prepararse para recibir cada vez más turistas.
Mar del Plata, la “Biarritz argentina”
En sus primeras décadas, Mar del Plata fue un destino reservado principalmente para las familias más poderosas de Buenos Aires. Las postales mostraban a mujeres con vestidos largos, sombreros, guantes y sombrillas, mientras que los hombres vestían trajes formales y galeras.
Muchas de estas familias construyeron importantes villas frente al mar y permanecían en la ciudad durante varios meses. Por su ambiente distinguido y su inspiración europea, Mar del Plata comenzó a ser conocida como la “Biarritz argentina”.

La inauguración del lujoso Bristol Hotel, a fines de la década de 1880, consolidó esa imagen. Sus salones fueron escenario de cenas, bailes y reuniones protagonizadas por integrantes de la sociedad porteña.
Del lujo aristocrático al turismo popular
Con el paso de las décadas, el tren dejó de transportar únicamente a la élite. El crecimiento de la clase media, la ampliación de los derechos laborales y el desarrollo ferroviario permitieron que miles de trabajadores conocieran el mar.
Uno de los servicios más recordados fue El Marplatense, una formación de doce coches que ofrecía sillones confortables, espacios gastronómicos y aire acondicionado. Su publicidad prometía unir Buenos Aires con la costa en “cuatro horas y un ratito”.
El ferrocarril acompañó así las dos grandes etapas turísticas de la ciudad. Primero llevó a las familias aristocráticas. Después ayudó a transformar a Mar del Plata en la capital argentina de las vacaciones populares.
Aquel viaje inaugural duró diez horas, pero su impacto continúa hasta el presente. Antes de convertirse en la ciudad de los grandes hoteles, las playas multitudinarias y los veranos familiares, Mar del Plata fue una pequeña villa cuyo destino cambió para siempre con el silbato de una locomotora inglesa.


















