
En noviembre de 1946, 20 castores provenientes de Canadá fueron liberados en Tierra del Fuego como parte de una iniciativa estatal que buscaba impulsar la industria peletera. Eran diez machos y diez hembras que debían reproducirse en libertad para generar una nueva actividad económica en el extremo austral argentino.
Sin embargo, el negocio de las pieles nunca alcanzó la importancia esperada. En cambio, los animales encontraron un territorio con alimento abundante, numerosos cursos de agua y prácticamente ningún depredador natural.
Casi ocho décadas después, aquella decisión derivó en una transformación sin precedentes: diferentes investigaciones identificaron más de 206.000 diques de castores entre la Argentina y Chile.
El proyecto argentino que buscaba enriquecer la fauna
La llegada de los castores fue promovida por el Ministerio de Marina durante los primeros meses del gobierno de Juan Domingo Perón. En aquella época, Tierra del Fuego todavía era un territorio nacional con una población reducida y el Estado buscaba desarrollar nuevas actividades productivas.

La liberación quedó registrada por Sucesos Argentinos, el noticiero cinematográfico que se exhibía en los cines antes de las películas. El proyecto fue presentado como una forma de “enriquecer la fauna” del país, sin considerar las graves consecuencias que podía provocar una especie extranjera.
Los animales fueron trasladados desde Canadá y liberados en la zona del río Claro, cerca del lago Fagnano. A partir de ese momento comenzó una expansión silenciosa que atravesó ríos, bosques, montañas y fronteras internacionales.
Por qué los castores se multiplicaron sin control
En América del Norte, el castor convive con animales que ayudan a controlar su población. En Tierra del Fuego, en cambio, no encontró osos, lobos ni otros depredadores naturales.
Además, tuvo acceso a extensos bosques de lengas, guindos y ñires. Esta combinación favoreció una rápida reproducción y permitió que los 20 ejemplares originales dieran lugar a una población estimada en más de 100.000 animales.

El castor es considerado un “ingeniero de ecosistemas” porque puede modificar físicamente el ambiente. Corta árboles, acumula ramas y construye represas para crear zonas inundadas donde instala sus refugios.
En su hábitat original, esa conducta forma parte del equilibrio natural. Pero los árboles fueguinos no están preparados para resistir inundaciones prolongadas ni para rebrotar después de ser cortados.
Más de 206.000 diques entre Argentina y Chile
Estudios realizados mediante imágenes satelitales permitieron detectar 206.203 diques en el archipiélago de Tierra del Fuego. De ese total, 100.951 se encontraban en el sector argentino y 105.252 del lado chileno.
La mayoría de las construcciones se concentraba en la Isla Grande, aunque los castores también avanzaron hacia otras islas e incluso alcanzaron sectores continentales.
Se estima que cerca del 95% de las cuencas fueguinas fue colonizado por la especie. Su actividad afectó miles de hectáreas de bosque nativo y modificó el funcionamiento natural de ríos, arroyos y humedales.
Los “bosques fantasma” de Tierra del Fuego
Cuando un castor construye una represa, el agua comienza a acumularse y el terreno se inunda. Las raíces permanecen sumergidas, los árboles mueren y el paisaje queda cubierto por troncos secos.
Estas zonas son conocidas como “bosques fantasma” y se convirtieron en una de las imágenes más impactantes del territorio fueguino. Incluso después de retirar los diques, el suelo puede tardar décadas en recuperar sus condiciones originales.

Los especialistas calculan que algunos bosques de lenga podrían necesitar hasta 200 años para recuperarse, debido al lento crecimiento de los árboles y a las alteraciones provocadas por el agua.
El problema también alcanza a las turberas, fundamentales para almacenar carbono, regular el ciclo hídrico y conservar la biodiversidad del extremo sur.
Una decisión que todavía afecta a la Argentina
Las primeras medidas de control comenzaron durante la década de 1980, pero no lograron detener la expansión. En 2008, Argentina y Chile acordaron trabajar en conjunto para controlar la población de castores y restaurar los ecosistemas dañados.
La tarea es compleja porque muchas zonas son remotas y de difícil acceso. Además, eliminar algunos ejemplares no resulta suficiente: si queda una pequeña cantidad de animales en una cuenca, la población puede recuperarse y volver a ocupar el territorio.
La historia de los castores expone una de las mayores paradojas ambientales del país. Una decisión tomada para promover el desarrollo económico terminó alterando uno de los paisajes más valiosos de la Argentina.
Los 20 animales liberados en 1946 no dieron origen a la industria imaginada. En cambio, dejaron más de 200.000 diques, miles de hectáreas afectadas y una transformación que podría tardar siglos en revertirse.



















