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En 1906, Argentina introdujo jabalíes para fomentar la caza: ocho años después escaparon y hoy amenazan los ecosistemas

Lo que comenzó como una iniciativa privada para reproducir en La Pampa las exclusivas jornadas de caza europeas terminó convertido en uno de los mayores desafíos ambientales de la Argentina. Los animales escaparon, se multiplicaron y avanzaron sobre campos, bosques y áreas protegidas.

Argentina trajo jabalíes de Europa en 1906 para un coto de caza
Argentina trajo jabalíes de Europa en 1906 para un coto de caza Foto: EFE
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A comienzos del siglo XX, parte de la elite argentina buscaba trasladar al país algunas de las costumbres aristocráticas de Europa. En ese contexto, el empresario y estanciero Pedro Luro introdujo jabalíes europeos en La Pampa con un objetivo concreto: desarrollar la caza mayor en un establecimiento privado.

Los animales fueron llevados a la estancia San Huberto, ubicada cerca de Santa Rosa y vinculada con el actual Parque Luro. El proyecto pretendía recrear los grandes cotos europeos, donde los ejemplares permanecían dentro de extensos terrenos cercados hasta las jornadas de caza.

Sin embargo, aquella iniciativa tuvo una consecuencia inesperada. En 1914, apenas ocho años después de la introducción registrada en 1906, numerosos jabalíes escaparon del predio y comenzaron una expansión que ya no pudo ser detenida.

El proyecto de Pedro Luro que cambió el paisaje pampeano

Las reconstrucciones históricas ubican la llegada de los primeros ejemplares entre 1903 y 1910, aunque 1906 aparece como el año de referencia para la introducción del jabalí con fines cinegéticos.

Una de las versiones sostiene que fueron trasladados desde Francia dos machos y cinco hembras, aunque uno de los machos habría muerto durante el viaje. Los sobrevivientes fueron alojados en un gran terreno cerrado, diseñado para reproducir las condiciones de los cotos europeos.

Pedro Luro
Pedro Luro

Todo cambió en 1914, cuando una rotura en el cerco permitió la fuga de numerosos animales. Mientras Europa ingresaba en la Primera Guerra Mundial, en el monte pampeano comenzaba silenciosamente otra historia: la expansión de una especie que no pertenecía a los ecosistemas sudamericanos.

De un coto privado a numerosas provincias argentinas

Una vez en libertad, los jabalíes encontraron condiciones favorables para sobrevivir. Su alimentación omnívora les permitió consumir raíces, frutos, semillas, insectos, huevos, pequeños animales y carroña.

También demostraron una extraordinaria capacidad para adaptarse a diferentes climas. Desde La Pampa avanzaron hacia sectores de San Luis, Córdoba, Santa Fe y Río Negro. A ese recorrido se sumó un segundo núcleo de dispersión originado por ejemplares trasladados a campos cercanos al lago Nahuel Huapi.

Lago Nahuel Huapi
Lago Nahuel Huapi

Con el paso de las décadas, el jabalí dejó de ser una curiosidad de los cotos privados y se convirtió en una especie invasora presente en una extensa superficie del país. Una estimación oficial calculó aproximadamente 6,7 millones de ejemplares distribuidos sobre cerca del 30% del territorio argentino. Aunque no se trata de un censo actualizado, la cifra permite comprender la dimensión del fenómeno.

Por qué el jabalí puede transformar un ecosistema

El impacto no depende únicamente de la cantidad de animales. Para conseguir alimento, el jabalí utiliza su hocico para remover la tierra, levantar raíces y revolver grandes superficies, una conducta conocida como hozado.

Este comportamiento modifica la cobertura vegetal, favorece la erosión y dificulta la regeneración de especies nativas. Además, los jabalíes pueden consumir huevos, invertebrados y pequeños vertebrados, por lo que también compiten con la fauna local.

Jabalíes
Introdujeron jabalíes en La Pampa para practicar caza Foto: EFE

Los efectos alcanzan a la producción agropecuaria. Las piaras pueden ingresar en sembradíos, destruir cultivos y alterar pasturas, además de representar un riesgo sanitario para animales domésticos.

La preocupación no es reciente. En 1953, una ley nacional declaró al jabalí como especie perjudicial para las actividades agrícolas y ganaderas. Sin embargo, para entonces ya había logrado extenderse por una parte considerable del territorio.

La invasión llegó hasta las áreas protegidas

La capacidad de adaptación del jabalí le permitió ingresar en algunos de los ambientes naturales más valiosos de la Argentina. Su presencia fue registrada en regiones pampeanas y patagónicas, además de zonas relacionadas con los parques nacionales Lanín, Nahuel Huapi y El Palmar.

En los bosques andino-patagónicos, los animales buscan raíces, hongos, frutos y piñones de araucaria. Al remover el suelo, pueden alterar procesos ecológicos desarrollados durante siglos.

Las fronteras provinciales y los límites de las reservas no funcionan como barreras naturales. Por ese motivo, el control requiere estrategias coordinadas entre organismos nacionales, provincias, municipios, productores y administraciones de áreas protegidas.

Una decisión de hace más de un siglo que todavía tiene consecuencias

La introducción del jabalí ocurrió en una época en la que trasladar especies de un continente a otro era considerado una señal de progreso y modernidad. Todavía no existía una conciencia extendida sobre los efectos de las invasiones biológicas.

La historia guarda similitudes con la introducción de castores en Tierra del Fuego durante 1946. En ambos casos, un pequeño grupo de animales encontró alimento abundante, ambientes favorables y pocos controles naturales.

Más de 120 años después, la presencia del jabalí afecta cultivos, transforma ecosistemas y obliga a destinar recursos para contener su avance. Aquella rotura de un cerco ocurrida en 1914 no fue solamente un accidente rural: marcó el comienzo de una invasión que atravesó provincias y cambió para siempre parte del paisaje argentino.

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